Las emociones son siempre informativas. Están ahí para guiar nuestra conducta

Artículo de opinión

  • 30/03/2022
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Anna Carballo. Psicóloga, doctora en neurociencias y profesora de la Universitat Internacional de Catalunya
Las emociones tienen un papel clave en el proceso de toma de decisiones, mucho más de lo que, en general, se suele creer o pensar.

Desde un punto de vista neurocientífico, entendemos las emociones como respuestas o reacciones psicofisiológicas (compuestas por un componente psicológico y con un componente de activación corporal) ante eventos, personas u objetos, tanto externos (experiencias presentes) como internos (recuerdos o pensamientos).

Que sean reacciones quiere decir que siempre hay algo que las provoca, es decir, que siempre aparecen en respuesta a algo que las suscita de forma instintiva e inconsciente, y, por ello, no las podemos evitar, sólo podemos intentar regularlas y gestionarlas una vez somos conscientes de ellas.

A nivel neurobiológico, las respuestas emocionales dependen de estructuras subcorticales, es decir, estructuras situadas por debajo de la corteza cerebral, como son la amígdala o el hipotálamo. Al ser estructuras subcorticales, son responsables de procesos inconscientes, en este caso emocionales, puesto que los humanos sólo somos conscientes y podemos regular de forma voluntaria los procesos cognitivos que tienen lugar en la corteza cerebral (percepción, lenguaje, atención, razonamiento, etc.).

Esto implica que las respuestas emocionales, al ser inevitables e inconscientes, nos influyen en nuestra vida consciente mucho más de lo que, a menudo, nos gustaría. Y para una función cognitiva tan sofisticada y elaborada como un proceso de toma de decisiones, puede parecer que las emociones son un factor que interfiere u obstaculiza de forma clara el proceso, pero resulta ser todo lo contrario.
 
"Las emociones, sean las que sean, y nos gusten más o menos, son siempre informativas y están ahí para guiar nuestra conducta. Si la evolución de nuestra especie las ha conservado, es porque han tenido un papel clave en nuestra adaptación y nuestra supervivencia".

En situaciones experimentales, se ha observado que personas con daños cerebrales en las zonas de la corteza donde llegan las proyecciones de las estructuras subcorticales responsables de las respuestas emocionales, es decir, personas que tienen emoción y razón separadas a nivel cerebral, son las personas que toman las peores decisiones. Y esto, curiosamente es porque el proceso de toma de decisiones no ha podido tener en cuenta el factor emocional más inconsciente que llega siempre a las áreas corticales conscientes cada vez que tenemos que tomar una decisión.

Por ello, es importante tener en cuenta las respuestas emocionales en los procesos de toma de decisiones, puesto que las emociones, sean las que sean, y nos gusten más o menos, son siempre informativas, y están ahí para guiar nuestra conducta. Si la evolución de nuestra especie las ha conservado, es porque han tenido un papel clave en nuestra adaptación y nuestra supervivencia.

En este sentido, es importante atenderlas, darles espacio, escucharlas y no intentar reprimirlas, porque cuánto menos queremos sentir una emoción e ignorarla, ésta más se expresa y se intensifica. Y para ello, es imprescindible disponer de cierta alfabetización emocional, puesto que si carecemos del acompañamiento necesario durante la infancia y la adolescencia para aprender a identificar las emociones que sentimos, y entender su significado, difícilmente después vamos a saber gestionarlas.

Si esto lo llevamos a la adolescencia, debemos tener en cuenta, además, un importante factor vinculado al cerebro adolescente, puesto que en estas edades, la corteza prefrontal, de la que dependen funciones cognitivas de alto nivel como el control de la impulsividad, la regulación de las emociones y la toma de decisiones, está todavía inmadura.

Esto significa que estos procesos no son todavía del todo funcionales, si se comparan con los de un cerebro adulto, de manera que los y las adolescentes necesitan de un ambiente protector que demande y acompañe estas cuestiones de forma respetuosa y empática, para favorecer su correcto desarrollo.

En cuanto nos hacemos adultos, suele ocurrir que rápidamente tomamos distancia con la adolescencia y nos olvidamos de cuando éramos adolescentes, de cómo éramos, de la intensidad con qué vivíamos el día a día, y esto nos aleja de su realidad y dificulta que podamos acompañarlos y ayudarlos de forma comprensiva.

La conducta adolescente destaca por su elevada impulsividad y su labilidad e intensidad emocional, cosa que puede ir acompañada de altas dosis de indecisión, y más en cuestiones tan importantes y relevantes como decidir su futuro académico y profesional.

Si desde el mundo adulto podemos entender esta dificultad como algo real, y podemos acompañar y sostener el remolino de emociones con el que viven sus tomas de decisiones, es probable que no podamos evitar que se equivoquen y que sufran (igual que nos equivocamos y sufrimos nosotros cuando éramos adolescentes), pero probablemente sí podremos favorecer que aprendan de sus errores y a gestionar sus emociones en situaciones futuras.
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