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La FP como formación para toda la vida profesional

Artículo de opinión

  • 01/10/2026
  • Tiempo de lectura 13 mins

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José Luis Zimmermann Serret. Responsable de FP de Jesuïtes Educació
Durante muchos años hemos asociado la Formación Profesional (FP)a una etapa muy concreta de la vida: una persona joven finaliza la ESO o el Bachillerato, elige un ciclo formativo, obtiene una titulación y se incorpora al mercado laboral. Esa realidad continúa siendo fundamental, pero hoy resulta claramente insuficiente para explicar qué es y, sobre todo, qué puede llegar a ser la FP.
 
Desde nuestra experiencia en Jesuïtes Educació, trabajando cada día con jóvenes, personas adultas, empresas y profesionales de sectores muy diversos, vemos con claridad que la formación ya no puede entenderse como algo que se concentra únicamente en los primeros años de la vida. Las transformaciones tecnológicas, la digitalización, la transición energética, la automatización o la aparición de nuevas formas de organización del trabajo están modificando las profesiones a una velocidad cada vez mayor.
 
Ya no podemos pensar que una persona se forma durante los primeros 20 años de su vida y vive profesionalmente durante los 40siguientes únicamente de aquello que aprendió entonces. La formación debe acompañarnos durante toda nuestra trayectoria profesional. Y ahí la FP dispone de una oportunidad extraordinaria.
 

Actualizarse, especializarse o cambiar de profesión no es lo mismo

Cuando hablamos de formación a lo largo de la vida, conviene distinguir entre distintas situaciones que, aunque a veces empleamos como sinónimos, responden a necesidades muy diversas — tantas como personas quieren seguir formándose.
 
La primera es la actualización profesional. Es el caso de una persona que continúa desarrollando la misma profesión, pero necesita incorporar nuevas competencias. Un técnico de mantenimiento que debe aprender a trabajar con nuevos sistemas automatizados, un profesional sanitario que incorpora nuevos procedimientos o un trabajador administrativo que necesita dominar nuevas herramientas digitales no están cambiando de profesión: están actualizando sus conocimientos para poder continuar ejerciéndola adecuadamente.
 
La segunda es la especialización. La persona dispone ya de una profesión y de unas competencias consolidadas, pero quiere profundizar en un ámbito concreto. Aquí encontramos, por ejemplo, buena parte del sentido de los cursos de especialización o másteres de FP, que permiten avanzar hacia perfiles profesionales de mayor especialización tecnológica.
 
Y existe una tercera situación, diferente y cada vez más frecuente: la recualificación o cambio profesional. Personas que después de años trabajando en un determinado sector deciden, o necesitan, construir un nuevo perfil profesional. Las razones pueden ser muy diversas: sectores que pierden actividad, aparición de nuevas oportunidades laborales, cambios personales o simplemente el deseo de iniciar una nueva etapa profesional.
 
En los centros lo vemos con frecuencia: personas que llegan con una trayectoria profesional previa, con experiencia, con responsabilidades familiares y con una idea muy clara de que quieren reorientar su futuro. Su punto de partida no es el mismo que el de un joven que acaba de finalizar la educación obligatoria, y tampoco debería serlo la respuesta formativa que les ofrecemos.
 
No podemos ofrecer la misma solución a todas estas situaciones. Actualizar una competencia puede requerir unas pocas decenas de horas; especializarse puede necesitar varios meses; cambiar de profesión puede implicar construir prácticamente desde cero un nuevo itinerario profesional.
 
Precisamente por ello, uno de los grandes avances del actual sistema de FP es haber dejado atrás la idea de una única oferta formativa larga y cerrada.

La FP es mucho más que un ciclo formativo

Todavía identificamos habitualmente FP con grado básico, grado medio y grado superior. Pero el actual Sistema de Formación Profesional es considerablemente más amplio.
 
La Ley Orgánica 3/2022 estructura la FP en cinco grados acumulables, A, B, C, D y E, que permiten avanzar desde pequeñas acreditaciones hasta titulaciones completas. Los grados A corresponden a acreditaciones parciales de competencia; los B, a certificados de competencia; los C, a certificados profesionales; los D, a los ciclos formativos de grado básico, medio y superior; y los E, a los cursos de especialización y másteres de FP. El propio Ministerio define los grados A y B como ofertas especialmente dirigidas a personas trabajadoras que necesitan actualizar sus competencias.
 
Este planteamiento supone un cambio enorme porque permite construir itinerarios acumulables. Una persona no necesita comenzar necesariamente cursando un ciclo de dos años. Puede adquirir una competencia concreta, continuar posteriormente con otras formaciones y avanzar progresivamente hacia acreditaciones superiores.
 
A esta estructura debemos añadir la Formación en el Trabajo, dirigida a personas ocupadas y desempleadas y orientada a la cualificación, recualificación y adaptación profesional. El SEPE la define precisamente como formación a lo largo de la vida destinada a mejorar la cualificación profesional, facilitar la promoción e incluso posibilitar la libre elección de una nueva profesión u oficio.
 
Por tanto, cuando hablamos de FP debemos mirar mucho más allá de la FP inicial. Debemos hablar también de certificados profesionales, microformaciones, acreditación de competencias, formación para personas desempleadas, formación de trabajadores en activo y formación continua en las empresas.
 
En Jesuïtes Educació entendemos esta visión amplia de la FP como una de las claves de futuro: poder acompañar a una persona no solo cuando accede por primera vez a una profesión, sino también cuando necesita evolucionar dentro de ella o cambiar de rumbo.
 

Cualificar también a quienes todavía no han tenido la oportunidad de formarse

Hay, además, otra realidad que no podemos olvidar. Hasta ahora hemos hablado de jóvenes que construyen su primera profesión y de personas adultas que necesitan actualizarse, especializarse o cambiar de ámbito profesional. Pero existe también un número importante de personas que llegan al mercado laboral sin una cualificación profesional reconocida.
 
Para ellas, el reto no es actualizar o recualificar unas competencias previas, sino adquirir por primera vez las competencias que les permitan acceder a un empleo cualificado y construir una trayectoria profesional.
 
Es una cuestión especialmente relevante en un mercado de trabajo cada vez más tecnificado y especializado. Incluso puestos que tradicionalmente requerían poca cualificación incorporan hoy nuevas tecnologías, procedimientos, normativa, prevención de riesgos, competencias digitales y mayores niveles de especialización. Al mismo tiempo, las empresas nos trasladan cada vez con mayor frecuencia la dificultad para encontrar determinados perfiles profesionales adecuadamente cualificados.
 
Aquí la FP tiene también una enorme responsabilidad social. Hablamos de personas que abandonaron prematuramente sus estudios, que llevan años desarrollando trabajos poco cualificados o que, por diferentes circunstancias vitales, no han tenido la oportunidad de acceder a una formación. También podemos encontrar entre ellas a personas migrantes que llegan a nuestro país con situaciones muy diversas: algunas disponen de formación y experiencia que debemos ayudar a reconocer y acreditar; otras necesitan adquirir nuevas competencias para poder incorporarse a nuestro mercado laboral. No podemos dar la misma respuesta a todas ellas.
 
En algunos casos deberemos reconocer y acreditar aquello que ya saben hacer; en otros, completar determinadas competencias; y en otros será necesario ofrecer un itinerario formativo desde sus primeros niveles de cualificación.
 
Precisamente aquí cobra todo su sentido que el nuevo sistema de FP permita comenzar por formaciones más accesibles y avanzar progresivamente mediante acreditaciones acumulables. No todas las personas pueden —ni necesitan— empezar cursando un ciclo formativo completo de dos años.
 
Desde nuestra experiencia en Jesuïtes Educació, creemos que cualificar a estas personas es mucho más que mejorar una estadística de empleabilidad. Significa ofrecerles herramientas para acceder a empleos de mayor calidad, aumentar su autonomía y poder desarrollar una verdadera trayectoria profesional.
 
Y al mismo tiempo supone responder a una necesidad creciente de nuestro tejido productivo: si queremos una economía cada vez más especializada, necesitaremos también que más personas tengan la oportunidad de cualificarse para participar en ella.
 
Por eso, una FP para toda la vida debe ser también una FP capaz de abrir una primera puerta a quienes todavía no han tenido la oportunidad de entrar.

Jóvenes y adultos necesitan respuestas diferentes

Para una persona joven que todavía está construyendo su primera identidad profesional, un ciclo de grado medio o superior ofrece algo difícilmente sustituible: una formación completa, una profesión reconocible, experiencia en empresa y una puerta de entrada al mercado laboral.
 
Además, los datos confirman que determinadas familias profesionales presentan una inserción especialmente elevada. La Estadística de Inserción Laboral publicada por el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes muestra que, entre los titulados de grado medio, Sanidad, Transporte y Mantenimiento de Vehículos y Fabricación Mecánica se encuentran entre las familias con mayor afiliación durante el primer año. En el tercer año, Transporte y Mantenimiento de Vehículos y Fabricación Mecánica superan el 70% de afiliación. En grado superior, la tasa global alcanza el 58,4% en el segundo año posterior a la titulación y el 63,5% en el tercero.
 
Son datos importantes, pero la empleabilidad no debería ser el único criterio para orientar a un joven. Una elección profesional sostenible debe intentar encontrar un equilibrio entre las capacidades de la persona, sus intereses, las oportunidades que ofrece el mercado laboral y las posibilidades reales de desarrollo profesional.
 
Para una persona adulta, en cambio, la situación suele ser diferente. Puede tener experiencia profesional, responsabilidades familiares, horarios laborales y conocimientos adquiridos durante muchos años que no tendría sentido ignorar. Pedirle que vuelva a comenzar siempre desde cero sería desaprovechar precisamente aquello que aporta.
 
Aquí cobran especial importancia los procedimientos de acreditación de competencias profesionales, los certificados profesionales, las formaciones modulares, las microacreditaciones y la formación continua.
 
La FP debe ser capaz de reconocer lo que una persona ya sabe y proporcionarle únicamente aquello que necesita aprender.
 

Presencial u online: lo importante es la calidad del aprendizaje

También debemos superar otro debate excesivamente simplificado: formación presencial frente a formación online.
 
La formación online es una herramienta extraordinaria para ampliar el acceso a la formación. Para muchas personas adultas que trabajan, tienen familia o viven lejos del centro formativo, poder organizar una parte de su aprendizaje con mayor flexibilidad puede marcar la diferencia entre formarse o no hacerlo.
 
Pero flexibilidad no significa que toda formación pueda trasladarse de la misma manera a una pantalla. La FP tiene una característica esencial: desarrolla competencias profesionales. Y muchas de ellas necesitan talleres, laboratorios, maquinaria, instalaciones, interacción con otras personas y situaciones reales de trabajo.
 
No aprenderíamos mantenimiento industrial únicamente viendo vídeos de una máquina. Tampoco determinadas competencias sanitarias, de automoción, fabricación mecánica o instalaciones pueden desarrollarse plenamente sin práctica.
 
Por eso no deberíamos preguntarnos qué modalidad es mejor en términos absolutos, sino cuál es la más adecuada para cada competencia y para cada persona.
 
Y hay otra cuestión que, desde nuestra experiencia, resulta igual de importante: la modalidad no garantiza por sí sola la calidad. Una formación online de calidad no puede consistir únicamente en facilitar unos materiales para que el alumnado los estudie por su cuenta. Necesita profesorado disponible, seguimiento, tutoría, orientación, espacios de consulta, evaluación formativa y acompañamiento a lo largo de todo el proceso.
 
Esto es especialmente importante en FP, donde el aprendizaje no termina en los contenidos teóricos. El centro debe ayudar al alumnado a avanzar, detectar dificultades, orientar decisiones y facilitar la conexión con el entorno profesional y con las empresas donde se desarrolla la formación práctica.
 
Por este motivo, cuando una persona elige una formación, debería preguntarse no solo qué va a estudiar, sino también dónde lo va a estudiar, quién la va a acompañar y qué apoyo tendrá durante el proceso.

Un buen proyecto formativo debe poder explicar con claridad cómo acompaña a su alumnado, cómo organiza las prácticas, qué relación mantiene con las empresas, qué recursos ofrece y cómo responde cuando una persona encuentra dificultades.
 
En nuestra experiencia, el acompañamiento es especialmente determinante en la formación online. La flexibilidad puede facilitar enormemente el acceso, pero si se convierte en aislamiento puede acabar siendo una barrera. La tecnología debe permitirnos estar más cerca del alumno, no más lejos.
 
Probablemente el futuro pase cada vez más por modelos flexibles que combinen formación online cuando aporta autonomía y accesibilidad, presencialidad cuando el aprendizaje práctico lo requiere y experiencia en empresa cuando es necesario trasladar lo aprendido a un entorno profesional real.
 
El nuevo sistema de FP refuerza precisamente esta conexión con el mundo profesional: los certificados profesionales —grado C— y los ciclos formativos —grado D— incorporan formación en empresa u organismo equiparado.
 
Y los datos muestran el valor de esta relación. En la estadística más reciente del Ministerio, la tasa de afiliación durante el primer año alcanza el 40,1% en grado medio dual y el 63,2% en grado superior dual; tres años después se sitúa en el 64,6% y el 72,1%, respectivamente.

Orientar también es ayudar a elegir bien dónde formarse

Todo ello nos conduce a una cuestión que considero fundamental: la orientación. Durante demasiado tiempo la hemos identificado con un momento concreto: un estudiante que termina la ESO o el Bachillerato y necesita decidir qué estudiar. Ese momento continúa siendo importantísimo, pero la orientación que  necesitamos debe ser mucho más amplia.
 
Una persona de 45 años que lleva 20 trabajando necesita orientación para descubrir qué competencias de su experiencia puede acreditar, cuáles debe actualizar y qué formación puede permitirle progresar.
 
Una persona que ha perdido su empleo necesita comprender si debe actualizarse dentro de su profesión o iniciar un proceso de recualificación hacia otro sector. Un profesional que quiere especializarse necesita identificar qué formación complementa realmente aquello que ya sabe.
Y una empresa necesita analizar las competencias de sus trabajadores y anticipar cuáles necesitará dentro de 3 o 5 años.
 
Pero orientar bien significa algo más: ayudar a una persona a valorar la calidad del proyecto educativo al que confía su formación.
 
Dos centros pueden ofrecer aparentemente el mismo título y, sin embargo, proporcionar experiencias educativas muy diferentes. La diferencia puede estar en el seguimiento del alumnado, en el equipo docente, en las instalaciones, en la relación con las empresas, en la organización de la formación práctica, en los servicios de orientación o en la capacidad para acompañar a cada estudiante hasta alcanzar sus objetivos.
 
Elegir formación únicamente por el nombre del título o por la comodidad de la modalidad puede ser insuficiente.
 
Por ello, una buena orientación debería ayudar también a formular las preguntas adecuadas: ¿qué experiencia tiene este centro?, ¿cómo acompaña al alumnado?, ¿qué relación mantiene con las empresas del sector?, ¿cómo organiza la formación práctica?, ¿qué ocurre si tengo dificultades?, ¿qué resultados obtienen sus estudiantes? ¿Me ofrece una formación integral, más allá de las competencias profesionales?
 
En Jesuïtes Educació creemos que el acompañamiento forma parte inseparable del aprendizaje. Especialmente en FP, donde educamos para una profesión, pero también acompañamos procesos personales, decisiones profesionales y transiciones hacia el mundo laboral.
 
Orientar significa, por tanto, ayudar a construir itinerarios profesionales, no simplemente recomendar cursos. Para hacerlo bien necesitaremos profesionales de la orientación que conozcan simultáneamente a las personas, el sistema formativo y el mercado laboral. Y necesitaremos una relación mucho más estrecha entre centros de FP, servicios de empleo y empresas.
 

Una FP a la que podamos volver

Quizá el cambio más importante que debemos conseguir sea cultural. Tenemos que dejar de entender la FP como un lugar al que se entra una sola vez cuando se es joven. Una persona puede acceder a ella a los 16 años para descubrir una profesión, volver a los 27 para especializarse, a los 38 para actualizar unas competencias y a los 52 para iniciar una nueva etapa profesional.
 
Sin embargo, en cada una de esas etapas necesitará algo más que una oferta formativa. Necesitará orientación para escoger el itinerario adecuado y un centro capaz de acompañarla durante el camino.
 
Cada vez que cambia nuestra profesión debería existir una puerta del sistema formativo a la que podamos llamar.
 
Y detrás de esa puerta deberíamos encontrar no solamente una titulación o unos contenidos, sino también profesores, orientadores, empresas y centros comprometidos con ayudarnos a avanzar.
 
Ese es, a nuestro entender, uno de los grandes retos de la nueva FP: convertirse en un sistema suficientemente flexible y de calidad para acompañar a las personas no solamente hasta su primer empleo, sino durante toda su vida profesional.

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