Acoso escolar: todo por hacer

Artículo de opinión

  • 29/06/2017

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Presentación A. Caballero García y María José Carretero Cenjor, Profesoras en la Facultad de Educación de la Universidad Camilo José Cela de Madrid

El acoso escolar es una realidad en nuestro país. Los sistemas educativos, las organizaciones, los grupos, la sociedad en general, experimentan una gran preocupación ante el aumento constante del número de conflictos y agresiones que se están produciendo dentro del entorno escolar. Tales sucesos suponen un deterioro tanto en los diferentes ambientes (laboral, motivacional…) como en las personas (social, moral, familiar, profesional y académico).
 
Según la Organización Mundial de la Salud, cerca de una cuarta parte de los niños españoles, unos dos millones, han sufrido o sufren acoso escolar. De ellos, entre un 5 y un 10%, sufren acoso de alta intensidad (Salvatierra, 2016). 300.000 adolescentes pierden la vida a causa del bullying por el acoso y la violencia psicológica, emocional o física de un grupo contra otro, de muchos contra uno, en definitiva, comportamientos violentos, que se inician con el destrozo de objetos o materiales y continúan con insultos, agresiones a animales, compañeros o  profesores, provocando graves repercusiones para los que lo padecen.
 
Si esto es así cabe preguntarse, ¿en qué estamos fallando como sociedad?, ¿qué se está haciendo en la escuela?, ¿qué estamos enseñando a nuestros hijos dentro del ámbito familiar?, ¿hacemos algo? Y, si se hace, ¿es suficiente?, ¿efectivo?, ¿en qué podemos mejorar?
 
Aunque estas conductas parezcan nuevas, realmente vienen de lejos. Todos hemos escuchado frases como "si te pegan, dale tú más fuerte", "no seas un cobarde", "tienes que aprender a valerte por ti solo", "acércate si eres hombre", "no seas blandengue". Tales expresiones también significan generar violencia. Si pensamos en las relaciones que en ocasiones se llevan a cabo en el trabajo, entre vecinos, entre amigos, en la familia, en cómo nos transformamos al volante... generaremos en quien nos observa una violencia intolerable; a la que, si no se le pone freno, puede convertirse en algo natural, en aumento, incontrolable, con consecuencias que generan desigualdad y pueden ser perjudiciales para la salud y la convivencia.
 
La cuestión es: ¿en qué momento y dónde debemos comenzar a erradicar lo que a posteriori vamos a lamentar? Bajo nuestro punto de vista, desde la cuna, posteriormente en la escuela, y en todos los círculos de relación que puedan ejercer influencia en nuestro desarrollo personal y social. ¿Y quién? Todos los agentes educativos implicados. ¿Durante cuánto tiempo? A lo largo de toda nuestra vida.
 
Si hay que ser cortafuegos, por favor, cuanto antes, de manera coordinada y en equipo. Predicando con el ejemplo, potenciando los valores, la responsabilidad y el esfuerzo. Trabajando las emociones, la comunicación, la actitud y el respeto. En este saco de responsabilidad estamos todos, padres, educadores y sociedad en general.
 
Si partimos de nuestro reconocimiento e implicación, lo demás, ya está todo escrito: claves, prevención, detección, herramientas de evaluación, protocolos para familias, colegios, pautas de comportamiento para compañeros, amigos, planes de actuación de instituciones, recomendaciones de tratamiento y uso de los medios, redes sociales, intervenciones para el conocimiento y la mejora de uno mismo…
 
Estamos convencidos de que sin el respaldo, el compromiso y el esfuerzo de todos no ganaremos la batalla a quienes no ven otra forma posible de convivencia que la violenta. Educar para la convivencia y el respeto no es fácil, sin trabajar la escucha y la empatía por el otro. Además, en la medida en que lo hagamos estaremos acumulando autoridad moral para juzgar estos hechos.
 
Lo más difícil es detectar las señales, tanto las que indican que alguien está siendo víctima, como las que nos hagan sospechar que alguien pueda estar siendo verdugo. En su comportamiento, nadie conoce mejor que uno mismo a su hijo, a su alumno, a su amigo, a su pareja o compañero. Cualquier cambio en su forma de comportarse puede ser una señal. Si de repente no habla y se encierra en sí mismo, no quiere ir a clase o al trabajo, suspende o no hace bien la tarea, hace "pellas" , sale menos, quiere abandonar las actividades extraescolares o empieza a tener problemas de sueño o pesadillas, ansiedad o estrés, etc., estate alerta y actúa. La comunicación, la confianza y el apoyo son imprescindibles para quienes sufren acoso escolar. Prestar atención a lo que están viviendo, no culpabilizar, no restar importancia a la situación, tomar cartas en el asunto, medidas de protección, y ayudarles a que desarrollen estrategias de afrontamiento son imprescindibles.
 
Respecto del acosador escolar, hay que estar atentos a comportamientos de irritabilidad cuando no consigue lo que quiere, trato despectivo al otro, desde una posición de superioridad; participación en peleas, incumplimiento de las normas, no aceptación de una negativa, no asunción de responsabilidades por sus actos, no pide perdón cuando hace algún daño. También puede mostrar unas ganas enormes de poder, intentar conseguir lo que quiere por encima de todo y todos, no muestra miedo ni vulnerabilidad, ni inseguridad, ni tristeza. Aparece en casa con cosas que no le pertenecen, o se las compra sin saber de dónde ha sacado el dinero. Viene con golpes, moratones, rasguños…, o con síntomas de haber consumido, entre otras conductas desadaptativas. En estos casos, es importante aceptar que está haciendo daño a otro, que su comportamiento es agresivo y no disculparlo ni volver la vista atrás o ignorarlo. El acosador debe saber que se desaprueba su conducta y al mismo tiempo que se muestra preocupación por él. Es importante ponerle límites, establecer lazos de comunicación con él y hacerle que se responsabilice de sus actos. Ayudarle a entender el punto de vista de los demás y ofrecerle ejemplos y ayuda relativa a cómo reparar un daño.
 
En el centro educativo es importante que se entienda la importancia del fenómeno del acoso en relación con la convivencia escolar y la necesidad de una respuesta coordinada, inmediata y eficaz que implique a toda la comunidad educativa. El plan de acción contra el acoso escolar forma parte del Plan general de convivencia del centro y guarda relación con el Plan de Acción Tutorial.
 
La Consejería de Educación diferencia entre actuaciones de carácter preventivo (a nivel familiar y educativo), de detección (por qué se produce, cómo se manifiesta, dónde tiene lugar, etc.) y correctivo (actuaciones protocolarias - de corrección y sanción- y no protocolarias –con las víctimas, los acosadores, las familias de ambos, los iguales-).
 
Estas son algunas de las orientaciones que las Direcciones territoriales dan a los centros educativos cuando se detecta un caso de acoso o maltrato entre iguales y tienen que intervenir en su resolución: La Dirección del centro, recibida la demanda de actuación o denuncia de un posible caso de acoso o maltrato entre iguales, puede constituir un grupo de trabajo que será el encargado de la evaluación de los hechos y de proponer el plan de intervención. También puede adoptar medidas cautelares para garantizar la seguridad del alumno presuntamente agredido e informar a las familias o tutores legales del alumno presuntamente agredido y de los presuntos agresores. Cuando los hechos son graves, informa a la Fiscalía de Menores. En el caso de que los presuntos agresores sean menores de catorce años, los pondría en conocimiento de la Consejería de Asuntos Sociales. El inspector de zona tiene que estar informado de la constitución del grupo de trabajo y las primeras medidas adoptadas (fecha y contenido de las entrevistas celebradas con las familias de los presuntos agredidos y agresores). El grupo de trabajo es quien determina las medidas del plan de actuación que tienen que ser aplicadas por la Dirección del centro en relación con la persona agredida, los presuntos agresores, el alumnado observador de los hechos, el grupo-clase y otras que haya considerado necesario establecer, e informa de ello a las familias y al Consejo Escolar. También evalúa, junto con la Dirección, los resultados de las medidas aplicadas, registra los datos e informa de ello al inspector del centro, y, si procede, a la Fiscalía de Menores, o la Consejería de Asuntos Sociales.
 
En cualquier caso, para que la intervención sea eficaz, se necesita de la participación de la comunidad educativa y la colaboración del entorno. La clave está en detectar las señales a tiempo y crear canales de diálogo con los hijos y los alumnos. Educar, fomentar  y trabajar las emociones. No cerrar nunca los ojos.
 
No podemos olvidar que como adultos debemos ser un ejemplo y modelo a seguir. Trabajar la ética y los valores no está demodé. La violencia nunca se justifica, a pesar de que en estos tiempos la tenemos presente y casi la vivimos como un juego. La tendencia de hoy es enseñar conceptos, materias, competencias…, y en ese afán por tener y ser mejores, nos hemos dejado olvidado el ser en toda su plenitud, y el aprender a vivir con el otro sin competitividad y con respeto. Hemos aparcado cultivar el espíritu, la contemplación, la naturaleza, la dignidad. Es necesario, por tanto, interiorizar una cultura pacífica y de convivencia que promueva la tolerancia y el amor hacia los demás.   
 
Un empujón sin importancia, pero que se repite y cansa, un apodo divertido, pero que denigra y entristece, un insulto sin importancia, pero que agobia y duele. Hay muchas formas de violencia y muchas más de combatirla y acabar con ella.
 
Se dice muchas veces que simplemente hace falta mirar para ver, oír para escuchar; bien, todos sabemos que eso no es tan simple; cambiemos la actitud; seamos las personas valientes y comprometidas que la situación necesita; cambiemos la mirada, escuchémonos y escuchemos al otro, no con el afán de imponer sino de entender, mejorar y construir y, sobre todo, empecemos a actuar en consecuencia.
 
"Erradicar la violencia es compromiso de todos" (Luengo, 2017). Parafraseando a Mafalda: tolerancia, comprensión y respeto es lo importante para convivir con los demás y, sobre todo, no creer que nadie es mejor que nadie. Estar seguros que todos podemos hacer algo.
 
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