Los valores en la formación de directores y directoras escolares, ¿qué nos aporta la experiencia?

Artículo de opinión

  • 06/10/2014

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Patricia Silva García; Aleix Barrera-Corominas, Departament de Pedagogia Aplicada de la Universitat Autònoma de Barcelona
Las personas que ejercen la dirección escolar necesitan de una formación específica para llevar a cabo su tarea profesional. Es un trabajo que requiere de un conjunto de conocimientos, capacidades y competencias muy específicas y complejas que no se adquieren sólo a través de la experiencia. Esta necesidad se justifica también debido al sistema de acceso al cargo. Tanto en los centros públicos como en los privados concertados se considera como un mérito tener experiencia en la coordinación de grupos, ya sea de un ciclo o de un equipo docente. Se suele animar a que presente su candidatura a aquella persona que muestra una buena práctica profesional pensando que está preparada y es idónea para dar el "salto" a la Dirección. A pesar de que dicha experiencia en un equipo de dirección haya sido provechosa, especialmente si se llevó a cabo siguiendo los principios del liderazgo distribuido, desde nuestro punto de vista, es insuficiente como bagaje formativo.
 
Las autoridades educativas, conscientes de esta realidad, y no siempre de manera ordenada, sistemática y sostenible, promueven la formación para la Dirección. Durante estos últimos años se han llevado a cabo varias iniciativas. ¿Qué hemos aprendido de estas experiencias? Entre otras cosas a diseñar programas de formación escuchando y considerando primordialmente las voces de las persones destinatarias. Directores y directoras manifiestan explícitamente en escenarios diversos sus preocupaciones, carencias y aspiraciones. Lo hacen de manera explícita a través de reuniones más o menos espontáneas y oficializadas: grupos de trabajo, seminarios, juntas de directores y directoras, asociaciones profesionales y, cada vez más, también a través de foros de discusión, usando varias formas de expresión. De todo lo que nos comunican no es difícil deducir algunas de sus necesidades de formación más importantes y algunos principios y valores que deberían promoverse a través de la formación.
 
Revisar de manera constante y actualizar los contenidos de los programas de formación
 
Los requerimientos que plantea la Dirección de una escuela progresivamente más autónoma, tal como la deseamos, requiere de apropiarse de los aprendizajes de contenidos que sean pertinentes Los nuevos marcos que han establecido las normativas legales sobre Dirección y Autonomía ayudan a identificar perfiles profesionales muy diferentes a los de épocas pasadas relativamente recientes. No suelen servir criterios viejos de selección de contenidos para ayudar a aprender cómo trabajar en escenarios, roles y funciones nuevas.
 
Los contenidos a través de los cuales se quieren desarrollar las competencias deseadas tienen que ser, más que nunca, significativos y funcionales. Y, vinculados directamente con situaciones profesionales cotidianas reales de unos centros escolares en los cuales las actividades orientadas a conseguir la equidad y la integración social, ganan terreno en detrimento de la actividad académica tal como lo habíamos concebido tradicionalmente.
 
De este modo, contenidos de cariz procedimental como por ejemplo: liderazgo, en todas sus manifestaciones y facetas; relaciones entre el centro escolar y la comunidad o las escuelas como organizaciones, acontecen imprescindibles. Del mismo modo que se ratifica la conveniencia de seguir tratando temas como los que se derivan de la dirección en sí misma.
 
Promover valores relacionados con la ética profesional
 
En el marco del Máster en Dirección de Centros para la Innovación Educativa de la Universitat Autònoma de Barcelona planteamos a los futuros directivos dos cuestiones: (1) ¿cuáles son los valores más importantes que se deberían promover en una organización? y (2) ¿por qué es fundamental para un directivo promoverlos en cada una de las escuelas a su cargo? El objetivo era conocer cuáles eran para ellos, como futuros profesionales de la dirección de centros educativos, los principios que pueden contribuir a fortalecer las prácticas profesionales de la dirección y que se relacionan con el impulso de los procesos de mejora y cambio educativo.
 
En relación a la primera cuestión, recogimos una serie de valores que van más allá del cumplimiento de las responsabilidades, funciones y tareas que tienen asignadas los directivos escolares. Concretamente los valores que referenciaron y describieron se concretaron en:
 
Comprensión. Asumen que el fin de la educación no es otro que lograr que los alumnos alcancen los propósitos educativos y desarrollen las competencias básicas establecidas en el currículum. Esto significa que todos los profesionales que ejercen funciones de dirección podrían generar condiciones necesarias para que todas las acciones, de los centros, del aula y, en la medida de lo posible, las que ocurren fuera de ella, tengan como orientación principal el logro de los propósitos básicos de cada estamento educativo.
 
Equidad profesional. Advierten la necesidad de crear  escenarios educativos en las que cualquier persona pueda tener oportunidades para alcanzar su propio nivel de desarrollo y reconocimiento profesional. La relación con todos los profesionales que intervienen en la educación es fundamental para promover el desarrollo profesional. Identificar aquellas necesidades de formación de los docentes y directivos y, en la medida de lo posible, atenderlas.
 
Respeto. Reconocen que la transformación de la cultura instituida en las prácticas es fundamental para construir una relación distinta con los centros y con la Administración. Transformar los rasgos de dicha cultura, es una tarea que requiere de un esfuerzo decidido, pues implica reflexionar sobre los aspectos que ayudan en una nueva relación entre los docentes y directivos y sirve como base para redefinir la relación profesional.
 
Corresponsabilidad. Proponen que, tanto sus decisiones como sus actuaciones, contribuyen a la construcción de unas condiciones educativas en las que todas las personas se puedan desarrollar profesionalmente dentro de su ámbito de trabajo. Es decir, este es un principio de responsabilidad compartida.
 
Discrecionalidad. Asumen la necesidad de garantizar, en todo momento, el buen uso de la información. Cuando las fuentes y la información se obtienen de los centros, conviene consultar primero a los interesados para utilizarla y acercarse a los posibles problemas no sólo de la escuela sino del contexto escolar. En procesos diagnósticos, por ejemplo, recomiendan asegurar el cumplimiento del principio de confidencialidad de los datos, utilizar estrategias como la utilización de elementos que vinculen la información personal con los resultados obtenidos.
 
Integridad. Asumen que sus prácticas profesionales en la relación con los profesores, profesionales externos y las familias de los alumnos, no puede tener otro fundamento que las orientaciones normativas que están definidas por la Administración, por las instituciones escolares, por los valores reconocidos en todas las relaciones profesionales y por lo principios éticos que norman la función directiva.
 
Colaboración. Reconocen y valoran la contribución de otros profesionales externos y de las familias de los alumnos. Muchas son las experiencias que demuestran que para alcanzar la mejora del servicio educativo la colaboración es fundamental. Es decir, para que la escuela funcione como una unidad educativa con propósitos y metas comunes requiere de un proyecto claro y congruente, de valores de colaboración entre todos los integrantes de la comunidad escolar.
 
Se observa que la mayoría de estos valores se relacionan con elementos que ayudan a alcanzar mayores cuotas de confianza con los colaboradores, así como reconocer el trabajo que estos desarrollan para la consecución de los objetivos de la organización. Los futuros directivos consideraron que era necesario impulsar estos valores para conseguir la implicación del equipo directivo, así como de los colaboradores, para dar respuesta a los retos a los que deben hacer frente las instituciones educativas en un entorno cada vez más complejo. Se planteó así la necesidad de establecer códigos éticos para el ejercicio de la función directiva, que debía dar respuesta a un triple objetivo: (1) mejorar de los resultados educativos: (2) garantizar el uso y aprovechamiento de la información y el uso eficiente de los resultados; y (3) y fomentar e intercambiar buenas prácticas para hacer frente a los nuevos retos.
 
En conclusión, los resultados obtenidos aportan luz en relación a la importancia que tiene trabajar en los programas de formación y perfeccionamiento de la función directiva y principios éticos que permitan valorizar al máximo la experiencia de los profesionales del centro educativo, logrando implicarlos profesional y personalmente con la innovación y la mejora de los resultados educativos.
 
 
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