El circo posmoderno

Joan Maria Minguet. Departament d'Art de la Universitat Autónoma de Barcelona. Artículo aparecido en La Vanguardia
16/03/2005

¿Tiene futuro el "mayor espectáculo del mundo"? Diversas experiencias renovadoras así parecen certificarlo. Pero la renuncia a las esencias del conflicto y la higienización obsesiva cuestionan su continuidad clásica. ¿Cuáles son, pues, los códigos distintivos de lo que aún llamamos circo?
La recepción del circo en Europa produjo, a lo largo del siglo XX, una cierta paradoja: espectáculo de amplia aceptación popular, la alta cultura a menudo le recriminó no pocos defectos. O, peor aún, lo apartó del debate cultural por un presunto exceso de frivolidad. Es cierto que algunos vanguardistas se interesaron por el circo (Apollinaire, Pierre Reverdy, Maiakovski, la revista L´Esprit Nouveau…), pero eso, al fin y al cabo, podía ser entendido como una excentricidad más de la vanguardia. No obstante, a partir de los años ochenta se produce un giro en esa lectura displicente, el circo contemporáneo, eso que los franceses han designado bajo el ambicioso enunciado de Nouveau Cirque, empieza a ser objeto de atención intelectual, tanto en el ámbito escénico como en el universitario. Y en ese giro tiene mucho que ver un fenómeno probablemente único en la reciente historia del espectáculo occidental: el súbito nacimiento y la irresistible propagación del Cirque du Soleil, y de su renovada concepción de las artes circenses.

En España el circo también ha sufrido un proceso de asunción extraño por parte de los sistemas culturales, pocas veces se le tuvo en cuenta en la reflexión estética. Todavía hoy, proponer el estudio del circo en la universidad española es tomado como el gag de un mal payaso. Como en el caso europeo, algunos intelectuales y artistas se interesaron por él, desde Gómez de la Serna hasta Picasso, desde Joan Miró hasta Joan Brossa. Pero su mirada abierta se enfrentaba a la visión tópica y rancia del circo que unos pocos consiguieron establecer. Y así continuamos. En lo poco que aquí se publica sobre el tema, prevalece el canto elegíaco del circo del pasado antes que la reflexión sobre los nuevos registros circenses que, también aquí, se están manifestando.

Cirque du Soleil, un síntoma

Lo cierto es que los sucesivos espectáculos producidos por el Cirque du Soleil permiten ahondar en una reflexión sobre los nuevos rumbos estéticos del circo. Y del espectáculo en general. No se trata de reivindicar su estilo barroquizante, el arte no es una religión, no hay dogmas de fe. Pero lejos de criterios subjetivos, la compañía quebequesa ha trascendido a los públicos tradicionales de circo y se ha convertido en un fenómeno globalizado muy influyente en el terreno escénico. Parece que incluso el Ringling se está cuestionando la posibilidad de sustituir sus arraigadas tres pistas por la polivalente pista única de los creadores de espectáculos como Alegría, Saltimbanco o el Dralion que presentan en Barcelona.

Pero el Cirque du Soleil, al fin y al cabo, no es más que un síntoma. Lo sustancial de la historia del espectáculo circense es ni más ni menos que su capacidad de transformación. El circo es un fenómenoc ultural que, a lo largo de su historia, ha sabido renovarse. O reinventarse permanentemente. En los años sesenta del pasado siglo, el circo en su concepción tradicional, o clásica, entró en una persistente crisis. Una crisis que coincidió con los primeros signos de renovación conceptual del teatro. En efecto, a partir de los sesenta, el teatro deja de ser el templo de la palabra, la escena se libera, arguye la potencia de la visualidad y del gesto; más aún, el proscenio deja de enmarcar la representación, ahora la calle se convierte en nuevo lugar de acción, junto a otros espacios originales. Recordemos, en esta línea, la contribución regeneradora de Living Theatre, Odin Teatret, Grand Magic Circus, Ariane Mnouckkine, Comediants, Jacques Lecoq, Pina Bausch, Bob Wilson…

El espectáculo total

En ese clima de conversión, el circo también quiere refundarse y, aprovechando algunos rasgos históricos inherentes al espectáculo, y aportando al mismo tiempo nuevas señales de identidad, formula unas características que acabaran por definir al circo contemporáneo. El australiano Circus Oz(fundado en el ya lejano 1977), los franceses Que-Cir-Que o el Cirque Archaos, el alemán Circus Gosh, el propio Soleil en Canadá, el Circ Cric de aquí… son claros ejemplos de una nueva concepción circense, ligada a la posmodernidad: la apuesta por un espectáculo total que no se fundamente en una mera sucesión de números; la aparición, pues, de un finísimo hilo argumental; la exclusión de los animales; el rechazo al más difícil todavía como la mera exhibición de habilidades; la interculturalidad; pero, por encima de todos, el rasgo distintivo de esa nueva concepción tal vez sea el carácter ecléctico de sus espectáculos.

Las fronteras de las artes son cada vez menos precisas. Resulta certera aquella afirmación de Mario Praz según la cual cada lenguaje artístico contiene a todas las otras artes a través de una especie de recuerdo inmanente, lo que el llama la memoria estética. La presunta especificidad del circo clásico se diluye en un entramado difuso de procedencias, la pista ahora acoge elementos gestados originalmente en la danza, en la escenografía, en el cine, en la publicidad, en la música… O en la propia historia del circo, claro está. Es evidente que el circo contemporáneo no ha olvidado el pasado y ha sabido custodiar unas señas de identidad arcanas (el riesgo, la fascinación, la parada final…). Pero tampoco se ha dejado dominar por una concepción mohosa y decadente del circo.

El circo contemporáneo ha abierto sus carpas a públicos actuales, unas audiencias que mantienen nuevas actitudes frente al espectáculo circense, y que requieren respuestas originales. Un público que acaba por acostumbrarse a lo específico del circo de hoy: su hibridez. O, tal vez, su inespecificidad. La singularidad del nuevo circo es que no contempla en sus esencias el concepto integrista de pureza. Además, esa hibridación no se conjuga en un solo sentido. También el teatro, la danza o el vodevil se contagian de influencias circenses. Se trata de un fenómeno estético que no sólo afecta al circo, o a las artes escénicas, sino que se convierte en un asunto que incumbe transversalmente a la cultura occidental de los últimos tiempos.
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