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La Televisión nuestra de cada día

Artículo de opinión

Año tras año, a estas alturas del curso académico cuando nuestros estudiantes se enfrentan a los exámenes parciales y nosotros, profesores, empezamos a poner las primeras notas, es frecuente escuchar o mantener conversaciones con colegas que se desarrollan alrededor de un tema que se repite: la falta de formación, de cultural general, de interés y motivación que sufre la gran mayoría de nuestros estudiantes y cómo, por comparación, cualquier tiempo pasado fue mejor.


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Margarita Vinagre Laranjeira, Profesora del Departamento de Lenguas Aplicadas de la Universidad Antonio de Nebrija
No se trata aquí de hacer agravios comparativos, pero si me gustaria analizar los posibles motivos por los que la gente joven hoy en día parece vivir en un estado semi-vegetativo. A mi modo de ver, este proceso comienza en la infancia, cuando los niños de hasta tres años de edad ven una media de 1.000 horas de televisión al año. Desde que se incorporan a la educación infantil (a los tres años) hasta que terminan los estudios de secundaria, estos niños pasan más tiempo delante del televisor que en el colegio. A pesar de esto, como dice el educador canadiense Barry Duncan, "rara vez nos paramos a considerar como funciona (la televisión), que nos están diciendo, y como nos afecta”. Por este motivo, parte de nuestra tarea como educadores debe tener como objetivo fomentar ciertos hábitos relacionados con el uso adecuado de la televisión. La televisión es una ventana al mundo y una fuente de influencia positiva o negativa, según se utilice. En los jóvenes, la televisión tiene efectos positivos si se les ha enseñado a verla como fuente para el aprendizaje de una serie de conocimientos. Sin embargo, el abuso y la cantidad de horas que los niños ven la televisión, unido a la carencia de contenidos educativos en la mayoría de los programas dirigidos al público joven, conlleva efectos negativos tanto físicos como psíquicos. Entre los primeros podemos destacar el sedentarismo que favorece la obesidad y atrofia la actividad intelectual; los niños que ven mucha televisión, piensan poco sobre lo que ven ya que reciben una gran cantidad de información e imágenes en muy poco tiempo, lo que les impide la asimilación y la reflexión. Además hay una pérdida de discernimiento, ya que en los programas de ficción se desarrolla muy pobremente la realidad. No sólo se presentan distorsionados los conceptos y las situaciones, sino que a menudo la representación de la realidad es claramente falsa (no es de extrañar que tantas relaciones de pareja fracasen hoy en día, cuando hemos crecido desde pequeños con el ideal del amor holiwoodiense, según el cual todo es siempre fácil y romántico si estás enamorado y raras veces hay problemas o se discute). La televisión puede ejercer un efecto profundo sobre la audiencia, mucho mayor si ésta es joven y por tanto ingenua, maleable e inexperta.
La banalización de la violencia tiene un efecto devastador en la mente infantil. En gran parte de la programación ya sean películas, dibujos animados o programas de diversa índole, la vida diaria se presenta acompañada de situaciones conflictivas que con frecuencia se resuelven a base de golpes. Los niños aprenden que no hay otra manera de solucionar los problemas que utilizar la violencia, que para ellos se convierte en un recurso normal. Ser amable con los demás es aburrido; lo que ‘mola' es machacar al vecino y así me convierto en el ‘superhéroe' de mi grupo de amigos. Los niños se acostumbran a la brutalidad y la interpretan como algo aceptado en nuestra sociedad, cuando nunca lo será.
Un porcentaje elevado de la población infantil pierde horas de sueño a causa de la televisión: se acuestan tarde para ver programas de adultos (la mayoría telebasura) y se levantan temprano para ver los dibujos animados. En consecuencia, nos encontramos con niños irritables y cansados (tanto en casa como en el colegio), que incluso pueden sufrir alteraciones del sueño (insomnio, pesadillas) y nerviosismo. Si a la falta de sueño unimos la pérdida de discernimiento y la apatía intelectual que mencionamos anteriormente, no es de extrañar que en los últimos años haya un aumento en el porcentaje de fracaso escolar.
Por último, si la principal actividad de estos chicos en su tiempo de ocio es ver la televisión, las relaciones de amistad (y en ocasiones familiares) quedan reducidas o incluso anuladas en algunos casos.
Ante esta realidad, la tarea del educador debe ser múltiple; por un lado, el educador-padre debe enseñar a sus hijos a que usen la televisión con buen criterio y a que distingan lo que les conviene y lo que les perjudica. Aquí van algunas ideas que pueden ser útiles:
1) establecer límites y decidir cuanto tiempo pueden los niños ver la televisión; 2) hacer que los niños tengan un horario para acostarse y levantarse; 3) ver la televisión con los niños y desarrollar actividades relacionadas con los programas que se visualizan; 4) seleccionar los programas, no dejarles solos ante el televisor; 5) evitar que se vea televisión durante las comidas; 6) evitar que los niños estudien o hagan las tareas con la televisión encendida; 7) evitar que tengan un televisor en su habitación. El objetivo fundamental, por tanto, no es prohibirles que vean la televisión, sino que cambien el modo de verla.
En cuanto al papel del educador-docente, hay dos prioridades que a mi entender son fundamentales: 1) enseñar a los alumnos a distinguir entre ficción y realidad; 2) mostrar lo engañoso de los anuncios. Para llevar a cabo estos objetivos, se han publicado varios libros en los Estados Unidos y en Europa con el fin de formar a profesores en el análisis crítico y en la deconstrucción (descomposición) de las imágenes y los mensajes televisivos con que nos bombardean diariamente. En ellos se explica cómo llevar a cabo esta deconstrucción y se incluyen explicaciones teóricas, estrategias para el análisis y ejemplos de clases. También se pretende establecer un marco que facilite la comprensión sobre cómo funciona la relación entre los medios de comunicación y la cultura popular, y que se centraría en los siguientes aspectos: la realidad construida por los medios de comunicación; los medios de comunicación y sus formas, códigos y convenciones; los medios de comunicación y la presentación de ideologías y valores; los medios de comunicación son un negocio y como tal poseen intereses comerciales; la audiencia negocia el significado en los medios de comunicación.
Los educadores debemos tener como prioridad conseguir que nuestros alumnos pasen de ser espectadores pasivos a consumidores desconfiados. E incluso debemos ir más allá. Si, como sabemos, los medios de comunicación son negocios billonarios cuyo objetivo prioritario consiste en proteger sus intereses y difundir sus ideologías, no es suficiente con ser consumidores desconfiados. Necesitamos desarrollar una pedagogía crítica, que cuestione la noción básica de que no tenemos más remedio que ser consumidores. Esta pedagogía nos conduciría a un planteamiento mucho más radical, ya que no se trataría simplemente de que nosotros cambiemos nuestro modo de ver la televisión, sino de cambiar la televisión que se ha creado para que nosotros la veamos. Estaríamos hablando de una crítica moral a la construcción, fundamentalmente comercial y consumista, que de la realidad hacen los medios de comunicación, donde la expresión cultural y el diálogo social se convierten a menudo en medio para el marketing, el anuncio, y la venta de artículos de consumo. Necesitamos desarrollar una pedagogía alternativa que trascienda la cultura de mercado. Una parte importante de esa pedagogía consistiría en analizar la cultura popular y la televisión y examinar como ésta conforma nuestras ideas y nuestro sentido de identidad. Deberíamos abrirnos al diálogo con nuestros estudiantes sobre el contenido de los programas de televisión, los anuncios y qué pretenden al presentarlos del modo en que lo hacen. Hay que llevar a cabo un análisis conjunto y ver cómo los programas siempre ofrecen lo que la gente quiere ver u oír, no necesariamente la realidad. El contenido de muchos programas está filtrado para que se corresponda con la demanda del público. En el programa Informe Semanal del sábado pasado (27-11-04) se hacía alusión precisamente a este hecho y en concreto la actriz Ana García Obregón criticaba a los paparazzi, que no cesan de acosarla hasta que consiguen las fotos o el reportaje que buscan, aunque lo tengan que conseguir ilegalmente (sin respetar el derecho a la intimidad que toda persona tiene). El paparazzi al que entrevistaban en el programa justificaba su comportamiento con frases como "esto no se va a acabar porque es lo que la gente quiere. Estamos en un país de cotillas y esto es lo que da dinero”. Queda claro que, como el público (y en definitiva el dinero) manda, es la telebasura la que impera.
Además del análisis crítico conjunto, es importante presentar modelos alternativos de comunicación, como puedan ser programas de otros países (véanse por ejemplo programas como Bargain Hunt, Panorama, Natural World, The Culture Show, Only Fools and Horses, EastEnders, Neighbours por citar solo algunos de la BBC ONE y BBC TWO británicas ) o programas independientes (de cineastas y periodistas independientes, colectivos minoritarios etc.).
La influencia de la televisión es omnipresente y domina y enmarca el discurso de nuestra vida diaria. Aunque algunos ‘talk shows' como Tómbola, Salsa Rosa y Crónicas Marcianas dan la impresión de estar abiertos al libre debate público, lo cierto es que son programas cuidadosamente orquestrados para que el auténtico diálogo no exista (de hecho las convenciones habituales que deben regir el intercambio comunicativo brillan por su ausencia y los participantes no se escuchan, hablan -cuando no gritan- todos al mismo tiempo y en ocasiones hasta llegan a las manos). El resultado es una conversación unidireccional con la audiencia, en la que no hay reflexión crítica sobre el producto, sino que éste simplemente se consume.
Para ofrecer una alternativa a este modo de hacer televisión, podemos involucrar a nuestros estudiantes en proyectos de investigación que fomenten la participación pública y el diálogo, tales como la creación de documentales informativos en los que tienen que grabar y entrevistar a sus compañeros, vecinos, gente de la calle sobre asuntos que les conciernen. Así aprenden a recopilar y sopesar datos por ellos mismos, a sintetizar la información, a contar sus propias historias y a enseñar a otros en su colegio, universidad o comunidad. Los educadores (padres y docentes), estudiantes y otros miembros de la comunidad ven y discuten el trabajo presentado por sus compañeros, de manera que los procesos de producción y reflexión vayan unidos.
Por último como educadores, debemos trabajar para que nuestros estudiantes desarrollen la capacidad de mirar al mundo de manera diferente. Si nuestros estudiantes aceptan que sólo son consumidores, se comportarán como tales (en general pasivamente y sin mucho espíritu crítico) y asumirán que las relaciones sociales existentes son incambiables. Nosotros debemos ayudarles a que separen el dibujo animado de la realidad, de manera que demitifiquen el mundo, y no lo vean como algo que les viene dado y que por tanto debe aceptarse tal cual es, sino como algo que ellos mismos deben construir.
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