Emociones y toma de decisiones vocacionales

Artículo de opinión

  • 30/03/2022
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Ana Cobos Cedillo. Presidenta de la Confederación de Organizaciones de Psicopedagogía y Orientación de España (COPOE) y orientadora del IES Ben Gabirol (Andalucía)
La influencia de las emociones en todas las áreas de la vida está comúnmente aceptada y resulta incuestionable en la comunidad científica desde hace décadas. Justamente, entre las ciencias, la psicopedagogía ha sido una de las precursoras de esta idea, puesto que recoge, entre otros, los avances de la neurociencia en relación con la importancia que las emociones tienen en cómo se produce el aprendizaje, sin duda un gran avance para las ciencias de la educación. Prueba de ello dan muchos autores entre los que destacamos a los profesores Rafael Bisquerra y Francisco Mora, cuyas conferencias pueden encontrarse en Internet y son muy recomendables.
 
El desarrollo de la neuroeducación en las últimas décadas pone de manifiesto que el aprendizaje está directamente relacionado con la emoción. La emoción hace que los humanos aprendan como un rasgo inherente a la especie y al desarrollo de la inteligencia tanto individual como colectiva. Es un proceso por el que se activan los focos de interés en las personas, lo que mueve a la motivación por aprender para conseguirlo todo, desde la supervivencia más imprescindible hasta el placer más ínfimo e innecesario. Asimismo, en cuanto a la permanencia de estos, también es la emoción quien define si los aprendizajes son significativos y merece la pena mantenerlos en la memoria o desecharlos.
 
Los profesionales de la educación debemos tener siempre presentes las variables de origen emocional en todos los procesos educativos, ya sean destinados al aprendizaje o al desarrollo. Entre estos últimos se encuentran los relativos a la orientación y a la toma de decisiones vocacionales.
 
Precisamente, empleamos el término "vocacional" evocando a su raíz etimológica y correspondencia con el vocablo "vocatio", es decir "llamada". Cuando hablamos de vocación conectamos de forma inmediata a la orientación con la emoción, pues entonces, de lo que trata el proceso de orientar es de escuchar qué es aquello que "llama" a una persona a dedicarse a alguna actividad o profesión, porque le produce bienestar. Aunque resulte ciertamente abstracto o incluso "celestial", es algo mucho más tangible de lo que parece y en mi práctica como orientadora en un centro de secundaria lo compruebo cada día. Es tan palpable como ver el brillo en los ojos de un alumno cuando le describes una profesión y sabes que se está visualizando en ella. Lo sabes porque le cambia la cara cuando ha intervenido la emoción en modo de sensación de felicidad al imaginarse desarrollando ese trabajo.
 
En este proceso de autoconocimiento no solo participa el orientador, sino también todo el entorno del alumno. Su familia será crucial, pues saben de sus cualidades y podrán actuar como un espejo frente a él para reflejarle sus puntos más fuertes y débiles de cara a tomar esa decisión sobre su futuro profesional. También en el contexto sociofamiliar están los amigos, quienes refuerzan el autoconocimiento de los rasgos de las personas.

El profesorado, y especialmente el tutor, son otras de las piezas clave para que el alumno avance en su autoconocimiento porque el sistema educativo tiene mecanismos para que las personas se conozcan. Un ejemplo de ello es aquel por el que reiteradamente muestra a un estudiante que es bueno para los idiomas, la música, las matemáticas o la educación física. Este reconocimiento se materializa en calificaciones, una forma de refuerzo afectivo y en consecuencia directo al centro de la diana del corazón.
 
"Los profesionales de la educación debemos tener siempre presentes las variables de origen emocional en todos los procesos educativos, ya sean destinados al aprendizaje o al desarrollo. Entre estos últimos se encuentran los relativos a la orientación y a la toma de decisiones vocacionales".
 
Tomar una decisión vocacional consta de tres fases: el autoconocimiento, la información sobre la oferta formativa y finalmente, la toma de decisiones. Como vemos, en la primera de autoconocimiento, saber cuáles son las propias fortalezas y debilidades ayuda a tomar la decisión más adecuada porque redunda en el propio desarrollo personal, como decía Confucio: "elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida".
 
En la segunda fase de buscar información, frecuentemente a los profesionales de la orientación se nos pregunta sobre qué estudios son los que tienen mejor inserción profesional o más "salida". Aunque parezca una pregunta sencilla que cualquiera puede responder acudiendo a las estadísticas de los servicios de empleo, en la práctica, la respuesta correcta es la que entronca directamente con la emoción. En consecuencia, la fase de información no es tan aséptica. Respondemos siempre que no existen por definición unos estudios con más salidas que otros, sino personas con distintos grados de implicación, de expectativas, así como de grandes diferencias en todos los aspectos de la vida, personas que deben encontrar sus propios caminos hacia una meta que no es otra más que su propio bienestar.
 
Si en todas las decisiones de la vida entra en juego la emoción, ¿cómo no contemplar la presencia de estas cuando hay que decidir sobre el propio futuro académico y profesional? Por eso, trabajar con el alumnado la orientación académica y profesional entronca de forma directa con el diseño del proyecto de vida y en sus expectativas profesionales y personales, ya que el proyecto vital es indisoluble del profesional.
Se trata de tomar una decisión desde conocerse, descubrir las propias cualidades e incluso de saber cuáles son los talentos de modo que cada persona los desarrolle desde su propio disfrute devolviéndolos a la sociedad en forma de bienestar común, una idea que ya consideraba Juan Huarte de San Juan en su libro Examen de ingenios para las ciencias publicado en 1575.
 
La toma de decisiones tiene como objetivo que cada persona encuentre su sitio en el mundo, el mejor entre los posibles (su óptimo global o al menos el local). Un proceso similar al de encajar una pieza en un puzle, de modo que cuanto mejor se ajuste, mayores cotas de bienestar alcanzará la persona y su entorno. Aunque pueda parecer utópico e idílico, no es del todo así, porque la práctica educativa demuestra que es posible acercarse a la utopía, aunque siempre esta se nos muestre inalcanzable. No en vano, muchas veces los orientadores somos los "magos sin magia" como decía Mara Selvini Palazolli o las hadas que como Mary Poppins ayudan a que las personas resuelvan sus problemas o consigan cumplir sus sueños.
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