Educación e identidad de género

Juan Carlos Suárez Villegas,
Filósofo, doctor en Comunicación y organizador de los congresos Comunicación y Género, y Micromachismo y Comunicación
13/10/2016

La sociedad patriarcal ha cosificado la identidad de las personas bajo las categorías de hombre y de mujer como si fuesen dos extremos diferenciados y antagónicos, tanto física como moralmente. Ser y mostrarse como hombre significaba negar cualquier forma de pensarse, sentirse o expresase con los que pueda ser confundido como mujer, pues supondría confusión inadmisible para quienes se consideran superiores.

Los hombres fueron educados para mantenerse firmes y actuar de manera fría y racional, como si fuesen cualidades que garantizan mayor autoridad simbólica en las decisiones. La mujer, en cambio, era un ser sensible, apto para los afectos y para administrar los cuidados de la familia, pero no para enfrentarse a la confrontación que exigía la negociación de intereses en la vida pública. De este modo, esta división de cualidades morales constituía también una justificación de su destino en la vida familiar y social, estableciéndose una división casi perfecta entre lo privado y lo público como dos espacios estancos en los que los hombres y mujeres cumplían respectivamente con los mandatos de géneros de la sociedad patriarcal.

Este esquema maniqueo de fuerza y debilidad; razón y emoción, ha justificado también la estructura de división social del trabajo de unos y otros, pues el hombre se convertía en protagonista del espacio público, en el que toma decisiones con sus iguales, mientras que las mujeres quedan consignadas al espacio privado. De hecho, cuando las mujeres se incorporan al espacio público, se les masculiniza o aparecen en un contexto de hombre en el que sus virtudes femeninas se exhiben como principal argumento para su éxito. Los hombres, en cambio, resultan perfectos inútiles en las tareas del hogar y proyectan su éxito exclusivamente en su profesión o frente a sus iguales en el espacio público.

Por tanto, persiste aún una visión de la masculinidad monolítica, basada en el paradigma de la denominada Masculinidad Hegemónica, la cual se afirma sobre la negación de cualquier característica identificada con la feminidad, lo que supone una automutiladora para los hombres, pues renuncia a valores humanos que deberían ampliar su horizonte vital, tal y como ha indicado Pierre Bourdieu:

"El privilegio masculino no deja de ser una trampa y encuentra su contrapartida en la tensión y la contención permanentes, a veces llevadas al absurdo, que impone en cada hombre el deber de afirmar en cualquier circunstancia su virilidad [...] La virilidad, entendida como capacidad reproductora, sexual y social, pero también como aptitud para el combate y para el ejercicio de la violencia (en la venganza sobre todo), es fundamentalmente una carga. Todo contribuye así a hacer del ideal imposible de la virilidad el principio de una inmensa vulnerabilidad".

Este modelo de masculinidad hegemónica justifica la violencia estructural contra las mujeres y contra otras formas de identidades de género. Pero también, por qué no decirlo, contra los propios hombres, obligados a sentirse y comportarse como tales. Cuando hablamos de violencia nos referimos a cualquier circunstancia del sistema social que coarta la libertad de la persona para expresar su identidad.
 
Frente a este modelo, hemos defendido un modelo de hombre más feminizado (humanizado) bajo la categoría de la maternidad masculina, que es un símil para reivindicar de manera elocuente la paternidad responsable. Pues se trata de dotar a las funciones masculinas de valores hasta ahora asociados al imaginario femenino y que resultan fundamentales para alcanzar un modo de vida humanamente más intenso, pues las experiencias de vida privada, que son las que proporcionan los sentimientos de pertenencia e identidad como padre, no pueden ser compensadas por los éxitos profesionales o el reconocimiento social.

Por eso, conviene de-construir la dualidad de masculino y femenino como catálogos de virtudes asociadas a los cuerpos y apreciarlas como posibilidades de humanidad abiertas a cualquier persona, que serán desarrolladas de acuerdo con las posiciones que cada cual desempeñe en la sociedad. En cambio, entender lo masculino y lo femenino como dos extremos asociados a los sexos es dividir lo humano por la mitad, como si fuera un destino agónico que nos impidiera desarrollar otras formas de ser que permitan adaptarnos a los distintos contextos sociales y desarrollar sentimientos identitarios de aquellos establecidos por las convenciones sociales.

Queda así delimitado un sentido de la identidad que tendrá un carácter normativo sobre nuestras elecciones. La moralidad se disfraza así de «sexualidad» y, en función de ella, se les exige a las personas distintos deberes y se les marca distintas expectativas. Esa es la igualdad discriminatoria, la que ha propiciado que muchas mujeres crean que la única manera de tomarse en serio sus aspiraciones profesionales sea asumiendo los valores y roles de los hombres: la competitividad, la disponibilidad absoluta al trabajo y la renuncia a cualquier otra responsabilidad que esté por encima de este. El resultado ha sido el trágico vaciamiento de la vida privada, de ese espacio de valores humanos vinculados a los afectos y a la comunicación con los otros.

A nuestro juicio, el ser humano es constitutivamente masculino y femenino, pues son dos conjuntos de valores disponibles para su realización vital. De manera cultural y de acuerdo con los estadios socio-evolutivos, ha existido una cierta asignación de roles entre lo masculino y lo femenino, como si estuvieran ligados a los cuerpos. Sin embargo, aunque biológicamente existen diferencias obvias entre hombres y mujeres, siendo la maternidad un concepto que, si bien en lo biológico es exclusivo de las mujeres, en lo vital debe incorporar también al padre, quien debe compartir los cuidados y afecto que le permitan desarrollar su sentido de pertenencia e identidad para la vida de su hijo.

Por eso, unas de las tareas más urgentes en la lucha por la igualdad es rehabilitar modelos de masculinidades feminizadas, es decir, hombres que asumen los valores tradicionalmente asociados a lo femenino como parte de su horizonte vital. En este sentido, hemos puesto en marcha dos congresos internacionales que convoca a especialistas en el ámbito de los estudios de género: El congreso Internacional de Comunicación y Género, que ya ha celebrado su tercera edición; y el congreso internacional de Micromachismo y comunicación. También hemos publicados dos monografías dedicas al estudio de las identidades de género en la comunicación: La mujer construida. Comunicación e igualdad de género (Mad, 2006); La maternidad masculina. Y otros ensayos sobre la igualdad entre hombres y mujeres vistos desde otro punto de vista (Dykinson, 2011). 
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