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La FP también es una oportunidad para quienes todavía tienen una vocación

Artículo de opinión

  • 01/10/2026
  • Tiempo de lectura 6 mins

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Adam B. Abadías Selma. Profesor universitario y de FP y acreditador de competencias profesionales en Reus (Catalunya)
Cuando hablamos de Formación Profesional (FP), todavía es habitual pensar en jóvenes que terminan la ESO o el Bachillerato y buscan una vía para incorporarse al mercado laboral. Sin embargo, esta imagen hace tiempo que ya no refleja toda la realidad de la FP.
 
La FP también es una opción para quienes, con 25, 35, 45 o 50 años, deciden que todavía tienen mucho que aportar y quieren aprender algo nuevo, especializarse o, incluso, cambiar de profesión.
 
Y creo que aquí encontramos una de las grandes oportunidades de la FP: dar una vía concreta a personas que tienen una vocación, pero que por diferentes circunstancias no han podido desarrollarla o han descubierto esa vocación más tarde.
 

Aprender para cambiar, pero también para volver a creer

El mercado laboral cambia rápidamente. Aparecen nuevas profesiones, desaparecen determinadas tareas y muchas ocupaciones incorporan competencias que hace unos años ni siquiera eran necesarias. Pero las personas también cambian.
 
Hay quien descubre después de varios años que aquello que estudió no es lo que realmente le gusta. Hay quien lleva mucho tiempo trabajando en un sector y quiere dar un giro profesional. Personas que abandonaron sus estudios y ahora quieren retomarlos. Profesionales que necesitan actualizar sus conocimientos. Y también personas que, después de una determinada experiencia laboral, descubren una nueva vocación.
 
Para todos estos perfiles, la FP puede convertirse en una puerta de entrada extraordinariamente valiosa.
 
No solo porque ofrece conocimientos, sino porque permite conectar esos conocimientos con una realidad profesional concreta. Y esto es especialmente importante cuando hablamos de personas adultas que vuelven a estudiar: necesitan comprobar que el esfuerzo que están realizando tiene un sentido y una utilidad.
 
La motivación no siempre nace de saber exactamente qué quieres estudiar. En ocasiones, es precisamente durante el proceso de formación cuando descubres qué quieres llegar a ser.
 

La vocación no tiene edad

Una de las ideas que deberíamos normalizar es que la vocación profesional no tiene fecha de caducidad.
 
Durante mucho tiempo hemos asumido que las decisiones más importantes sobre nuestra trayectoria profesional deben tomarse a los 16, 18 o 22 años. Pero las carreras profesionales son cada vez más largas, diversas y cambiantes.
 
Por eso considero especialmente importante que la FP sea capaz de acompañar también a las personas adultas.
 
Un profesional con años de experiencia laboral aporta mucho cuando vuelve a las aulas. Tiene conocimientos prácticos, ha conocido empresas, clientes, equipos, problemas y responsabilidades. Cuando esa experiencia se combina con una nueva formación, el resultado puede ser muy enriquecedor.
 
Y también sucede, al contrario: una persona que accede a la FP sin experiencia puede encontrar en ella un entorno que le permita descubrir una profesión que hasta entonces desconocía.
 
La FP puede ser una primera oportunidad, pero también una segunda oportunidad. Y, en algunos casos, incluso una tercera.
 

No todos los caminos tienen que pasar por la universidad

También creo que debemos avanzar en una idea que parece sencilla, pero que todavía cuesta asumir: no existe una única trayectoria formativa válida.
 
Durante años hemos asociado el éxito académico con llegar a la universidad. La universidad es, sin duda, una magnífica opción para muchas personas, pero no necesariamente es el mejor camino para todas las personas.
 
Hay jóvenes y adultos que aprenden mejor haciendo, experimentando, enfrentándose a situaciones reales y desarrollando competencias profesionales concretas. Aunque no debería ser,y a menudo no lo es, distinto en una universidad o instituto de FP.
 
La Formación Profesional ofrece precisamente esa posibilidad. Y la formación dual, los cursos de especialización, los certificados profesionales, las diferentes modalidades formativas o los procedimientos de acreditación de competencias permiten construir itinerarios cada vez más diversos.
 
Esto resulta especialmente relevante para las personas adultas, que muchas veces no pueden dejar su trabajo o sus responsabilidades familiares para volver a estudiar durante varios años. La flexibilidad, en estos casos, no es un complemento. Es una condición necesaria para que la formación sea realmente accesible.
 

La experiencia profesional también es conocimiento

Hay otro aspecto que considero fundamental: reconocer el valor de la experiencia profesional.
 
Una persona puede haber trabajado durante años sin disponer de una titulación que acredite formalmente todo aquello que sabe hacer. Y esta situación es mucho más habitual de lo que podemos pensar.
 
Los procedimientos de acreditación de competencias profesionales tienen aquí un papel especialmente relevante. Permiten poner en valor conocimientos y habilidades adquiridos a lo largo de la vida laboral y convertirlos en un punto de partida para continuar formándose.
 
En mi experiencia como asesor y evaluador de competencias profesionales he podido comprobar que detrás de una persona que solicita acreditar una competencia suele haber mucho más que un trámite administrativo.
 
Hay una trayectoria. Hay años de trabajo. Hay conocimientos. Y, muchas veces, hay también una voluntad de seguir avanzando.
 
Acreditar aquello que una persona ya sabe hacer puede ser precisamente el primer paso para que se atreva a aprender aquello que todavía no sabe. Orientar no es simplemente informar. En este contexto, la orientación profesional adquiere una importancia enorme.

Hay que orientar y escuchar

Orientar no debería consistir únicamente en explicar qué ciclos existen, cuáles son los requisitos de acceso o qué salidas profesionales tiene cada titulación.
 
Orientar es ayudar a una persona a entender qué sabe hacer, qué le interesa, qué necesita mejorar y hacia dónde puede avanzar. Y eso requiere escuchar.
 
Especialmente cuando hablamos de adultos, no podemos asumir que empezar de nuevo significa empezar desde cero. Una persona de 40 años que decide estudiar un ciclo no llega al aula con las manos vacías. Lleva consigo una trayectoria profesional, personal y vital que debemos saber interpretar.
 
Por eso considero fundamental que la orientación conecte tres elementos: la persona, la formación y el mercado laboral.
 
Cuando estos tres elementos encajan, las posibilidades de éxito aumentan considerablemente.

Recuperar una vocación también es formarse

Quizás la reflexión más importante es que no deberíamos hablar únicamente de empleabilidad.
 
Por supuesto, la FP debe contribuir a mejorar el acceso al empleo, la cualificación profesional y la competitividad de las empresas. Pero la formación también puede cumplir una función mucho más personal.
 
Puede ayudar a una persona a recuperar una vocación que había dejado aparcada. Puede dar confianza a alguien que pensaba que ya era demasiado tarde para estudiar. Puede permitir que un profesional transforme su experiencia en una nueva oportunidad. Y puede ayudar a un joven a descubrir que aquella profesión que desconocía puede convertirse en su proyecto de vida.
 
Por eso creo que el crecimiento de la FP no debería valorarse únicamente en términos de matrículas o de inserción laboral. También deberíamos preguntarnos cuántas personas han encontrado, gracias a ella, un camino que realmente sienten como propio.
Porque formar profesionales es importante. Pero ayudar a las personas a descubrir aquello que quieren hacer, aquello en lo que pueden ser buenas y aquello que realmente les motiva también lo es.
 
Y esta, en mi opinión, es una de las grandes fortalezas de la Formación Profesional: ofrecer oportunidades a quienes quieren seguir aprendiendo, pero especialmente a quienes todavía tienen ganas de construir, de cambiar y de encontrar su lugar profesional.

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