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Resulta
complicado abordar un fenómeno tan
extendido como es el estrés y encuadrar
su problemática entre los profesionales
de la enseñanza, sin antes definirlo
genéricamente. En opinión
de numerosos expertos, el estrés
no es un mal en sí mismo. Así,
Carmen Rodríguez, experta en counselling
y con amplia experiencia en el asesoramiento
a grandes empresas, explica que en primer
lugar el estrés "es una respuesta
adaptativa ante un estímulo exterior".
Puesto que queda definida como una herramienta
del individuo para superar determinadas
situaciones es "a priori" y en
sus primeras etapas de desarrollo, una reacción
positiva.
De
la misma forma, para entender por qué
es más frecuente este fenómeno
en determinados sectores laborales que en
otros quizá sea conveniente saber
en qué condiciones surge y "crece"
el estrés. En este sentido los expertos
tienen claro que los factores externos son
absolutamente determinantes y como ya puede
adivinarse, determinados sectores como el
de la enseñanza reúnen más
condiciones para el surgimiento del estrés
que otros.
En
primer lugar, es determinante , según
Carmen Rodríguez, el nivel de predicción
de lo que acontece y de esos estímulos
que pueden producir estrés. Así,
lo inesperado siempre será más
estresante que lo previsto. Evidentemente,
la "materia" con la que trabajan
los docentes, seres humanos en pleno crecimiento,
permite un margen muy reducido de previsión
y por lo tanto su manejo expone a estos
profesionales a dosis considerables de estrés.
Muy
ligado a la previsión se encuentra
el control sobre las situaciones, en el
sentido de que a mayor acierto en la predicción
mejor está preparada la persona para
afrontar un caso o resolver un problema.
De nuevo, nos encontramos, en el campo educativo,
con una realidad de difícil control.
En
segundo lugar, es fundamental en la generación
de estrés, según la experta
consultada, la frustración de expectativas.
Algunas profesiones, como la de maestro,
son ejercidas por personas con una vocación
considerable y que, de acuerdo con esta,
se crean unas expectativas que a menudo
se sitúan por encima de lo factible.
Si a esta frustración vocacional
le sumamos las barreras administrativas
o de organización con las que a menudo
se encuentran estos profesionales, nos encontramos
con una carga de estrés añadida.
"Cuando una persona está enamorada
de su profesión -explica Rodríguez-
pero hay cosas en el ambiente que hacen
que no esté recompensada, se produce
estrés, y de hecho los mejores profesionales,
los que se apasionan con su trabajo, tienen
más probabilidades de padecerlo,
porque se han creado expectativas altas".
Finalmente,
pueden añadirse otros condicionantes
como la sensación de que la labor
no tiene término ya que cada año
se repiten temarios y metodologías,
o un clima de negatividad entre los compañeros,
en el que se contagia la sensación
de estrés. Así, lo que en
principio es una simple respuesta a un estímulo,
puede convertirse en un fenómeno
crónico y pasar de ser algo positivo
a ser algo cada vez más negativo.
Sus
efectos han de abordarse responsablemente
desde los gabinetes pedagógicos no
sólo por sus consecuencias sobre
los docentes en cuanto personas y profesionales,
sino por el peligro que supone cara al objeto
de su labor diaria: los niños y adolescentes
con los que trabajan los docentes. El control
del estrés es necesario para mejorar
la calidad de vida laboral del profesional
por una parte, y para cualificar aún
más su trabajo por otra. Pero sobre
todo lo importante es que no se convierta
en una referencia negativa en el proceso
de enseñanza, que dañe al
bien más preciado de la misma, el
alumno y al que se debe esta profesión.
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