Posibles actuaciones personales para minimizar el efecto del estrés en el ejercicio de la docencia

Artículo de opinión

  • 15/01/2007

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Joan Haro Vila. Economista y abogado. Escuela Universitaria de Hosteleria y Turismo de Sant Pol de Mar
La Escuela Universitaria en la que imparto clases desde hace años ha recibido una petición para colaborar en un especial monográfico sobre estrés laboral en el sector educativo y toda vez que es conocido entre los compañeros que estoy interesado especialmente el tema me han pasado la información para que acto seguido, y con placer, intente hacer una pequeña aportación personal al tema.

En primer lugar debo empezar diciendo que en absoluto mi especialidad profesional tiene algo que ver con el tema de fondo (soy economista y abogado), pero desde luego si que soy uno de los millones de afectados en general por ese tema de fondo y, en especial dentro del mundo de la educación en sus múltiples facetas y niveles.

Para centrar el tema podríamos empezar intentando definir que entendemos por "estrés” y entre muchas otras posibilidades nos puede valer la siguiente: " El estrés es como una enfermedad producto de una inadaptación a una sociedad competitiva y cambiante y provocado por el éxito o el fracaso, la salud o la enfermedad, la alegría o la tristeza..., es decir, todo acontecimiento de la vida personal o social al que el organismo da una respuesta inadecuada”.

Partiendo de esa definición hemos de deducir que como posible "enfermedad” debe de ser tratada por profesionales del sector sanitario. No obstante también he de decir que, bajo mi parecer personal, es un tanto extremo el calificar el concepto como únicamente de enfermedad (sin cuestionar que lo puede llegar a ser) ya que considero que antes de llegar a este estadio máximo nos encontramos con otros menos complicados en los que simplemente debemos ser conscientes de la situación para conseguir hacer los cambios necesarios para retomar el control pertinente; siempre desde un esfuerzo personal de adaptación.

Si consideramos como ciertas las premisas hasta aquí argumentadas, hemos de proseguir indicando que para llegar a ese punto critico en el que nuestro cuerpo empieza a dar síntomas de inadaptación o de respuestas no adecuadas ante situaciones más o menos concretas, aparentemente normales, también tienen que concurrir una serie de factores inductores y acelerantes de la situación. Así pues, creo acertado valorar algunos de esos aspectos centrándonos especialmente en el mundo educativo.

Una buena manera de empezar y, siempre pensando en general, es ver los participes del mundo de la educación y que podemos calificar de factores potencialmente estresantes. Estos a su vez y de forma primigenia los podemos clasificar en factores internos y externos.

Dentro de los primeros, los internos, a su vez podemos ver que actúan los derivados del mismo individuo; los derivados de la organización a la que pertenece y por cuenta de quien actúa; los derivados de las actuaciones de los propios alumnos (los considero internos pues están dentro de "nuestro” mundo particular); las actuaciones de los responsables de los alumnos menores de edad; etc.

Ahora bien, para encontrar posibles formas de contra actuar para minimizar los efectos negativos de todas esas situaciones debemos centrarnos en encontrar elementos comunes en todas ellas, actuando sobre los mismos, de forma tal que consigamos los objetivos previstos.

Entre los elementos estresantes que he constatado y que creo todos sufrimos actualmente, que aparecen de forma recurrente, puedo destacar: exceso de información, miedo al fracaso en sus diferentes ámbitos (personal, profesional, de reconocimiento de terceros, etc.), evolución hasta llegar a la perdida de referencias validas para nuestras decisiones. Este ultimo elemento es el que podemos englobar dentro del sustantivo "cambio”, concepto que desde hace algunos años se ha hecho común en cualquier nivel y ámbito de nuestras relaciones. En cierta forma este concepto puede englobar todos los anteriores de su grupo al igual que el referenciado en el párrafo posterior.

Por otra parte dentro de los externos tenemos a todo un conjunto de variables que, a fin de no cansar excesivamente al lector, me voy a permitir denominar sociedad, pues entiendo que en ella se suman un sin numero de factores que cada uno por si solo y todos ellos unidos, afectan indistintamente a los individuos y a las organizaciones, por lo que podríamos hablar de "estreses” de primer y segundo orden.

Llegados a este estadio de esta (necesariamente breve) exposición y siempre con el objetivo de dar una respuesta personal al titulo del presente escrito, me permito dar alguna orientación para luchar contra los efectos negativos del estrés derivado del, digamos, cambio.

Ante todo creo que el principal convencimiento que tenemos que asumir e interiorizar es que el cambio es, y va a ser en un futuro sin duda alguna, constante. De hecho esta aseveración no es más que la constatación histórica de la civilización. Así pues, ¿Por qué nos asusta y preocupa el cambio? Creo sinceramente que no es el cambio en si, sino la velocidad del mismo lo que nos aterra (consciente e inconscientemente). Por ello y, parafraseando un anónimo, lo primero que debemos hacer para resolver un problema es ser conscientes del mismo.

Así pues, si llegamos al convencimiento de que el cambio existe; que es constante y, cada vez más rápido; debemos llegar a la conclusión de que nuestra oposición no lo modificará y, a lo sumo lo máximo que conseguiremos con nuestra actuación o marginación de la realidad es quedarnos fuera del mismo, pero nada más, especialmente sin truncar su camino.

Por ello debemos afrontar el reto con el pleno convencimiento de nuestra capacidad (creencias positivas en general y, en particular en nuestras posibilidades - botella medio llena, no medio vacía-) de asumir el cambio de nuestro mundo (general y particular).

Entre otras maneras de conseguirlo, sin duda igual o más validas, personalmente me funciona el elegir la información que quiero que me llegue. De esta manera estoy absolutamente seguro de que pierdo mucha y cierta, pero no estoy menos seguro de que la que acepto me es interesante y provechosa. Por tanto estoy actualizándome de forma continua y constante. No valoro lo que pierdo, si no lo que gano, que es mucho.

Con esta actitud mejoro sin duda mi autoestima, ya que mi actualización es cierta y valida; al tiempo que mi capacidad profesional y capacidad crítica aumenta; minimizando los efectos de la ansiedad derivados del estrés de "no llegar”. Si se me permite la frase quiero ser cada día lo que simplemente soy: más humano y menos divino, entendiendo el primer término como sinónimo de limitado.

Ahora bien, todo lo expuesto no significa que renuncie en absoluto a nada. Simplemente intento escoger mis objetivos priorizando los que creo más interesantes y obviando (ni que sea temporalmente) los demás. Para ello es fundamental la planificación a medio y largo plazo. Es decir, creo que se debe intentar señalar que metas a nivel personal, profesional, etc., se desean alcanzar, trazando los caminos óptimos para ello. Posteriormente se deben señalar las estaciones intermedias que queremos conseguir, fijándonos siempre muy especialmente en que esas "metas volantes” sean alcanzables, y así ir quemando etapas hasta llegar al final de la carrera. Esta actuación nos ha de facilitar el seguir con nuestra actuación docente, sin duda ya muy dura per se, sin que consintamos que aparezca el estrés y por ende el desanimo.

Quisiera acabar el presente articulo repitiendo que lo aquí expuesto es resultado de apreciaciones personales, que en modo alguno quieren ser tesis doctorales y por tanto totalmente discutibles. No obstante, no menos cierto es que personalmente me han funcionado y siguen haciéndolo. Por ello creo que es un modelo perfectamente exportable.
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