|
Formación Profesional. Universidad y formación permanente.
José Tejada Fernández, Grupo CIFO, Dpto. de Pedagogía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona
Ponencia presentada en el Seminario LA UNIVERSIDAD PROFESIONAL.RELACIONES ENTRE LA UNIVERSIDAD Y LA NUEVA FORMACIÓN PROFESIONAL que se celebró el pasado mes de febrero en Murcia, organizado por la Consejería de Educación y Cultura y la Dirección General de Universidades de la Región de Murcia y por Cuadernos IRC
1. A modo de introducción
Más allá de mi gratitud por la consideración personal y profesional para tomar parte en este Seminario sobre "Universidad Profesional. Relaciones entre Universidad y la nueva Formación Profesional", quiero aprovechar esta introducción para realizar algunas aclaraciones, directamente ligadas con el título de mi ponencia "Formación Profesional. Universidad y Formación Permanente"
En primer lugar, una alusión directa en clave de precisión terminológica. Si reparamos en dicho título, alguien podría rápidamente evidenciar una contradicción o paradoja al contemplar los términos en el mismo implicados. Si aludimos a Formación profesional, Universidad y Formación permanente, hay que acotar que las dos primeras están incluidas en la última, también denominada hoy día "formación a lo largo de la vida". Hay que advertir, pues, que la inclusión de formación profesional delimita un aspecto parcial de dicha formación en un nivel educativo -superior-. Es decir, la formación permanente incluye otras parcelas de la formación, más allá de la formación profesional, como son la compensatoria en relación con la formación de base (ámbito que no preocupa ni ocupa a la universidad), la formación cultural e incluso aquella otra ligada a la promoción participativa o social. Éstas si son asumibles por la propia universidad.
Con todo ello, quiero sencillamente centrar el ámbito de mi reflexión. Lo voy a cifrar en torno a la universidad, desde la óptica de la formación profesional -tanto inicial como continua- restringiendo voluntaria y conscientemente mi reflexión hacia la formación continua. También me hubiese apetecido reflexionar sobre la universidad y su papel en el conjunto de la formación permanente, como por ejemplo, reparar dentro del ámbito cultural en las ya experimentadas aulas de la tercera edad u otras variantes más allá de los estudios típicos ligados a los planes de estudio. Pero éste es otro tema.
Este acotamiento, consciente y voluntario, como decía, viene motivado por los propios objetivos del Seminario, donde se alude directamente al sector productivo, mercado de trabajo e incluso con más precisión a formación profesional superior continua. En síntesis, centraré el tema en todo aquello que tiene que ver con la dimensión profesionalizadoza, no exclusiva, de la universidad, su papel en la formación para el campo laboral.
Otra precisión antes de iniciar la reflexión. Quiero huir, también consciente y voluntariamente, del discurso normativo, aunque como recurrencia he de utilizarlo, pero pretendo ir más lejos. Con ello no quiero poner en cuestión lo ideológico, porque mi reflexión tiene pretensiones más amplias. Quiero decir, y no como prevención, que no pretendo ni legitimar ni deslegitimar la situación actual. Nuestro punto de vista obliga a superar esta recurrencia y apoyar también nuestra aportación en otras claves, no necesariamente ideológicas, ni normativas.
Así pues, teniendo presente los objetivos del Seminario, sobre todo los cuatro primeros, centrare mi reflexión en la Universidad Profesional. Vayamos a ello.
2. La Educación Permanente: intenciones y realidad actual
Hace tiempo que las instancias oficiales, haciéndose eco de los estudios e investigaciones de la pedagogía, han proclamado sin tapujos la necesidad de la educación durante todo el devenir vital de la persona humana. Ya es un tópico, casi un slogan propagandístico, el reiterar que se ha acabado el tiempo en el que se creía que había una edad dedicada al estudio formal y otra empleada en el mundo de la producción de bienes de consumo o de servicios. La educación es un todo mágico y siempre inacabado.
A esta obsesión teórica le dan más fuerza declaraciones de las últimas tres décadas. Basta, como botón de muestra, lo que en el año 1970 ya decía el director de la UNESCO, René Maheu:
" La educación ha dejado de ser un privilegio de una minoría selecta y se versa sometida a una edad fija, ahora tiende a extenderse a la vez a toda la comunidad y a la duración de la vida del individuo. En cuanto tal, debe manifestarse como actividad permanente y omnipresente. No cabe ya concebida como preparación para la vida, sino como una dimensión de ésta, caracterizada por una adquisición continua de conocimientos y una constante revisión de nuestros conceptos".
De modo similar se expresa Faure, Presidente de la Comisión Internacional para el desarrollo de la Educación (Rubio, 1980:24):
" El concepto de educación permanente se extiende a todos los aspectos del hecho educativo; engloba a todo, y el todo es mayor que la suma de las partes. En la educación no se puede identificar una parte distinta del resto que no sea permanente. Dicho de otro modo: la educación permanente no es un sistema, ni un sector educativo, sino un principio en el cual se fundamenta la organización global de un sistema, y por tanto la elaboración de cada una de sus partes".
La última referencia en esta argumentación la ubicamos en el Informe Delors (1996) cuando alude a las dimensiones del aprendizaje: aprender a hacer entroncada con la vertiente más técnica, aprender a ser y aprender a vivir con los demás, como elementos que superan la vertiente puramente técnica, y, sobre todo al aprender a aprender que supone la potenciación de las capacidades orientadas hacia el autoaprendizaje y la actualización permanente.
Era raro o insólito ver en las declaraciones políticas de la educación consideraciones, objetivos y planteamientos de orientación técnica que fueran más allá de la educación primaria y media. Hoy día es habitual y consuetudinario que en el Libro Blanco (declaración de intenciones sobre educación) de cualquier país occidental se hable de la educación de personas adultas. Es un claro manifiesto de la aceptación conceptual y de la realidad práctica de la Educación Permanente.
El futuro de la Educación Permanente no es fácil, aunque se soporte hoy en la creencia sincera de los organismos públicos y privados, en los estudios de los expertos y, al fin, en el concepto de la misma sociedad que conoce la necesidad de instalarse sin tregua en la existencia del proceso educativo.
" Pero el reto está allí y alguien tiene que recoger el guante. Al fin de cuentas lo que interesa es que todo ciudadano sea elemento activo y persona participativa en el quehacer diario, como consecuencia, en la realización histórica. La persona informada y formada tiene decisiones propias que le ayudan a interpretar el mundo y la vida y posteriormente a actuar en consecuencia. Por lo contrario, el hombre no?informado y masificado es el instrumento idóneo que otros emplean para el logro de sus intereses individuales o de clase. Este sería el reto, demasiado grave en el plano histórico y social, como para no recogerlo"(Ferrández, 1992:44)
Aquí radica, según nuestro querido y siempre presente profesor Ferrández (1996:5), el fundamento que justifica la Educación Permanente: la verdadera liberación personal y grupal que elude cualquier intento de alienación.
El propósito medular de lo permanentemente educativo es la posibilidad individual de participar socialmente en todas las manifestaciones humanas: desde el tiempo de libre disponibilidad, hasta el tiempo dedicado al trabajo productivo. No hay, pues, justificaciones academicistas ni culturales, al modo ilustrado. Es una necesidad de pertenencia al grupo social y sólo se "pertenece" si se actúa en él y en el medio que le es propio.
Lo que acontece es que cada individuo va aprendiendo a participar socialmente gracias a su propio desarrollo evolutivo, por un lado, y a la adquisición de contenidos culturales, procedimentales, actitudinales y axiológicos que le dan herramientas adecuadas para la participación en su entorno, por otro. Estas herramientas, además, son las que determinan la capacidad para seguir aprendiendo y, por lo tanto, de estar en todo momento en disposición de seguir comprometido con la participación. Este planteamiento justificaría de algún modo la estructura del sistema educativo, desde la enseñanza infantil hasta la formación de adultos.
No hay duda de que hoy la intencionalidad social está encaminada hacia la Educación Permanente; sin embargo, la presión social sigue, a veces, otros derroteros. Se continúa buscando el fortalecimiento de la enseñanza básica obligatoria como el momento óptimo para el aprendizaje. Por el contrario, se habla de formación de adultos pensando exclusivamente, o centrando en exceso el tema, en la educación compensatoria. Raramente se da importancia a otros ámbitos de la formación a no ser que emerja una necesidad clara, capaz de obligar a buscar nuevos rumbos educativos. Tal es el caso de la formación laboral y, más concretamente, de la formación ocupacional y continua. Sólo se ponen en marcha cuando surge la necesidad de reducir el desempleo o de aumentar las posibilidades de entrar en el primer empleo o incrementar la empleabilidad. No hay una creencia intrínseca, sino una acomodación a situaciones transitorias (Tejada y Ferrández, 1998).
Si se estudia hoy la oferta educativa, puede afirmarse que la bolsa de acciones formativas en materia laboral es amplia. Visto el fenómeno descriptivamente, no hay duda, es así; pero si se quiere buscar una explicación quizá tenga que husmearse en la esencia de otros objetivos sociales y no sólo en los propios de la formación para el trabajo, como un elemento más de la Educación Permanente
Sería interesante volver a ojear la reflexión del MEC en el año 1986 sobre el concepto implicado en la expresión "Educación Permanente" y la diferencia existente con el que sustenta la expresión "Educación de Adultos".
CONTINUAR
|