Educar en la verdad

Artículo de opinión

  • 26/10/2021
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Paula Herrero Diz. Profesora e investigadora del departamento de Comunicación y Educación de la Universidad Loyola (Andalucía)
Combatir la desinformación en un mundo digitalizado resulta complejo porque los mensajes engañosos, mediados por la tecnología, adoptan cada vez formas más sofisticadas que imitan la apariencia de la información más fiable. A pesar de ello, en el ámbito científico, podemos decir que se ha avanzado ampliando el muy reduccionista y extendido concepto de fake news, para incorporar y describir todas esas nuevas apariencias que adopta el engaño: contenido impostor, contenido fabricado, clickbait, teorías de la conspiración, discurso de odio, entre otras.  Además, estas nuevas fórmulas han sido clasificadas según sus intenciones; desde la mala praxis (mis-information), al engaño deliberado para obtener un rédito económico o personal (dis-information), a la intención deliberada de causar un perjuicio a alguien o sobre algo (mal-information). Si bien todo este esfuerzo, poco a poco, va permeando en la sociedad a través de iniciativas alfabetizadoras de toda clase, quedan esfuerzos por hacer.

 
Centrándonos en el caso de los jóvenes, que es el que nos ocupa por su conexión casi permanente a internet y, por tanto, su sobreexposición a contenidos de toda índole y, como consecuencia, a una mayor vulnerabilidad ante posibles peligros, el fenómeno de la desinformación tiene otros matices.
 
En primer lugar, se detecta un exceso de autoconfianza, pues el 90% de los jóvenes de entre 14 y 18 años afirma que ha oído hablar de noticias falsas, pero se ve capaz de identificarlas, como recoge el estudio de la Universidad Loyola Los adolescentes españoles frente a las fake news: nivel de conciencia y credibilidad de la información. No obstante, esto no debería ser un problema pues, como evidencia del informe europeo EU Kids Online 2020, la búsqueda de información no es una actividad prioritaria para estos usuarios: los menores de entre 9 y 16 años solo destinan un 19% de su tiempo de conexión a esta tarea. Sin embargo, los menores afirman utilizar internet para realizar sus trabajos académicos. Esto nos hace preguntarnos sobre su capacidad para escoger entre las fuentes más fiables.

 
En segundo lugar, el discurso de odio se identifica como el contenido de mayor preocupación para estos usuarios. Según el estudio europeo mencionado, el contenido que los jóvenes consideran más nocivo cuando interactúan en la red, una actividad a la que dedican el 70% de su ocio, son precisamente estos mensajes de odio, es decir, aquellos contenidos fabricados y publicados con el propósito de situarles en el punto de mira por razones de xenofobia, motivos religiosos, envidias, etc., para ocasionarles un daño, mermar su reputación, o poner en peligro su seguridad.
 
Este tipo de desinformaciones, malintencionadas, están afectando a la salud mental de los jóvenes: el 7% de los menores de 9 a 16 años reconoce que alguien ha creado páginas o imágenes falsas y las ha distribuido para dañar su reputación. El informe Ofcom (organismo regulador de contenidos en medios de comunicación en Reino Unido) de 2019 también pone de manifiesto esta situación cuando afirma que la desinformación causa estrés y ansiedad en los más jóvenes porque sienten que viven en un mundo, informativamente hablando, cada vez menos sólido, de ahí que tengan mayores dificultades para tomar decisiones. En este sentido, llama particularmente la atención otro estudio, El estado mundial de las niñas, de la ONG Plan Internacional, pues revela que una de cada cuatro jóvenes se siente físicamente insegura por culpa de la desinformación; el 98% dice que le preocupa la desinformación porque muchos de los contenidos falsos que circulan intentan "desacreditarlas, ridiculizarlas, humillarlas y mermar su credibilidad".
 
En tercer y último lugar, los jóvenes están tomando decisiones sobre su salud y sobre la adquisición de bienes y servicios en base a las referencias que encuentran por la red, en lugar de recurrir a una opinión experta; comprar y ver precios de cosas ocupa el 23% de su tiempo. El estudio Reseñas online, la palanca de ventas en el retail postcovid, expone que el 80% de los jóvenes consumidores españoles de 16 a 24 años hace sus inversiones en función de las valoraciones y opiniones de terceros, siendo de entre 100 y 200 el volumen de comentarios que necesitan consumir antes de tomar una determinación.
 
"La educación en la búsqueda de la verdad, capacitando a los jóvenes ciudadanos para un consumo crítico de cualquier mensaje, se presenta como la mejor de las soluciones para afrontar los desafíos que plantea la desinformación".

 

Teniendo en cuenta todo lo anterior, la mejor baza contra la desinformación entre los jóvenes −desde las edades más tempranas− es una vieja fórmula: la alfabetización mediática, para ayudarles a ser consumidores críticos de información, bienes y servicios, y ciudadanos exigentes. Desde las instituciones políticas, educativas y sociales, se está poniendo un gran empeño en ello. Entre las iniciativas más destacadas cabe subrayar aquellas encaminadas al fomento del pensamiento crítico y al desarrollo de habilidades relacionadas con la verificación de contenidos, como el proyecto europeo SPOTTED, coordinado por la Universidad Loyola, en el que los jóvenes encontrarán un test de autodiagnóstico para conocer su vulnerabilidad frente a la desinformación y, en función de sus flaquezas o debilidades, podrán acceder a un itinerario formativo para reforzar sus competencias para evaluar información.
 
Para concienciar sobre el discurso de odio entre los jóvenes, el proyecto No more haters, en colaboración con la FAD, Maldita y Google, tiene como objetivo llegar a los adolescentes de entre 14 y 29 años para que entiendan la importancia de generar discursos responsables libres de odio, basados en la inclusión y en el respeto.
 
Con el objetivo de contrarrestar la avalancha de información que reciben a diario en sus pantallas los alumnos de ESO y Bachillerato, la iniciativa Levanta la cabeza, de Atresmedia, junto con el medio de fact-checking Newtral, ha creado un Curso de verificación digital que pone el foco en la responsabilidad de los jóvenes de contribuir o no a expandir un contenido engañoso. A través de la verificación de contenidos de todo tipo (texto, fotos y vídeo) que les llegan a través de las redes sociales, aprenden a evaluarlos antes de compartirlos.  

 
Entre todas estas iniciativas también encontramos publicaciones, como las editadas por el proyecto de alfabetización mediática Telekids para ayudar a los profesores a luchar desde el aula contra los contenidos engañosos: Educar en el aula sobre Fake News y Con las Fake News no se juega.
 
Finalmente, y gracias a su papel durante la pandemia provocada por la COVID-19, cuando prestaron una auténtica labor de servicio ofreciendo información fiable sobre salud a los usuarios, las bibliotecas se revindican como mediadoras en la búsqueda de fuentes de calidad. Además de ofrecer talleres, y conferencias, los bibliotecarios han elaborado una serie de recursos en abierto, entre los que destacan, por su pragmatismo, las listas de verificación, como la elaborada por la Federación Internacional de bibliotecas (IFLA) para detectar fake news.

Aunque por el momento desconocemos el efecto que estas acciones tendrán sobre nuestros jóvenes, sí que sabemos −científicamente− que la formación tiene efectos positivos sobre los más pequeños. Así lo demuestran los resultados de otros proyectos como el Civic Online Reasoning, de la Universidad de Stanford, para la capacitación de estudiantes de Estados Unidos, o News Wise (Reino Unido), orientado a la formación de alumnos y profesores. Las investigaciones que se hicieron sobre los beneficios de ambas iniciativas demuestran que los estudiantes perfeccionaron sus capacidades para protegerse contra la desinformación. Una vez formados, los alumnos tomaron mejores decisiones sobre la calidad de la información a la que fueron expuestos.
 
Con todo, la educación en la búsqueda de la verdad, capacitando a los jóvenes ciudadanos para un consumo crítico de cualquier mensaje, se presenta como la mejor de las soluciones para afrontar los desafíos que plantea la desinformación. En esta tarea es fundamental la unión de la Triada de los trabajadores por la verdad (The Triad of Truth-Workers) como los investigadores Head y Wihbey (2017) han llamado al papel que deben desempeñar profesores, periodistas/profesionales y bibliotecarios contra la mentira.  
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