15 de noviembre de 2000, número 3Suplemento del boletín de educaweb
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  • OPINIÓN DE LOS EXPERTOS


    El tratamiento de la diversidad cultural en la escuela y su proyección social

    Jordi Sàlvia, Secretario General del Sindicato de Profesores, profesor de Enseñanza secundaria y Miembro de la Junta de Personal Docente no Universitario de Barcelona

     
    "El trabajo de la escuela, en el momento de afrontar la cuestión de la multiculturalitat desde su proyección social, debería centrarse en primer lugar en esta integración que nosotros hemos llamado mínima: aprendizaje de la lengua del país y transmisión de las pautas elementales de convivencia. Se trata, sencillamente, de garantizar una convivencia sin conflictos. "

    La cuestión de la integración o no de la población inmigrante transciende, obviamente, la panorámica educativa en que nos movemos, pero no es menos obvio que el sistema educativo juega un papel importante en el caso de la población en edad escolar.

    Este tema también ha sufrido una evolución destacable. Hemos pasado de una época en la que parecía lógico y razonable exigir que el inmigrante se integrara en su cultura de acogida, a otra en la que se defiende desde diversos ámbitos que esta integración no se debe llevar a término, para respetar la cultura de origen.

    Como en cualquier debate teórico, para podernos definir claramente sobre esta cuestión, se debería definir en primer lugar los términos, y saber, pues, qué se debe entender por "integración". ¿Abandonar totalmente la cultura de origen y adoptar la del país de llegada? ¿Conservar ciertos aspectos de la cultura de origen y, al mismo tiempo, adoptar algunos rasgos de la de llegada? ¿Aprender la lengua del país de adopción, sin más? ¿Qué quiere decir "integrar"?

    A nuestro entender, se puede hablar de diversos niveles de integración. Y dentro de estos niveles, distinguiríamos en primer lugar una integración mínima, que debería de ser el objetivo básico de la escuela, que prácticamente debería ser moralmente exigible a cualquier persona providente de otra cultura, y que constaría sólo de dos elementos básicos: el aprendizaje de la lengua propia del país, y la adopción de las más elementales pautas de convivencia de la sociedad que lo acoge. Se trata, sencillamente, de garantizar una convivencia sin conflictos. Es lógico que si en una sociedad la gente está acostumbrada a hacer cola per subir al autobús o entrar en el cine, a evitar molestias innecesarias a los otros, a resolver las diferencias de manera pacífica o al hecho de que las chica puedan circular por la calle sin miedo a ser agredidas verbalmente o físicamente, quieran mantener esta manera de hacer y de ser, que es la que se ha forjado a lo largo de siglos en un territorio determinado. Y parece comprensible exigir que todo el mundo se adapte a estas pautas que, como hemos dicho, consideramos mínimas. A partir de aquí, el grado de integración puede ser muy diverso, y dependerá de los más diversos factores, desde los estrictamente personales, pasando por la situación sociopolítica del país de acogida, la cantidad de población providente de la misma cultura, y la acción que se pueda llevar a término en el ámbito educativo.

    ¿Cual ha de ser, entonces, esta acción? Obviamente, en primer lugar dependerá de si creemos que se debe conseguir la integración de aquel individuo con otra cultura, o no. Como hemos dicho, lo que antes parecía indiscutible, ahora se ve desde algunos sectores como una agresión. Se dice que nadie tiene derecho a forzar una integración, si se entiende como una amputación de la raíz cultural específica de los inmigrantes. Se añade que la integración suele significar que el inmigrante renuncie a ser el que es para convertirse en "ciudadano occidental", con el objetivo de organizar la convivencia. Sin embargo, ja hemos dicho anteriormente que nuestra manera de entender el término "integración" no debe significar renunciar ni amputar absolutamente nada en el ámbito estrictamente privado de la persona.

    Para nosotros, en definitiva, la tarea de la escuela, a la hora de afrontar la cuestión de la multiculturalidad desde su proyección social, debería centrarse en primer lugar en esta integración que nosotros hemos llamado mínima: aprendizaje de la lengua del país y transmisión de las pautas elementales de convivencia. Es de suponer que habrá un grado elevado de acuerdo con esta afirmación. Sin embargo, el tratamiento de las diversas culturas, tanto la propia del país como la del alumnado inmigrante, puede ser más conflictiva.

    Ultimamente se ha rodeado de una aureola positiva, tanto por parte del poder, como de su portavoz, los grandes grupos mediáticos, los términos de "multiculturalidad", "diversidad", "mestizaje", "fusión", hasta el punto que cuando alguien, o alguna cosa, sea música, danza o cualquier otra manifestación, no es "mezcla" de nada, parece pertenecer a una categoría inferior. Es cierto que el mestizaje cultural representa un enriquecimiento que nos puede aportar elementos muy positivos. El hecho de poder escoger entre diferentes rasgos de diversas culturas abre un abanico de posibilidades que facilitan que cada uno pueda escoger con más libertad aquellos con los que se siente más cómodo. Sin embargo, hay una palabra relativamente antagónica a los primeros, que aun ha conservado su connotación positiva: "cohesión". Y es esta cohesión lo que nosotros creemos que ahora es más necesaria en una sociedad como la nuestra, y lo que se debe impulsar desde la escuela. Lo que hay que evitar es que nuestra cultura acabe siendo una cultura más entre las otras culturas dentro de nuestro propio país. Todo lo contrario, a la cultura de acogida le corresponde, como hemos dicho, sentar las bases de la convivencia y de la cohesión, a partir de las cuales se pueda hacer personalmente y, incluso, colectivamente, la mencionada elección que nos lleve a este mestizaje cultural sobre la base de la cultura propia. Una cohesión que no implique renunciar personalmente a nada, pero que signifique el fomento de unos referentes culturales comunes para toda la población. Y usemos el término "fomento" de una manera deliberada, ya que la acción educativa se debe limitar a fomentar este aspecto: la adopción o no de estos referentes dependerá de otros factores, como ya hemos mencionado más arriba. Pero, al mismo tiempo, lo que tampoco puede hacer la escuela es abdicar de esta función de fomento e inhibirse.

    Tampoco se favorece la integración, a nuestro entender, y a pesar de ser conscientes de la incorrección política de la afirmación, poniendo el énfasis en la difusión de las culturas de origen de la población inmigrada. Otra vez, se deben hacer precisiones terminológicas. Ultimamente se ha puesto mucho énfasis en el término "tolerancia". Hay que ser tolerantes, y la escuela, claramente, ha de transmitir este valor. Y, especialmente, la tolerancia hacia las culturas diferentes a la nuestra. Pero también en este caso ha ido variando en los últimos tiempos la actitud de los grupos mediáticos y de poder, y se ha pasado de la tolerancia al fomento. Y es aquí donde creemos que se encuentra el error, si se quiere conseguir realmente una sociedad integrada. A nuestro entender, no se favorece la integración impartiendo clases de una religión, como la islámica, que no tiene ningún tipo de tradición en nuestro país. Ni se favorecerá la integración lingüística impartiendo clases de árabe, como parece tener previsto el Departament d’Ensenyament. Ni tampoco parece fomentarse el aprendizaje de la lengua propia del país, cuando las escuelas ofrecen a los padres toda la información referente a la matriculación de los alumnos en las lenguas más diversas, desde el francés al chino, pasando por el inglés, el árabe y otras. Nos guste o no, todos nos movemos siempre de acuerdo con nuestras necesidades, y parece lógico, y comprensible, por ejemplo, que si una persona no necesita aprender catalán para moverse por el país, no hará el esfuerzo que significa aprenderlo. Resumiendo, nuestra postura es que la escuela debe asegurar a todo el alumnado el dominio de la lengua del país y la asimilación de las más elementales pautas de convivencia, además de fomentar la cultura propia y la tolerancia por las culturas del alumnado inmigrante, con el objetivo de crear una sociedad cohesionada. Sin embargo, para nosotros es un error fomentar estas nuevas culturas en detrimento de la propia, ya suficientemente dañada. No creemos que por este camino se consiga la integración. Y si no hay integración, hay desintegración.

    Hay que recordar que sólo existirá una auténtica diversidad cultural a escala mundial si se pueden mantener las particularidades propias de cada territorio. De otro modo, en vez de diversidad, estaríamos hablando de mezcla, que es un término radicalmente opuesto, ya que la diversidad implica la coexistencia de hechos diversos y diferenciados, mientras que la mezcla no es más que una masa sin diferenciar de hechos culturales que, si no se corrigen los efectos de la globalización, acabará siendo una única cultura a nivel mundial, que, lógicamente, se nutrirá básicamente de les cuatro o cinco culturas mayoritarias, y obviará las miles de culturas menos poderosas, entre las cuales está la nuestra. Es una opción perfectamente defendible, pero no es la nuestra.

    Finalmente, tampoco se debe magnificar el papel de la escuela. Nos guste o no, y adoptemos la postura que adoptemos en relación a las cuestiones de la integración, el fomento o la tolerancia, la integración o no de la población inmigrante se producirá, muy a menudo, por factores externos al ámbito educativo, consistentes principalmente en las consignas mediáticas que los grupos de presión consideren que hay que inculcar a la opinión pública, y, sobretodo, en el nombre de población inmigrada que se concentre en determinadas zonas. No es difícil darse cuenta que una llegada masiva de inmigrantes dificulta enormemente su integración. De aquí la importancia, y las consecuencias negativas, de una política de inmigración errónea.

    A lo mejor hemos ido mucho más allá de nuestro ámbito educativo a la hora de analizar el fenómeno de la multiculturalidad. Sin embargo, creemos que, como profesionales de la educación, pero también como ciudadanos de este país, no hemos de estar ajenos a las políticas que afectan tanto la convivencia en nuestra sociedad en general, como las condiciones en qué hemos de ejercer nuestra tarea educativa, en particular.