El bullying, una punta del iceberg emocional

Artículo de opinión

  • 29/06/2017

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Beatriz Rubio Blanco, Doctora en Biología y profesora en el instituto Juan Ramón Jiménez en Casablanca (Marruecos) 
Las noticias sobre casos de acoso en los centros escolares son cada vez más frecuentes y es el deber de las instituciones tratar de buscar alternativas al problema. Para poder abordar intervenciones que atajen esta práctica, que parece que va en aumento, previamente habría que hacerse una serie de reflexiones que ayuden a entender los distintos elementos implicados en este tipo de comportamientos entre adolescentes.

Se percibe como un problema lo que, en muchas ocasiones, es la confluencia de dos situaciones que se encuentran en un tiempo y un espacio.

Por un lado está la figura del acosado; suele ser una persona que presenta una personalidad vulnerable a las actuaciones de los otros. Cualquiera que sea su diferencia, va a ser utilizada como disculpa para convertirse en blanco del acosador. El motivo puede ser muy variado, desde el ser una persona de otra nacionalidad, ser nuevo en el grupo, vestirse de una manera propia, destacar en alguna disciplina, tener una afición particular, pertenecer a un nivel económico distinto; sea cual sea la causa, el problema radica en la personalidad, no en el motivo que parece que lo desencadena. Son personas con dificultad para defenderse por sí solas, suelen ser introvertidas, han desarrollado gran capacidad de aguante ante los comportamientos molestos de los demás, sin priorizarse a sí mismos en sus propias necesidades. Suelen tener dificultades en el desarrollo de habilidades sociales. Se relacionan en la medida en que los demás vienen hacia ellos y les falta el impulso de tomar la iniciativa para establecer sus propias relaciones o, cuando lo hacen, resultan inoportunos o "pesados".

En cuanto al acosador, la experiencia demuestra que se trata, en la mayoría de los casos, de un grupo de personas, por lo que es mejor hablar de los acosadores. Suele haber un líder que alienta a otros a buscar la risa y la gracia, en lo que normalmente se conoce como "meterse con otro". El motivo es lo de menos, porque se encuentra fácilmente. La pregunta que surge es: ¿por qué un grupo de adolescentes pone en la descalificación y el amedrentamiento de una víctima propiciatoria (otro compañero) el motivo de la movilización de su energía? ¿Cuál es el placer que se esconde detrás? ¿Qué lleva a inhibir los mecanismos de empatía entre las personas? ¿Cuáles son las vulnerabilidades de personalidad que se esconden detrás del grupo de los acosadores?

Los acosadores buscan el grupo para reforzar sus señas de pertenencia y aceptación porque, seguramente, han sufrido ellos también la descalificación, la humillación y el rechazo de otros. Probablemente el origen de ese sufrimiento no se ha producido en el centro educativo, sino en otros ámbitos de convivencia, y de ahí surge esa necesidad inconsciente de demostrar el valor, en el que "yo soy más" porque me atrevo a hacer cosas que los demás no hacen, y  así también construyo una coraza que impide que los otros me vean en mi vulnerabilidad y hago del miedo del otro mi estructura de protección para no ser agredido.

El bullying es la punta del iceberg de otros problemas emocionales más profundos. Son dos actores, con papeles diferentes, que coinciden en el mismo escenario, y la suma de las partes hace surgir un todo emergente muy dañino para ambas. Si sólo se mira cómo solucionar un acto reprobable, se nos olvidará abordar el proceso que engendra una y mil veces actos similares.

La familia es un elemento clave en el acompañamiento del crecimiento de los hijos, pero en muchos casos los adolescentes están muy solos en la búsqueda de sus propios modelos de comportamiento. El mundo en el que vivimos respira violencia y mucho de lo que nos rodea refleja gran hostilidad.

¿Y cuál es la función de los agentes educativos en estas situaciones? La respuesta es muy sencilla a la vez que compleja: hacer más educación emocional y menos clases. 

Soy profesora desde hace 27 años. He visto el gran interés de todo el profesorado por que el alumnado adquiera los conocimientos mínimos necesarios para poder desempeñar las funciones que requiere la sociedad y, a lo largo de mi vida docente, me he ido encontrando con adolescentes cada vez con una menor consciencia de sí mismos, con poca capacidad de autocrítica, con poco aguante ante la frustración, con una vivencia personal de gran insatisfacción, con la boca llena de derechos y las manos vacías de obligaciones.

En mi práctica docente cada día me planteo cuál es el papel que tengo que desempeñar en mi centro educativo;  además de ayudar a formar cabezas, tendría que plantearse de una forma más explícita la necesidad de formar personas. Nos preocupamos de terminar los temarios y no abordamos la recuperación de las heridas emocionales que traen los alumnos y que les impiden sacar su mejor yo. La tutoría no puede ser sólo la función de un tutor en una hora y un día concreto. Es un acto cotidiano que compete a todo el profesorado. Trabajamos con material sensible, adolescentes, y la formación de la personalidad busca referentes, y es ahí donde la educación tendría que traspasar el ámbito académico e implicarse más en el desarrollo humano. En muchos casos esa labor la hacen las familias, pero no siempre, y es en ese vacío, donde La Escuela tendría que jugar un papel fundamental.

En los centros educativos los Departamentos de Orientación suelen tener psicólogos que se encargan de detectar problemas, pero no se hace atención directa al alumnado, sino que se le deriva hacia centros de salud que en la mayoría de los casos no visitan. Tal vez sería necesario plantearse una labor terapéutica en los propios centros, donde hubiera un acompañamiento más cercano e insertado en la propia realidad del alumno.

La mayoría del profesorado hace lo que puede ante las situaciones de bullying que se van descubriendo, pero falta capacitación para intervenir más allá del sentido común. Tal vez, en los programas de los Másteres que capacitan para el acceso a la enseñanza, habría que darle más peso al conocimiento del desarrollo emocional de los adolescentes, de modo que el profesorado tuviera más herramientas de intervención en el aula en paralelo al desempeño de la actividad vinculada a su propia materia.

En los problemas de bullying, tanto por parte del acosado, como de los acosadores, confluyen situaciones de personas minusvaloradas, humilladas y que no se han sentido suficientemente queridas; ambos lo padecen pero lo manifiestan de forma distinta: uno desde el punto de vista de la víctima y otros que se han "crecido" en la defensa de su "yo", a través del volcado de su propia rabia hacia otro, al que le provocan el mismo daño que ellos han sufrido, aunque el origen de su insatisfacción sea ajeno al lugar donde lo vuelcan.

No hay protocolos que puedan atajar la práctica del bullying. Castigar no cambia el origen del problema. Cambiar de centro a la víctima no es más que una solución parcial.  Sólo el acompañamiento, la escucha, el poner de manifiesto lo que subyace en el propio comportamiento, el dar un espacio de importancia a cada uno, donde se pueda descubrir el propio valor en positivo, pueden ser una vía para reconducir personalidades poco asertivas en unos casos o poco empáticas en otros que sufren y hacen sufrir.

Nuestros centros educativos necesitan un cambio de enfoque de trabajo. Cada profesor es dueño de su tiempo en el aula, para impartir una materia. Se puede facilitar este trabajo con el uso de muchas TIC, podemos crear magníficos cerebros en el mejor de los casos, pero se nos olvida que en paralelo se están formando personas. No es lo mismo ser profesor que ser educador. No abordar de forma explícita este hecho, significa dejar un vacío en la formación. La sociedad necesita personas colaborativas, bondadosas, capaces de sentirse a gusto en su piel y respetuosas con los demás. Eso se construye desde la familia y el entorno, pero la educación formal debería prestarle más atención. Para ello hay que empoderar al alumnado en su propio conocimiento de sí mismo, para construir personalidades sanas, pero, también para ello, previamente hay que empoderar al propio profesorado y hacerlo consciente y partícipe de su función educadora más allá de su competencia disciplinaria. El buen profesor no es el que sabe mucho, sino el que sabe estar atento a su alumnado y encuentra reflexiones, dinámicas o comentarios que entroncan con las necesidades de desarrollo personal. 
 
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