La satisfacción de educar

Maria Carme Boqué Torremorell,
Profesora titular y responsable de Títulos Propios y Formación Continuada de la Facultad de Ciencias de la Educación Blanquerna de la Universitat Ramon Llull (Barcelona)
14/04/2016

Las competencias que el profesorado debe desarrollar para tener éxito en el 2016 van asociadas al momento de crisis social, económica, cultural y política en que nos hallamos inmersos. Se trata, pues, de competencias de tipo estratégico, que permiten comprender mejor los cambios, las nuevas necesidades y oportunidades vinculadas a cada una de las piezas del complejo engranaje que mueve el sistema educativo. Un sistema que, hoy en día, algunos consideran anquilosado y obsoleto, otros califican directamente de inoperante e inútil y que, en general, se ve cuestionado desde todos los ángulos. Por otro lado, hay un acuerdo generalizado en que una buena formación es más valiosa y conveniente que nunca.
 
Todo apunta, pues, a la necesidad de abandonar muchas de las tradiciones organizativas y didácticas que han definido la profesión docente hasta ahora, porque aun siendo muy apropiadas para formar a personas del siglo XX ya no sirven para capacitar a los seres humanos del presente milenio. Pero dejar atrás lo conocido se vive con temor y con dolor. Tal vez por eso la escuela cambia de manera tan lenta y costosa, porque sin soltar el lastre que la paraliza se ve forzada a cargar con nuevas exigencias. Así, nos encontramos con una sensación de sobreesfuerzo en las aulas mientras que los logros y la satisfacción parecen disminuir.
 
Dicho esto y partiendo del supuesto de que poco a poco los centros docentes se irán desprendiendo de lo inútil para crear el espacio para lo necesario e imprescindible, intentaremos responder a la siguiente pregunta: ¿qué tipo de competencias debería poseer un docente o una docente para sentir satisfacción por su labor?
 
Coincidiendo con la mayoría de autores, creo que el profesorado tiene que familiarizarse con la gestión de la información y las estrategias para lograr que los datos se conviertan en conocimiento. Para ello, los docentes deberán ser personas muy curiosas e intelectualmente inquietas, con interés genuino por el saber y la cultura, independientemente de lo que van a trabajar en el aula. El placer de saber es más importante que el conocimiento en sí, porque empuja a aprender sin límites y el esfuerzo que conlleva se ve compensado.
 
La educación es, ante todo, un derecho, por ello es absurdo apartar a alguien del sistema educativo. En consecuencia, los docentes deben promover el acceso universal al conocimiento. La mejor manera de hacerlo sea, probablemente, dejarse guiar por cada alumno y por cada alumna. Cuando el objetivo es dar respuesta a cada persona surgen nuevas estrategias, formas organizativas, responsabilidades y maneras de trabajar que vuelven al docente más competente. Como se ve, no son los alumnos quienes responden a los docentes, sino los docentes a los alumnos y el aprendizaje es mutuo. Aquí el fracaso no se le atribuye automáticamente a los niños y niñas que no progresan, puesto que la educación debería ser "customizada", hecha a medida para cada persona. Nadie duda de que existen aficiones y gustos diferentes para casi todo en esta vida, sin embargo se pretende que a la hora de aprender todo el mundo lo haga del mismo modo. Esta inversión educativa, que bascula del alumno al profesor, es bien lógica si se piensa que el adulto es el profesional que tiene las herramientas para adaptarse al otro y no al revés.
 
Para que el profesorado se sienta satisfecho en el ejercicio de su trabajo, además de tomar consciencia de cómo contribuye al desarrollo del alumnado, también debe experimentar su propio bienestar. El cuidado y conocimiento de uno mismo requiere competencias y hábitos para la salud física, mental y social. Dentro del propio perfil profesional, los docentes necesitan espacios de reflexión, de introspección, de evaluación formativa, de gestión emocional, así como herramientas para mantener un buen estado físico y para cultivar unas relaciones interpersonales saludables, que les permitan encarar los conflictos con una mirada positiva centrada en la comprensión y la reparación. Las prácticas metacognitivas sobre la propia actividad docente deberían ser usuales.
 
Otro ámbito competencial que me parece básico debe ir encaminado a encontrar el sentido a la propia labor docente desde la crítica, enmarcando la educación en un contexto mucho más amplio que "mis niños, mi aula, mi centro". El compromiso con la humanidad y el planeta viene dado porque las nuevas generaciones son, en realidad, poseedoras tanto del presente como del futuro y, por primera vez en la historia, se comienza a temer que los hijos alcancen cotas de bienestar inferiores a las de sus progenitores. El paso por el sistema educativo jamás debería suponer una carrera de obstáculos eliminatoria en la que tan solo los más adaptados van a llegar a la meta que se les marcó de antemano. Creo que la mejor manera en que la humanidad puede proteger a sus nuevos miembros es concediéndoles el tiempo necesario para desarrollarse. Por otro lado, quienes se dediquen a educar tienen que ejercitar continuamente su sentido crítico, porque son muchas las decisiones que hay que tomar y con grandes limitaciones de tiempo.
 
Además, puestos a pedir, sería fantástico que los docentes estuviesen dotados de competencias para la investigación en el aula, porque todavía hay un gran desconocimiento sobre cómo se llevan a cabo los procesos de enseñanza y aprendizaje. Por ello, aunque a las administraciones y gobiernos las encuestas internacionales les parezcan muy iluminadoras, a la mayoría del profesorado ni siquiera le llaman la atención, primero porque los resultados que arrojan no le sorprenden y, segundo, porqué los datos no explican lo que sucede en la escuela ni ayudan a visualizar cómo responder a los retos cotidianos. Se necesita poner el foco en miles de situaciones micro antes de pasar a lo macro y permitir a los docentes que incidan y participen en las cuestiones a investigar.
 
Obviamente, las competencias que se proponen aquí no se desarrollan tan solo en la formación inicial del profesorado, sino a lo largo de la vida. Los estudios de grado (antiguas licenciaturas y diplomaturas) abren las puertas al ejercicio de una profesión, pero cada docente deberá completar su perfil formándose para ser capaz de dar respuesta a los retos que le plantea el contexto concreto donde ejerce.
 
Cada vez tenemos mayor convencimiento de que los centros educativos se irán diversificando en sus maneras de hacer, pero no en sus objetivos. Aquí también jugarán un papel verdaderamente importante las evaluaciones educativas, que habrán ser capaces de proporcionar orientaciones realmente útiles. Pensamos que un programa de evaluación tiene que medir las competencias del alumnado a su ingreso en el sistema educativo, las que tiene al salir y la devolución que le hace a la sociedad. Nos parece pues, que parte de lo aprendido debería redundar en el terreno de lo público, de lo común, y no solo en ocupar una determinada posición en la sociedad.
 
Lecturas recomendadas:
 
Marina, J.A. (2015). Despertad al diplodocus. Una conspiración educativa para transformar la escuela y todo lo demás. Madrid: Ariel.
 
UNESCO (2015). Rethinking education. Towards a global common good?. UNESCO: París. Disponible a: http://unesdoc.unesco.org/images/0023/002325/232555e.pdf
 
Unión Europea (2010). Proyecto Europa 2030. Retos y oportunidades. Informe al Consejo Europeo del Grupo de Reflexión sobre el futuro de la UE en 2030. Bruselas: Unión
 
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