Durante este último año, hemos podido constatar pocos avances en los 4 retos planteados, aunque, quizá, el que ha sorprendido más por su escasa penetración, ante las enormes potencialidades que se le auguraban, es el de la formación virtual. Ante las expectativas creadas, no es imprudente considerar el año 2001 como un mal año para la formación virtual. Aunque, todo hay que decirlo, este año puede suponer un cambio de dinámica, con la entrada de grandes proyectos como la UB Virtual (www.ubvirtual.com) o el Instituto Universitario de Posgrado los cuales pueden animar el panorama de manera considerable.
Muchas razones se han expuesto para explicar el "agujero" existente entre expectativas y resultados: una oferta muy atomizada que ha generado confusión entre el público potencial, mucha tecnología y pocos contenidos, desconfianza en el medio, pocos centros de "prestigio" en el sector. Pero, en cambio, no se ha insistido lo suficiente en aspectos tales como la dificultad que tiene este tipo de formación para adentrarse en el ámbito de lo emocional.
En este contexto, he tenido la suerte de participar durante estos días en un seminario sobre "Innovación" en ESADE, dirigido por el profesor Carlos Vignolo de la Universidad de Chile. A modo de arenga, el Profesor Vignolo nos comentaba que contrariamente a lo que indica la tendencia dominante "no vivimos en la era de la información sino en el de las habilidades". En un estimulante artículo firmado por el mismo Vignolo y el Profesor Humberto Maturana (1) los autores insisten en que la educación debe contemplar, como una de sus prioridades, el desarrollo de las bases necesarias para la aceptación de uno mismo, la capacidad de sentirnos a gusto con nosotros mismos, en definitiva, fortalecer la autoestima. Es desde esa confianza en nosotros mismos que somos capaces de plantearnos retos, de entender al otro no como una amenaza sino como una oportunidad, de potenciar la confianza en detrimento de la desconfianza, de generar redes en vez de fomentar el aislacionismo, de buscar nuevos caminos siendo conscientes de dónde venimos; en otras palabras, estamos hablando de favorecer la innovación.
Aunque pueda sorprender a más de un lector, estoy hablando de una educación que se conforma a través de la convivencia, a través de la interrelación del estudiante con sus compañeros, con sus profesores, con su familia, con su entorno; no sólo centrada en la adquisición de conocimientos sino, en el fluir de emociones que suponen los estados de ánimo, la comprensión, la confianza... Maturana, en el artículo anteriormente citado, introduce un ejemplo excelente: "Si un niño convive con un profesor de matemáticas y este profesor de matemáticas disfruta su matemizar, ese niño va a incorporar espontáneamente la mirada matemática, y la matemática va a ser, por así decirlo, el instrumento de convivencia a través del cual este menor se va a transformar en adulto socialmente integrado con confianza en sí mismo, con capacidad de colaborar y aprender cualquier cosa sin perder su consciencia ética".
Todos estos comentarios no están muy lejos de algunas de las aportaciones de un interesante estudio dirigido por el Dr. Joan Subirats, acerca de la Educación y el Gobierno Local (2). Aquí, es interesante remarcar la apuesta que hace el autor por un modelo de escuela, al que denomina "escuela-comunidad", que mediante su excelente implantación en el territorio y la comunidad, y gracias a una alta identificación de sus componentes en un proyecto (misión), favorece el desarrollo de la responsabilidad, la potenciación de la participación, dicho de otro modo, la generación de autoestima alta y autonomía. Es un modelo de escuela que no pretende convertirse en una pura transmisora de conocimientos y, en cambio sí quiere facilitar el espacio donde trabajar los valores, los modelos culturales, las formas de convivencia y de creación de relaciones.
Aunque pueda parecer una paradoja en el contexto de la Era en la que nos ha tocado vivir, el reto de la transmisión de esta manera de entender la educación debería continuar en la Universidad, acompañando a la transmisión de conocimientos y capacidades. El desarrollo de personas autónomas, con confianza, abiertas al mundo pero sin olvidar su identidad, su anclaje en su comunidad, debe ser un reto que no puede dejar de lado la Universidad.
Es en este sentido donde la formación virtual también tiene un desafío aún mayor ya que si en el ámbito presencial, el desarrollo actual de este tipo de "habilidades" es, cuando menos, discutible, en la formación virtual es casi inexistente. ¿Debe la formación virtual convertirse en un puro transmisor de conocimientos? ¿Será capaz de construir redes sociales con la misma potencia que la formación presencial? ¿Deberá conjugar el aspecto convivencial con el entorno virtual? ¿Tenderá a centrarse en cursos de corta duración, muy especializados, dirigidos a empresas y organizaciones?
Es posible que dar respuesta en la línea adecuada a estas y otras preguntas relacionadas desvele, en buena parte, la trayectoria o trayectorias que tomará la formación virtual durante los próximos años.
(1) MATURANA, H ET AL. (2001): Conversando sobre Educación en Revista perspectiva en política, economía y gestión, Departamento de Ingeniería Industrial, Universidad de Chile, Santiago, Vol 4 Nº2, mayo, pp. 249-266
(2) SUBIRATS, JOAN (2001): Educació i Govern Local, , Barcelona, Ediciones CEAC.