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Se ha producido una fuerte expansión del volumen de la formación virtual, pero tampoco ha venido a desbancar a la formación presencial
Josu Solabarrieta Eizagirre, Director del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Deusto
Desde hace varios años son frecuentes los discursos en los que se pronostica una fuerte expansión de la formación virtual. Pero estas expectativas vienen conviviendo con las creencias de otras personas menos ruidosas y más incrédulas. Este otro grupo confía en que se mantendrá el valor de la presencialidad y del cara a cara. En cierta medida todos han tenido razón, dependiendo de hacia donde dirijamos nuestra mirada. Aparentemente se ha producido una fuerte expansión del volumen de la formación virtual, pero tampoco ha venido a desbancar a la formación presencial. Posiblemente la expansión ha sido más evidente en el ámbito de la oferta de formación que en el de su demanda. Basta con recorrer los canales publicitarios y de presentación de multitud de organizaciones para quedar desbordado por el número de ofertas de formación virtual.
El origen de la diferencia entre las expectativas y el crecimiento de la demanda posiblemente se deba al exceso de las propias expectativas. Las tecnologías de la información y de la comunicación se expanden fuertemente en cuanto al hardware; y comienzan a estar habitualmente presentes en más y más ámbitos cotidianos. Sin embargo, existe una fuerte inercia que se convierte en resistencia efectiva en trasladar procesos cotidianos a Internet. Esto le sucede también a la educación.
Por otro lado, las organizaciones que ofertan la formación virtual también pueden estar pagando el precio de la decepción de buena parte de las primeras oleadas de alumnos virtuales, que se han sentido defraudados por cursos que no han sido capaces de ofrecer lo más esencial que necesita un alumno para sentirse atendido y satisfecho.
Por lo general, se carece de un marco claro de criterios de calidad de la oferta formativa. Quienes están pensando en inscribirse en la formación virtual, por lo general no han explicitado aún con claridad qué esperan de las instituciones formadoras, y aún tienen menos claro cómo comprobar previamente si la oferta se ajusta a lo que esperan. Frecuentemente la información de que disponen es muy superficial, y fuertemente condicionada por la imagen que la organización consigue transmitir mediante sus estrategias publicitarias.
Las entidades implicadas en este ámbito tienen la responsabilidad de adoptar un marco flexible y comprensivo de criterios de calidad de la oferta formativa. Pero sobre todo deben operativizar tales criterios, y utilizar la información resultante para llegar a cumplir razonablemente las expectativas propias de cualquier alumno potencial.
En la actualidad la Universidad tiene una especial responsabilidad en este ámbito. Debe contribuir a la generación de un marco teórico y operativo de contraste de la calidad de contenido y pedagógica de las ofertas formativas. Nuestros futuros alumnos necesitan una contribución científica que les clarifique sus propias prioridades en cuanto a la calidad educativa. Además, tienen derecho a disponer de información previa que les permita juzgar la calidad de la oferta de un modo bien fundamentado.
El panorama empeora con la carencia de un marco legal y formal que regule debidamente este ámbito; y con el desembarco en el terreno de la formación virtual de algunas organizaciones carentes de una trayectoria que sustente su calidad formativa, o que trasladan a lo virtual las limitaciones y los defectos de su oferta formativa presencial. La elaboración y la operativización de un buen marco de evaluación de la calidad de la formación virtual contribuiría a sanear este panorama.
Pero hay pocos indicios para el optimismo. Esta carencia es compartida por la formación presencial. El acceso del público a la información evaluativa de la calidad educativa es muy limitado o inexistente en todos los niveles. Los debates políticos y los procesos de gestión económica y marketing enturbian el acceso del público a la información evaluativa. Sucede con los niveles educativos obligatorios y no obligatorios, en la educación universitaria y en la no universitaria. Es posible que este tipo de problemas inhiban igualmente el desarrollo de la evaluación de la calidad en la formación virtual.
En definitiva, no podemos olvidar que la sociedad requiere una formación virtual eficaz, que fomente efectivamente el aprendizaje. Una proliferación de la formación virtual de poca calidad implica un alto coste económico y personal para las personas y las instituciones que confíen en ella. Este coste ralentiza el crecimiento de otras ofertas de formación virtual más valiosas y meritorias.
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