7 de julio de 2003 - numero 66 | 36512 suscriptores Suplemento del boletin de educaweb | ISSN: 1578-5793


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La opinión de los expertos

¿Profesionalización o buena voluntad? La capacitación para la acción cómo respuesta

Àngels Piédrola Gómez, Coordinadora de Tercer Sector. Proyectos Sociales. Fundación Pere Tarrés


Esta pregunta plantea un debate ya habitual entorno al voluntariado sobre la profesionalidad y la buena voluntad del mismo.

Para poder responder a dicha pregunta, debemos hacer dos apreciaciones:

En primer lugar, constatar que, si algo caracteriza al voluntariado y las actividades que realiza es la heterogeneidad de sus ámbitos de actuación, de las funciones que realiza en la entidad, y de las especificidades de cada persona voluntaria (formación, bagaje personal, motivación). Por lo tanto, definir de una forma homogénea qué es necesario y qué tipo de formación se necesita para ser voluntario, es un tanto arriesgado.

Y en segundo lugar, mostrar la dualidad de interpretación cuando planteamos la necesidad de una formación que profesionalice al voluntario: estamos hablando de que el voluntario debe estar formado para ejercer sus funciones, pero, ¿a qué nivel, si planteamos que sea una formación que lo profesionalice? ¿O nos referimos a que el voluntario se profesionalice, en cuánto a su formación y a su dedicación retribuida (y que por lo tanto, abandone su condición de voluntario)?

A pesar de la heterogeneidad de la que hablábamos en un principio, es importante que el voluntario disponga de una formación, pero habrá que clarificar en qué términos.

Es cierto que es necesaria una dosis de buena voluntad, de ilusión y de tiempo para desarrollar una acción voluntaria, pues sin estos elementos sería difícil vencer las diversas dificultades con las que se encuentra el asociacionismo, entre ellas la escasez de recursos, pero no es suficiente. También es necesario que los voluntarios pasen por un proceso formativo que les posibilite la reflexión sobre qué significa ser voluntario, que implica su actuación, y qué actitudes presupone (compromiso, responsabilidad, gratuidad, motivación). Dicha formación debe servir para huir de interpretaciones caritativas y paternalistas del voluntariado, y ayudar a obtener una visión más completa del fenómeno.

Otro elemento que ha de contribuir al desarrollo de la acción voluntaria, aunque no sea estrictamente formativo, es que las entidades velen por la identificación del voluntario con el ideario y la finalidad última de las mismas, pues dicha identificación supondrá una dedicación y motivación mayor del voluntario (e indirectamente, puede asegurar una acción de mayor calidad y continuidad).

Respecto a la segunda apreciación, sobre la formación que profesionalice al voluntario, está claro que en el contexto económico actual de paro no podemos estar hablando de profesionalizar a los voluntarios para que desarrollen su acción profesionalmente, pero sin retribución. Es cierto que el tercer sector está generando nuevas ocupaciones, pero deben ser eso: ocupaciones remuneradas. Pueden y deben haber profesionales en las entidades, cuándo la actividad tenga una dimensión o una complejidad que así lo haga necesario y debemos buscar los recursos para que sea posible.

Por otro lado, aunque partamos del hecho que los voluntarios no deben ser profesionales sin remuneración, la diversidad de las funciones a desarrollar dentro de la entidad, de los ámbitos de actuación o de los colectivos con los que trabajan hacen necesario que el voluntario reciba una formación específica, más allá de la generalista a la que nos referíamos al principio del artículo.

Esta formación específica debe ir en relación con las funciones que el voluntario desarrolle dentro de la entidad (coordinación de equipos, administrativa, relaciones externas, comunicación), con los colectivos con los que realice su actividad ( disminuidos, tercera edad, infancia, juventud), y debe capacitar al voluntario con instrumentos ( cognitivos, actitudinales y de acción) para desarrollar su actividad con seguridad y una calidad mínima. Ésta formación específica puede ser prescriptiva, y servir, a la vez, para evitar la frustración que puede generar el no tener recursos para solucionar las dificultades derivadas de la acción voluntaria.

También hay que añadir que, respecto a algunos ámbitos o colectivos (infancia, personas mayores, actividades en tiempo libre, actividades en el medio natural) existe una normativa que regula la actuación de las entidades del sector, y dicha normativa puede marcar de por sí la necesidad de una formación específica para cumplir con lo establecido en la misma (por ejemplo: ratios, titulación obligatoria)

En resumen, la respuesta a la pregunta inicial es sencilla (y compleja a la vez). Ni es suficiente con la buena voluntad, ni es factible una formación que profesionalice el sector, pero que no lo remunere. Debemos optar por una formación en dos niveles: una formación básica y generalista que establezca los pilares de la acción voluntaria (responsabilidad, compromiso, gratuidad, motivación), y que promueva su identificación con el proyecto/entidad; y una formación específica posterior, en función de su ámbito y funciones (y normativa existente) que capacite al voluntario con los instrumentos básicos para desarrollar una acción de calidad.







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