La orientación, en general, siempre que aparece y es bien recibida produce efectos beneficiosos en la persona que la utiliza. Como uno de los editores jefe de la Revista Española de Orientación y Psicopedagogía (REOP) desde hace unos tres años, todos los artículos que los investigadores y las investigadoras envían, normalmente concluyen que la orientación produce efectos positivos en las personas que hacen uso de ella y, en contra, sus no efectos óptimos cuando hay una carencia de ella.Ahora bien, llevo tiempo reflexionando sobre dos cuestiones a considerar, y en las que se centra el discurso de este artículo:
- El valor que el sistema y las propias personas otorgan a la orientación.
- La contribución de la orientación una vez aparece en la vida de las personas.
En el proceso de autoconocimiento, la edad influye
En el modelo clásico de la orientación de Watts (adaptado y actualizado), se específica que las personas pasan por un proceso de 4 estadios. Normalmente, en el análisis del primero de ellos (autoconcepto/autoconocimiento), las personas tienden a tener una imagen sobredimensionada de sí mismas, lo que a priori parece adecuado para contribuir al bienestar personal y psicológico.Ahora bien, cuando se entran en los detalles, esta imagen a veces se desconfigura, lo cual contribuye a que surja uno de los peligros del propio proceso de orientación: la dificultad para comprenderse y los riesgos derivados de este análisis, que no siempre producen los resultados esperados. Quizás esta sea una de las barreras para que las personas puedan iniciar a un proceso de orientación y aprendan a tomar decisiones académicas y profesionales.
En este sentido, cuando pensamos en los criterios que ayudan a elegir la opción formativa más adecuada en cada momento, esta decisión o elección estará muy mediada por la edad de cada uno. Cada etapa vital reconfigura la imagen de nosotros/as mismos/as, la cual está en continua construcción y puede marcar las decisiones futuras.
Por tanto, antes de tomar decisiones sobre cómo nos vemos, resulta fundamental parar y reflexionar sobre cuáles son nuestras necesidades formativas y laborales, y cuáles debemos o queremos cubrir en cada momento vital.
Conocer las opciones formativas y laborales, clave para tomar decisiones académicas y profesionales
En el segundo punto, es decir, en la otra fase del proceso de toma de decisiones académicas y profesionales, lo que sería el conocimiento del contexto (mercado de trabajo y posibilidades formativas, etc.) es donde, en ocasiones, las personas se adentran en un proceso de "pereza" en la era de la desinformación.En un momento de urgencia social, conocer el mercado laboral y la oferta formativa requiere de tiempo y esfuerzo, a veces sin resultados a corto y mediano plazo, lo que hace que las personas no vean la importancia de este conocimiento en sus decisiones formativas y profesionales. Esto a su vez puede llevarlos a no afrontar este proceso y buscar otros atajos para obtener la información (internet, IA generativa, consejos y opiniones de familia y amigos, etc.).
Y es en este punto donde el principio de inequidad aparece, ya que contar con este conocimiento del contexto dependerá de las relaciones establecidas a lo largo de procesos formativos y laborales, de la influencia de personas cercanas, etc. Todas estas vivencias serán fundamentales en la toma de decisiones derivadas de esta fase.
Aquí, sería primordial contar con una figura que acompaña. Y se desprende uno de los retos de la orientación: poder visibilizar la fuerza de esta, ya que muchas de las personas que deberían adentrarse en ella, ya sea porque no tienen claras sus expectativas y decisiones, justamente relevan hacerlo.
¿Cómo tomar decisiones académicas y profesionales? El contexto importa
Si nos adentramos en la cuestión, qué información necesita una persona para elegir estudios, cursos o centros antes de decidir, va a depender de las posibilidades contextuales. Es decir, ¿esta decisión la toma bajo toda la libertad o interfieren posibles cargas familiares y otras variables que puedan estar coartando la elección a partir de la información recabada?Está claro qué mientras más información recabada, contrastada y situada tenga un individuo, más ajustada será la decisión a su imaginario sobre la formación o posibles situaciones profesionales derivadas.
En un estudio reciente realizado en mi universidad de referencia, en el marco de mi grupo de investigación Transiciones Académicas y Laborales (TRALS) que trabaja sobre estas cuestiones, se ha demostrado que los estudiantes de universidad en este plano de análisis tienden a valorar un alto conocimiento de sí mismos y su entorno.
Ahora bien, cuando deben entrar en el plano de la acción (ejecutar un plan de acción previamente planificado) hay un nivel de abstracción importante; no saben cómo gestionar su carrera profesional. Sin embargo, cuando se les pregunta si entrarían en un proceso orientación, aunque lo ven interesante, la urgencia de sus vidas relega este hecho a un plano secundario.
Aquellos que aceptan adentrarse en un programa de acompañamiento y lo finalizan sí que reportan resultados beneficiosos. Pero a nivel de sistema, son muy pocos los que aceptan.
Ahora bien, desde un análisis genérico sobre sus necesidades formativas, en general apuntan a una necesidad mayor de orientación. Lo que puede derivar en una contradicción en sí misma, tiene que ver con los discursos de la juventud en estos momentos. Y aquí la orientación tiene el reto de acercarse a los sujetos a atender; si focalizamos en esta etapa, por ejemplo. Por ello es fundamental atender y poner contexto a las palabras descritas hasta el momento, es decir, revisar el colectivo con el que se está operando o las características asociadas por la edad; pudiendo aparecer otras clasificaciones si la variable a considerar o que determina la acción pudiera ser otra.
¿Cómo puede la orientación ayudar a tomar mejores decisiones formativas?
En la fase tres del modelo de Watts, en que se ponen en diálogo la persona y su contexto para derivar en la toma de decisiones, los diversos estudios analizados, solo mirando a resultados propios y de artículos leídos, indican que hay un margen de mejora importante. Y es aquí donde la orientación se debe ajustar a cada etapa vital.
Este es uno de los retos de la Red Interuniversitaria de Profesorado de Orientación (RIPO), ya que como profesionales que forman a los orientadores y las orientadoras del futuro, se habla de la regulación de la profesión y de las derivadas para contexto de actuación. Por ello, en el marco de la Asociación Española de Orientación y Psicopedagogía (AEOP) se marcaron los elementos clave de la intervención en el Libro Blanco de Orientación a lo largo de la vida.
Y es que de nada sirven las dos primeras fases (autoconocimiento y conocimiento del contexto), si no dialogan entre ellas en este punto de la ecuación. Solo atender a una de las dimensiones puede contribuir a decisiones erradas en el camino de la toma de decisión.
Por último, se tiene que activar la última fase del modelo de orientación que ha guiado este discurso, donde la persona debe pasar a la acción, es decir, ejecutar el plan de acción previamente planificado, ejecutarlo, evaluarlo; para que le ayude a la toma de decisiones futura desde una mirada de gestión de la carrera. Las personas no están preparadas para adentrarse en este camino en solitud en la sociedad actual.
En un mundo complejo donde las opciones son múltiples, es donde nuevamente la orientación aparece como brújula para acompañar en este proceso de toma de decisiones. Y aquí es donde quizás sí que existe una formación para cada etapa vital, necesidades ajustadas a las personas dependiendo de su momento de vida (donde el valor de lo formativo y lo laboral va a estar condicionado posiblemente por otros roles personales).
¿Cuál es el papel del profesional de la orientación en la actualidad?
El orientador y la orientadora debería ser aquella figura que acompaña desde la serenidad, la profesionalidad. Toda persona debería tener una profesional de la orientación de consultor/a de cabecera; aquí la importancia de valorar esta figura. No se puede relegar este proceso a búsquedas por internet; un proceso inadecuado puede tener consecuencias nefastas para la persona. Las competencias que se ponen en juego son la identidad profesional y la adaptación constante a los cambios.
Y es en este sentido donde cobra fuerza la palabra "venta", y ya pido perdón por utilizar un término que a mí tampoco me gusta, pero en este momento es urgente que se entienda así. La orientación no debe ayudar a responder preguntas clásicas como: "¿de qué te gustaría trabajar", "¿qué se te da bien?", "¿qué me gusta?". Sino ayudar a dotar a la persona de herramientas para tomar decisiones acertadas en el momento que lo necesite.
La preparación resulta fundamental. Se debe atender desde marcos políticos desde lo educativo y lo laboral, pasando de que aparezca en el discurso para que sea un hecho. La persona por si sola puede que no entienda ni su importancia porque no sabe ni el alcance potencial de la orientación.
Asimismo, necesitamos procesos de acompañamiento humanos, que pongan a la persona en el centro, donde las herramientas de orientación se deben repensar a la luz de los colectivos, huyendo de procedimientos estandarizados hacia instrumentos individualizados (de escucha real), aunque se puedan sociabilizar en comunidad. La orientación como un derecho a lo largo y ancho de la vida.
En el momento actual, la orientación es la clave para contribuir a dar sentido a la pregunta: ¿existe una formación ideal para cada etapa de la vida? Lo que realmente existe son necesidades por cubrir personalmente a lo largo del ciclo vital.
En la actualidad, donde el mundo del trabajo y de la formación están ligados en todo el camino de la persona y atendiendo al concepto del aprendizaje a lo largo de la vida, la orientación puede ayudar a reflexionar sobre las necesidades sentidas por cada persona en todo este periplo. Aquí es donde radica el éxito de dichos procesos.
De alguna manera tendría que ser un derecho, toda persona debe disponer de una profesional de la orientación que lo acompañe a lo largo de la vida público y gratuito. Y es aquí donde aparece uno de los retos actuales para la propia orientación: ¿cómo repensar la figura del orientador o la orientadora en la sociedad actual? ¿Dibujamos un profesional único con subespecialidades? ¿Son realmente profesiones distintas desde el inicio dependiendo de donde se ponga el foco: en lo educativo o en lo profesional?
Sobre estas cuestiones hay mucho escrito a nivel internacional que puede ayudar a dar pistas a la formación inicial y continuada. Y, por último, ¿cuáles son las herramientas que se deben utilizar en cada intervención? Y concluyo este escrito con cuestionamientos que ayuden a seguir reflexionado, ya que como profesionales de la orientación las preguntas son el hilo conductor de cualquier proceso de acompañamiento. Hay que seguir planteándonos preguntas poderosas para buscar retos que nos apasionen y nos permitan continuar avanzado en esta disciplina.
Sobre el autor:
Juan Llanes Ordóñez es profesor titular vinculado al departamento de Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación, de la Facultad de Educación, de la Universitat de Barcelona. También forma parte del equipo de investigación Transiciones Académicas y Laborales (TRALS), del grupo de innovación docente INTERORIENTA y del Instituto de Investigación en Educación (IREUB).
Además, es presidente del Seminario Permanente de Orientación Profesional (SEPEROP), secretario de la Asociación Española de Orientación y Psicopedagogía (AEOP), editor jefe de la Revista Española de Orientación y Psicopedagogía (REOP) y actualmente, coordinador de la Red temática Interuniversitaria de Profesorado de Orientación (RIPO), vinculada a la Asociación interuniversitaria de Investigación en Pedagogía (AIDIPE).