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Los títulos propios
Antonio Herrera Marteache, Vicerrector de Ordenación Académica de la Universidad de Zaragoza
El entorno económico actual, caracterizado por la globalización y la implantación de nuevas tecnologías, exige unos altos niveles de formación y flexibilidad. A diferencia de lo que venía ocurriendo en el pasado, nos enfrentamos en los próximos años a importantes cambios en el mundo laboral.
En este marco laboral, la formación de postgrado, entendida como la formación del individuo a lo largo de la vida, se convierte en el instrumento básico que permite la capacitación profesional del trabajador, para adaptarse a un entorno cambiante, y a las nuevas necesidades que se vayan planteando.
Para que el proceso formativo funcione adecuadamente se exige un esfuerzo a dos bandas: por un lado los centros formativos y por otro las empresas. Desde los centros formativos debe ofertarse una formación flexible y de calidad capaz de adaptarse a las necesidades cambiantes del mundo laboral; desde la empresa se debe facilitar el acceso a la formación de sus trabajadores, conscientes de que la inversión en capital humano no sólo es fundamental, sino imprescindible para alcanzar la competitividad y la excelencia exigidas en el nuevo entorno económico globalizado.
Desde las universidades, como centros formativos superiores, se deben ofertar títulos de postgrado que se adapten a las demandas de empleo. La Universidad se encuentra además con el reto de la convergencia europea, que exige la adaptación de los planes de estudio a los requisitos de la declaración de Bolonia, en la que la formación de master y postgrados alcanza un papel protagonista. En el diseño de los nuevos planes de estudios, por tanto, se debe contar con la participación de las empresas y de los profesionales, para tener en cuenta no sólo sus necesidades de formación actuales y futuras, sino también cuales son las aptitudes y capacidades necesarias para las profesionales universitarios. Asimismo, la Universidad nunca ha de perder de vista que su función no es únicamente la de formar profesionales capacitados, sino que también la de seguir formando investigadores capaces de promover avances en los diferentes campos científicos.
Se requiere por lo tanto, que la Universidad juegue un papel más activo, creando y actualizando conocimientos, a la par que preparando a sus profesores que imparten formación para asumir los nuevos retos profesionales. Además del profesorado tradicional, se debe contar con la participación irreemplazable de docentes procedentes del entorno laboral, que aporten experiencias y necesidades, y den a la formación ese enfoque práctico, que en ocasiones puede escasear en la formación universitaria tradicional.
En definitiva, la Universidad se debe esforzar por ofertar formación de postgrado que satisfaga las necesidades de los profesionales y las empresas, pero de nada serviría este esfuerzo si no se ve correspondido por estos. Se requiere por tanto, un cambio importante en la cultura de muchos empresarios tradicionales, que siguen viendo la formación de sus trabajadores como un valor poco apreciado.
Es cierto que muchas empresas hacen ya en la actualidad indudables esfuerzos para la formación de sus empleados, pero no hay que perder de vista, que en España, así como en el resto de los países de la Unión Europea, la mayor parte del tejido empresarial está constituido por pequeñas empresas, que en muchos casos no tienen capacidad para prescindir de sus trabajadores, el tiempo necesario que estos requieren para su formación.
Es en este tipo de empresas, donde se tiene que producir el mayor cambio, para lo cual son de indudable interés las ayudas que desde diversas instituciones se vienen ofreciendo, y que se tienen que incrementar en un futuro. Estas ayudas, junto la percepción de los empresarios, de que el tiempo que prescinden de los trabajadores, se puede recuperar con creces en el futuro, al alcanzar éstos unos niveles de capacitación mayores, son las vías de desarrollo, que pueden permitir que la formación llegue a todos los niveles, y no alcance únicamente a aquellas empresas, que por su tamaño o por sus recursos económicos pueden ofertar esa formación a sus trabajadores.
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