¿Quién quiere tomates como los de antes?

Xavier Àvila i Morera. Profesor de Nuevas Tecnologías Aplicadas a la Educación de la Facultat de Psicologia i Ciències de l'Educació i de l'Esport - Blanquerna. Universitat Ramon Llull (Barcelona)
09/06/2008

Al reflexionar sobre la educación en el contexto actual se me antoja la comparación de nuestros chicos y jóvenes con la mayoría de las frutas y verduras que actualmente, al menos en las ciudades, nos llenan los mercados: frutas que no han tenido tiempo de madurar pero que son espléndidas a la vista.

Esta sociedad de principios del siglo XXI fuerza a crecer a los niños y niñas deprisa, pero, como las frutas, no se les da el tiempo necesario para madurar. Ya hace unos años Neil Postman hablaba de ello como la desaparición de la infancia: los chicos y chicas de hoy tienen acceso a muchísima información, disponen de todo tipo de recursos y herramientas, tienen muchas posibilidades... pero no se les da el tiempo necesario para asimilarlo, para comprender, para enriquecerse, en fin, para educarse utilizando la expresión de Edgar Morin.

También hace mucho tiempo que sabemos que las cosas se aprenden -en el sentido de aprehender, de hacerse para uno mismo- cuando se necesitan, cuando adquieren sentido para el aprendiz, cuando éste está en su momento madurativo óptimo. Sin embargo, el ritmo frenético de nuestra vida actual hace muy difícil, casi imposible, este dar sentido, esa necesidad de descubrirse uno mismo, de reconocer los propios intereses y necesidades. Y en la escuela, por ejemplo, se acaba "motivando" a base de exámenes y de trabajos... con lo que, en lugar de dar sentido al aprendizaje, éste se arruina y se consigue que el único objetivo de los chicos -y de sus padres- sea aprobar asignaturas y pasar cursos.

Pues bien, para formar maestros, debemos tener en cuenta que a las escuelas de Magisterio llegan alumnos como éstos que, como la mayoría, tienen las carencias propias de la educación actual, que han crecido deprisa pero no se les ha dejado madurar lo suficiente. De manera que uno de los primeros requisitos de la formación universitaria de los nuevos maestros deberá ser el de crear las condiciones para que puedan realizarse a sí mismos, para que puedan llenarse de contenido. Antes que nada los nuevos maestros deberán dar sentido a su propio aprendizaje, habrá que ayudarles a "educarse". Y ello sólo se podrá hacer si la propia Universidad cambia su forma de hacer, si es capaz de superar el anquilosamiento del formato de asignaturas, trabajos y exámenes por un modelo centrado en el estudiante, en el trabajo en equipo, -de profesores y de estudiantes-, en la interdisciplinariedad, en la adquisición de competencias en lugar de la acumulación -o retención pasajera- de saberes. Los nuevos maestros sólo podrán cambiar la escuela si han vivido ése cambio porque en educación sólo se puede transmitir, "contagiar" diría, aquello que se ha vivido en primera persona.

Retornando al símil de las frutas, así como el buen agricultor debe saber cómo hacer que cada planta produzca sus mejores frutos, debe conocer el tiempo y saber leer las señales del cielo, debe saber utilizar la maquinaria y también debe conocer los nuevos productos que la ciencia pone a su disposición para decidir cuanto, cómo y cuando utilizarlos, el maestro debería ser capaz de interpretar el contexto en el que se desarrollan sus alumnos, debería ser hábil en el uso de las metodologías y debería saber aprovechar lo que la tecnología le pone a su disposición. Y, si bien una parte importante de esto el futuro maestro lo puede aprender -y sobre todo aprehender- en la Universidad, hay otra parte muy importante que no se puede aprender a distancia, ni de modo "vicario". Hay aspectos de la profesión docente que sólo se pueden aprehender en el campo, a pie de aula, compartiendo situaciones educativas con el maestro experto, conviviendo con las niñas i los niños reales, los de hoy, ésos que son cambiantes cada día. Por eso es muy importante que el aprendiz de maestro combine su aprendizaje universitario con el aprendizaje en la práctica y que el maestro experimentado que tiene a un alumno en prácticas en su aula sea consciente de su responsabilidad educadora. Ése va a ser otro elemento clave de la nueva formación de maestros: la coordinación entre las facultades de educación y las escuelas, los centros de prácticas.

Y hay motivos para ser optimistas. El marco del nuevo Espacio Europeo para la Educación Superior, a pesar de que cierta contaminación mediática -y no sólo mediática- intente esconderlo, va a hacer posible que estas intenciones puedan concretarse en realidad educativa, y además se proyecta ése cambio no sólo para las Facultades de Educación sino para toda la Universidad. De todos modos, para no pecar de ingenuidad, quisiera matizar que sólo digo que los planes de convergencia europea van a hacer posible ese cambio, no que vaya a producirse. Porque ello requiere -como toda innovación que merezca la pena- una capacidad de rigurosa autoevaluación, una actitud especial de regeneración y una gran dosis de ilusión. Características que, afortunadamente, en ciertos ámbitos universitarios todavía existe.

Sin embargo, y volviendo a los preciosos pero insípidos tomates de las fruterías a que aludía al principio, hay una cuestión de fondo que me parece realmente preocupante porque creo que va a ser mucho más difícil cambiar. Me pregunto si nuestra sociedad realmente desea tomates como los de antes, si realmente queremos tomates que tengan sabor. Porque... lo sabe quien se dedica a la agricultura ecológica y también lo sabemos los consumidores: ésos tomates cuestan bastante más. Requieren más cuidados, requieren tiempo y experiencia y hay pocos agricultores preparados para producirlos. Y me temo que, de momento, parece que ya nos valen las frutas bonitas, porque crecen rápido y se venden bien. Tal vez por eso nuestra agricultura -léase escuela, maestros, educación, formación de maestros, programas de gobierno...- es la que es.

No va a ser fácil -vaya, la verdad es que apenas sé si va a ser algún día- pero de lo que estoy seguro es que el cambio es posible porque en un país no muy lejano un día se decidió apostar por la agricultura ecológica, empezando por la formación de agricultores especializados y tal vez cambiando ciertos hábitos de consumo, y ahora parece que les va bien, al menos sus frutas y verduras ganan en casi todos los concursos de calidad.
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