No todo es acoso

Artículo de opinión

  • 29/06/2017

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Ana Cobos Cedillo, Presidenta de COPOE y orientadora en el IES Ben Gabirol (Málaga)
"No todo es acoso", empecemos por ahí. Recientemente me comentaban el caso de una madre que denunció por acoso escolar al compañero de su hijo porque su niño se rompió un brazo en una pelea contra ese compañero. Resultaba además que este compañero era su amigo de siempre, justo era su amigo hasta dicha pelea. Este caso no es de acoso. El acoso no consiste en una pelea coyuntural, sino en una conducta persistente y duradera en el tiempo que realiza intencionalmente una persona o grupo contra otra u otras que se encuentra/n en situación de vulnerabilidad.

Por tanto, lo primero para hablar de acoso escolar es conocer de qué se trata y tener claro que realmente se ajusta a esta definición y se diferencia claramente de un suceso aislado, aunque éste sea violento. Una agresión física y verbal que se produce espontáneamente por sí sola no es una conducta de acoso. El acoso lleva aparejada la intención e incluso cierta planificación.

Asimismo, tan importante como la identificación del acoso es la percepción del mismo. A veces perdemos la perspectiva y las energías tratando de averiguar si objetivamente un alumno o alumna está siendo acosado y buscamos evidencias que demuestren el acoso.  La demostración de que el acoso existe o no es irrelevante a la hora de intervenir. Lo realmente importante es cómo se siente la persona y, si esta se siente acosada tenemos que intervenir, dejando a un lado si el sentimiento es la consecuencia de hechos contrastables. No se trata de averiguar qué pasa como la policía, sino de poner una tirita como un enfermero. En definitiva, es más relevante que alguien diga que se "siente acosado/a" a que tengamos evidencias del hecho. Porque lo verdaderamente importante es la intervención y que esta se produzca lo antes posible.

Como siempre, hay que empezar por la prevención. En climas de convivencia positiva aderezada de respeto, cooperación y afecto es mucho más difícil que se generen situaciones de violencia y acoso. Hemos de trabajar con el alumnado en los centros y con la familia en el hogar para fomentar el respeto y que las diferencias se valoren como fuente de enriquecimiento. Es imprescindible que trabajemos la gestión emocional como una de las mejores herramientas para sentir bienestar. Solucionar los conflictos a través del diálogo, desarrollar la empatía desde lo más profundo del sentirse humano son otras de las claves para que nuestro alumnado desarrolle la asertividad y se exprese y defienda sus derechos sin vulnerar los de los demás.

Plantear estas cuestiones puede parecer iluso si miramos a nuestro alrededor y tomamos nota de las características del mundo en que vivimos. Sin embargo, la utopía es la que siempre ha guiado el camino de los avances de la humanidad y debemos tener referencias para continuar hacia delante.

Como profesionales de la educación debemos observar siempre a nuestras alumnas y alumnos. No se puede educar sin mirar a la cara, quizás sí enseñar, pero no educar porque la educación necesita de la emoción como puente imprescindible. Por ello, es necesario que estemos alerta ante las señales que nos puedan apuntar que un alumno se está sintiendo acosado porque a partir de ahí es cuando hay que intervenir.

Es lamentable ver cómo en estos casos hay quienes se preocupan primero de si se ha realizado o no todos los documentos del protocolo de acoso que marca la normativa, mientras el adolescente en su dormitorio está rumiando ideas suicidas.

Las personas quieren querer y ser queridas. Este es el principio básico de la educación y de la convivencia, también es la finalidad. Por ello, ante una persona que lo está pasando mal tenemos la obligación de actuar, de intentar saber qué le pasa, no tanto para encontrar la justicia y castigar al acosador, sino primero y principal para proteger a la víctima y poner fin a su sufrimiento con celeridad. No debemos consentir un minuto más de dolor.

El primer paso es arropar, ayudar, acompañar, es decir, mostrar a la persona que sufre que no está sola. Para ello nuestro mejor instrumento somos nosotros mismos y las personas que están a su alrededor, me refiero a las personas de su propio contexto que quizás no son conocedoras de este sufrimiento o que no han empatizado con la víctima. Algunos trucos nos valen: comentar la situación en el grupo y concienciarles de la situación y hacer que se involucren en la integración social de esta persona; facilitar que la víctima se incorpore a grupos que trabajen intereses comunes como talleres teatrales, musicales, deportivos… y siempre la constante observación.

Trabajar con el grupo es tan importante como hacerlo con la víctima, a la que es necesario reforzar su autoestima, sensación de acompañamiento y la vinculación con los objetivos de su proyecto de vida, puesto que el camino se hace más sencillo cuando sabemos hacia donde nos dirigimos. Es importante trabajar para fortalecer a esta persona y que no sienta culpabilidad alguna por lo que le está pasando.

Del mismo modo, no puede obviarse el trabajo con los acosadores o bien las personas a las que la víctima responsabiliza de su sufrimiento. En la mayoría de las ocasiones se trata de personas que sufren y que tienen mucho miedo, por eso tiran la piedra primero, se adelantan en el ataque para marcar territorio en el poder por temor a recibir daño, porque temen sentir dolor. Es frecuente incluso que hayan sido víctimas de acoso con anterioridad o que lo sigan siendo en otros contextos. Es necesario trabajar con ellos estrategias para el desarrollo de la empatía y de las habilidades sociales para que aprendan a gestionar su frustración sin agresividad contra nadie.

Coordinación, coordinación y coordinación, cuanta más mejor. Coordinación con las familias para la puesta en marcha y desarrollo de estrategias educativas. Coordinación en los equipos educativos para trabajar en un mismo son, como dice Santos Guerra: "No hay alumno que se resista a diez profesores que se pongan de acuerdo". Coordinación son los servicios externos que pudieran estar interviniendo con los implicados: salud mental, fiscalía, protección de menores…

Queda mucho por hacer, especialmente en los medios de comunicación que están contribuyendo bastante a confundir cuando utilizan el término acoso escolar de forma inadecuada, como si fuera sinónimo de cualquier manifestación violenta en los centros educativos. Se está instaurando cierta alarma social ante el tema, cuando insisto, tendríamos que aunar las energías hacia trabajar la convivencia positiva y el bienestar emocional fuera y dentro de la escuela. Es una utopía para el sistema educativo, pero también es una guía y un objetivo educativo a conseguir. Sin embargo, para nuestro mundo es mucho más que eso, la no-violencia es un objetivo no conseguido, una asignatura pendiente.
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