Enseñar a aprender: el reto docente

Artículo de opinión

  • 06/04/2017

  • Valora

  • Deja tu comentario
Joan Domingo y Joan Segura, Profesores del Departamento de ESAII de la Universitat Politècnica de Catalunya (Barcelona)

La formación orientada a competencias es algo que se establece tanto por la normativa vigente como por el sentido común. Las competencias, en el sentido de la enseñanza, hacen referencia al conjunto de habilidades procedimentales, destrezas, conocimientos y actitudes que la persona debe poder adquirir y demostrar haber adquirido a lo largo de su período de formación. No obstante, una competencia no se adquiere estudiando ni enseñando sino que se aprende practicando. Por ello es frecuente en la formación profesional que se adquiera la práctica pero, llegados a la parte de, llamémosla teoría, los estudiantes lo consideren algo tedioso. Y es evidente que no lo es.
 
La normativa relativa a la Formación por Competencias relativo al Sistema Nacional de Cualificaciones Profesionales  está recogida en la Ley Orgánica 5/2002, de 19 de junio, de las Cualificaciones y de la Formación Profesional y en el catálogo de Certificados de Profesionalidad (Real Decreto 34/2008, de 18 de enero, por el que se regulan los Certificados de Profesionalidad). Ambas normas describen con claridad que las competencias deben tener "significación para el empleo", y que deben ser "adquiridas a través de un proceso formativo formal e incluso no formal". Es clave, entonces, disponer de profesorado con destrezas específicas para poder impartir este tipo de formación tanto formal como informal. Aunque la parte de contenidos profesionales específicos queda definida por los currículos, no es tan clara la parte de las competencias transversales. En ambos casos será del mayor interés utilizar un extenso abanico de posibilidades metodológicas que permitan trabajar sobre todo las competencias transversales, siendo estas las que quizás presenten mayor interés formativo.

En el ámbito de las tecnologías en general es importante considerar, ante todo, que el conocimiento es de rápida obsolescencia; esto es, lo que hoy forma parte de nuestro entorno tecnológico cotidiano, se verá reemplazado rápidamente por avances que influirán de forma decisiva y a un fuerte ritmo en nuestro comportamiento como sociedad. Con independencia de los estudios profesionales, hay aspectos como el uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones que, con independencia del ámbito, no deben ser ajenos ni a docentes ni a discentes.

En esta idea y en este empeño es donde centramos nuestro esfuerzo en la formación del profesorado que debe encontrar las mejores formas de transmitir, por una parte, ideas clave sobre los fundamentos de cada especialidad y, sobre todo, perspectivas de futuro de la misma en base a revisiones históricas, no como una disciplina aislada, sino en relación con los hechos relevantes de cada momento para establecer las oportunas conexiones con hechos coetáneos relevantes y, por otra parte, encontrar instrumentos metodológicos variados que permitan una mayor y más óptima adquisición de las actitudes, como competencia.

La idea de que un trabajo no será para toda la vida y que cualquier trabajo, en sí mismo, cambiará con el paso de los años la forma de desempeñarlo es otro de los elementos clave de la formación profesional; para ello, los docentes deben contar con instrumentos que permitan que este concepto sea plenamente asumido por cualquier estudiante. No es suficiente con decirlo sino que, mediante actividades apropiadas, cada estudiante debe llegar a esta conclusión evidente. Algunas evidencias como esta, hay que recordarlo de forma continuada, no lo son hasta que se ponen de manifiesto y se toma conciencia de ellas.

En el caso de los docentes de la formación profesional es del mayor interés que dispongan de un variado espectro de elementos metodológicos y, para ello, es fundamental que estén instruidos para ello. Una gran parte de los formadores son profesionales del sector y, quizás en muchos casos, poseedores del antiguo título del Certificado de Aptitud Pedagógica (CAP) que fue sustituido por el actual Máster en Formación Profesional, originado por el R.D. 860/2010, de 2 de julio. La formación recibida en los últimos años por los docentes que ya han cursado dichos estudios de máster va más allá de la que se impartía en el CAP y ello es esperanzador en cuanto a que, conocedores de muy variadas metodologías, puedan hacer su trabajo mirando al S. XXI y no al S. XX.

Las personas que son docentes y que no disponen de este conjunto de elementos metodológicos, porque no tuvieron instrucción en su momento para ello, deberían acceder a cursos de formación, de posgrado, de actualización, subscribirse a revistas, ya sea electrónicas o de papel, estar al día en cuanto a propuestas metodológicas para poder valorar la conveniencia de incorporarlas a su docencia a fin de poder realizar mejor sus intenciones docentes, constituidas por un conjunto de competencias específicas de la materia y  transversales como puedan ser la capacidad de entenderse con otros, negociar soluciones a problemas, encontrar consensos en debates y discusiones, saber criticar sin herir, saber escuchar los argumentos de los demás y comprenderlos, saber defender puntos de vista sin extremismos, ser ecuánimes, ser socialmente razonables, ser conscientes de la situación socioeconómica de cada momento, saber cómo progresar laboralmente sin que ello suponga perjuicio para los demás, tener comportamientos éticos, conciencia medioambiental, anteponer cuestiones de sostenibilidad y otras a cuestiones económicas y, sobre todo, aprender a aprender de forma autónoma.

Este último punto es posiblemente el más importante de cuantos objetivos se pueda plantear un docente: enseñar cómo se aprende. Esta es una competencia clave que cualquier estudiante debe adquirir y no es algo que se pueda articular mediante unas sesiones expositivas de clases, charlas, conferencias, lecturas de texto o visionado de materiales audiovisuales. Es algo que los docentes deben preparar con sumo cuidado y, para ello, deben disponer del anteriormente citado abanico de metodologías.

Las metodologías que se manifiestan más útiles en el aprendizaje son las metodologías activas basadas en el trabajo en equipo. Para ello, el aprendizaje cooperativo/colaborativo, el aprendizaje basado en problemas, en proyectos, el método del caso, la clase invertida o flipped classroom, el método de expertos derivado del método Delphi, el análisis de objetos, junto con otras metodologías activas, crean un escenario óptimo para que los estudiantes aprendan de una forma donde el camino seguido para alcanzar el aprendizaje adquiere tanta o mayor relevancia que el aprendizaje en sí mismo. Insistimos en nuestra convicción de que aquello que se haya aprendido hoy va a ser obsoleto mañana, pero que la forma en que hayamos aprendido hoy seguirá siendo válida a lo largo de toda la vida.

Deben proponerse tareas que exijan al estudiante un camino de aprendizaje sobre la forma en que se puede aprender por cuenta propia, ya que el aprendizaje auditivo, que persiguen las clases de tipo expositivo, no alcanza a la totalidad de los estudiantes; asimismo, las capacidades oratorias del profesorado son otra clave. La propuesta de tareas para hacer en casa no siempre goza del entusiasmo de los estudiantes mientras que si estas tareas contienen un cierto componente lúdico, como es el caso del visionado de vídeos, el uso de simuladores u otros materiales de apoyo audiovisual, estos encargos son mejor recibidos y crean el efecto deseado, que es que el estudiante trabaje también en casa. En cambio, proponer de forma sistemática deberes en formatos clásicos, supondrá en muchos casos que, por acumulación de los mismos o por falta de motivación en realizarlos, queden por hacer y no sólo no produzcan el efecto deseado sino que pueden conllevar penalizaciones, algo que tiene connotaciones negativas. La tradicional cultura del esfuerzo debería superarse mediante fórmulas actualizadas que alcancen el mismo fin, pero por otros medios.

Una planificación en tres fases, a) aprendizaje dirigido, b) aprendizaje guiado y c) aprendizaje autónomo, es clave para conducir al estudiante a que sea el propio responsable de su aprendizaje. En la primera fase es adecuado el uso de guías de estudio pautadas y temporizadas, con instrucciones de qué ir haciendo en cada momento; en la siguiente fase ya no es un aprendizaje completamente dirigido sino que se eliminan algunos elementos de procedimiento y se deja margen de libertad al estudiante. En la tercera fase ya se deja autonomía en el estudio y en la forma de aprender que, en cada caso, y por la evidente diversidad de los estudiantes, será distinta.

No es impropio el uso de la clase expositiva en el aula, de prácticas de taller o laboratorio perfectamente pautadas y de ejercicios y deberes extraacadémicos, pero no es recomendable como menú único. Es mucho más productivo el uso de una buena variedad de técnicas de enseñanza y de aprendizaje y, para ello, el profesional de la docencia debe tener dominio de las más variadas técnicas para poder establecer un menú metodológicamente variado que le permitirá mucho mejor hacer competentes a sus estudiantes, ya no sólo en la materia profesional que les ocupe sino para que dicha profesión se pueda desarrollar con éxito.

Finalmente, señalar que una competencia no es algo que se aprenda sin entrenamiento; no por más enseñar teoría de la natación se aprenderá a nadar, al igual que no por más explicar una competencia se aprenderá, a no ser que se practique durante mucho tiempo hasta que, de alguna forma, cada estudiante la asuma como algo propio, algo que forma parte de su forma de ser, de proceder y de pensar. Y ello supone tomar conciencia del mundo en que vivimos y en cómo será el mundo que nos viene. 
 
Deja tu comentario