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El conocimiento ha dejado de tener dueño
Juan A. Cabrera
- Director de comunicación
Universidad Nebrija
Preguntas como las que propone educaweb para este monográfico son difíciles de responder porque obligan a respuestas con vocación de totalidad. Ocurre como con las grandes incógnitas del ser humano. Ya saben: ¿quiénes somos? ¿a dónde vamos?. El escritor Máximo Gorki podría preguntar ¿nace el hombre tan sólo para que un día nazca un hombre mejor?, y sólo le respondería otro poeta, tal vez diciendo que no somos otra cosa que polvo aunque, eso si, polvo enamorado. Y ahí seguiríamos, que si son galgos o podencos, que si la abuela fuma…
En fin, ¿cuál debe ser el papel de la educación universitaria en la sociedad de la información?.
Tal vez debiéramos comenzar por hacer un ejercicio de humildad institucional para decir que los grandes templos del saber han de volver permeables sus nobles muros, de una vez y con urgencia, para atender más al bullicio incesante del mundo y menos a su propio ombligo.
Como en todas las grandes formulaciones, el concepto de sociedad de la información, como el de sociedad del conocimiento (más apropiado en mi opinión) o, por ejemplo, el de comunidad internacional, dice bien poco a los mortales. Hablamos de todo eso y nos quedamos tan tranquilos. Hasta que alguien que nos oye pide el teléfono de la comunidad internacional para saludar o, en su perplejidad, nos pide que definamos el término calidad (de moda, por cierto, en los ámbitos educativos).
Pregunta no necesariamente retórica: ¿se podrá decir un día que alguien es culto aunque confiese no haber leído un libro en toda su vida?. Más o menos como en los concursos televisivos: no responda ahora, hágalo después de la publicidad, es decir, mientras reflexiona en el baño.
Segunda pregunta, señora: es la universidad el único y más cualificado deposito del conocimiento (recúrrase al diccionario: valen todas las acepciones de la palabra). La respuesta es fácil: no, ya no, aunque estemos afirmando que si desde la Edad Media, que ya ha llovido.
El conocimiento está también en otros lugares: en las empresas, en las organizaciones de la denominada sociedad civil…y, sobre todo, con las anteriores o sin ellas, en el éter. Si, en el éter que hoy se llama Internet y mañana (ojo: mañana) se llamará de otra manera.
Tiene sentido, como no, que debatamos sobre asuntos como la forma de adaptar los planes de estudios a las exigencias profesionales y la organización universitaria en su conjunto a las demandas de la sociedad real, lo tiene igualmente que discurramos sobre cómo hemos de hacer para homologarnos con los sistemas de nuestro entorno. Hay tanto por hacer. Pero ¿porqué tengo la sensación de que todo eso debiera estar ya superado? ¿porqué se me antoja que muchas instituciones tradicionales -desde luego no sólo la universitaria- son ajenas al rumor de la vida? ¿y porqué tengo la sensación de que, una vez más, algo se me escapa entre las manos?
Con todos mis respetos, es un poema ver la cara de un profesor de secundaria que, sentado al ordenador, se da cuenta de que por primera vez desde que el mundo es mundo, su alumno sabe muchísimo más que él de algo. Hay un comentario castizo que afirma que la primera vez que caemos en la cuenta de que nos hacemos mayores, es cuando vamos al médico y es más joven que nosotros. Pues es una sensación parecida.
Será un tópico pero es real: estamos ante un fenómeno sin precedentes ( a mi juicio y por seguir con el tópico, tiene mucha más trascendencia que la invención de la imprenta) que no estoy seguro captemos en toda su dimensión: se trata de que el conocimiento ha dejado de tener dueño, custodio o como ustedes quieran llamarlo y las perspectivas que esto genera pertenecen a un orden de comprensión al que no estamos acostumbrados. Claro que podemos hablar, por ejemplo, de formación on line, presencial o mixta, pero esto es sólo, un enfoque instrumental. Valga un ejemplo bien simple: seguimos llamando a las gasolineras, gasolineras o estaciones de servicio; antes eran un lugar en donde se repostaba combustible y, acaso, tabaco. Ahora se hace lo mismo y además, compramos el pan, el periódico, un libro para la sobrina, las pilas del disck-man, las maquinillas de afeitar y lo necesario por si hay suerte el sábado por la noche. No es sólo que estos establecimientos (pueden buscar mil ejemplos parecidos en la vida cotidiana) hayan añadido servicios, es que a base de hacerlo, ya son otra cosa aunque se llamen igual.
En esto que llamamos la sociedad del conocimiento (o de la información si lo prefieren), la universidad deberá ir más allá del mero aprovechamiento de las nuevas herramientas. En los dos ámbitos que le son propios: la formación y la investigación. El nuevo profesor universitario será más que nunca un educador ( el que dirige, el que encamina, el que muestra el sendero) y un investigador (el que descubre, el que aclara). El acercamiento de la universidad a la realidad social no es ya un asunto recomendable; lo que está en juego es su supervivencia como institución.
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