|
1.
Una situación real
No
soy capaz de enfrentarme con varias
situaciones conflictivas simultáneas:
sobre todo con las situaciones de violencia
gratuita e irracional de mis alumnos.
Afronto las situaciones de violencia
con agresividad contenida. El ruido
en clase me irrita... Tengo miedo a
no poder controlarme y atacar con violencia
a un alumno... Cojo a un alumno del
brazo, con rabia, porque le he repetido
cuatro o cinco veces que no tire los
lápices y continua tirándolos.
Me asalta la idea de que cualquier día
perderé el control y le haré
daño a alguno. Me tengo que contener....
Mucho
ruido de fondo. Elevo la voz para que
me escuchen. Al final terminan gritando
y yo también. Me enfurezco y
les mando cruzarse de brazos y cerrar
la boca. Parezco un perro guardián.
Bajo el volumen de voz y les explico
que es perjudicial para todos. Parece
que lo consigo, pero la situación
vuelve a repetirse una y otra vez.
Pienso
que no me puedo fiar de mi memoria y
experiencia para dominar la clase. Vivo
la contradicción de pensar que
estoy preparado; pero no lo hago tan
bien como debería hacerlo. No
llego a creer que hago bien mi trabajo,
aunque los demás me digan que
lo hago bien. Soy incapaz de creerme
las valoraciones positivas de mi trabajo.
Llevo varios días sin programar
las actividades porque me he propuesto
no trabajar en casa. Enseguida me encuentro
en clase vacío. Sin ideas. No
recuerdo lo hecho en otros cursos. Recurro
al libro de fichas o les dejo jugar
solos. Me dice una madre que los niños
están muy contentos conmigo y
pienso inmediatamente que me lo dice
para halagarme.
La
vida profesional se come la vida privada.
En cursos anteriores me pasaba hasta
las 12 o la 1 de la noche tabulando
tests, preparando fichas, corrigiendo
trabajos, buscando nuevas actividades,
estudiando pedagogía. Tengo una
excesiva presión perfeccionista
sobre los demás y ésto
puede ponerles nerviosos. Mi ansiedad
genera ansiedad en los niños.
Los
aspectos positivos se centran
en la relación personal con los
niños cuando éstos responden
a mis expectativas; y en la relación
afectiva: la importancia que el profesor
tiene para el alumno cuando éste
recurre a mí para abrirme su
interior.
(Entrevista
con un maestro rural: cinco años
de antigüedad en seis escuelas).
2.
Introducción
Al
estudiar el influjo del ejercicio profesional
en la personalidad del profesor, es preciso
destacar el carácter ambivalente
de la profesión docente, que nos
revela dos aspectos contradictorios:
El
primero de ellos positivo: el ejercicio
profesional de la educación es una
actividad de relación interpersonal,
en la que el profesor trabaja con personas
y no con cosas. Cuando esta relación
es satisfactoria, el trabajo en la enseñanza
puede constituirse en una fuente innegable
de autorrealización personal. El
ejercicio profesional de la educación
es capaz de llenar de sentido una vida,
y con esta idea acuden anualmente cientos
de estudiantes a nuestros Centros de Formación
de Profesorado.
Ahora
bien, no es posible prescindir de un evidente
aspecto negativo; ya que el ejercico profesional
de la educación, puede transformar
en muy pocos años al principiante
ilusionado en una persona amargada, desconcertada
respecto al papel que debe jugar y abatida
ante la incertidumbre de sus esfuerzos.
El ejercicio profesional de la educación
-como toda otra actividad profesional- encierra
en sí unas fuentes de tensión
cuya presencia es prácticamente permanente,
y a las cuales el profesor debe hacer frente
de una forma coherente, aceptándolas
y superándolas, para conseguir así
que este ejercicio profesional pueda ser,
realmente, una fuente de realización
personal. Por esta razón, los trabajos
que estudian el influjo del trabajo profesional
en la personalidad del educador adoptan
un enfoque negativo; ya que, conseguir que
el trabajo en la profesión docente
sea agradable y permita la autorrealización
del profesor, depende de la capacidad para
enfrentar y superar esas fuentes de tensión
habituales (Moustakas, 1.978). No se trata,
por tanto, de dar una visión problemática
de la educación, sino una visión
positiva de los problemas a superar, en
la inteligencia de que, lejos de ocultarlos
o negarlos, la mejor forma de ayudar a superarlos
es conocerlos y afrontarlos.
En
el trabajo clásico de Doyle (1978),
se estudian los distintos paradigmas con
los que se ha enfocado la investigación
sobre la efectividad de los profesores.
Todos ellos tienen en común el estudiar
al profesor desde el punto de vista de la
productividad de su trabajo. En realidad,
los profesores no importan; si se les estudia
es desde un punto de vista profesional,
con el objetivo de mejorar su efectividad.
Frente a este planteamiento, enfocado sobre
la mejora del trabajo de los profesores,
va a surgir una línea de investigación
centrada en el estudio del profesor como
persona: ¿qué piensan de sí
mismos los profesores?, ¿cómo evolucionan
con la edad?, ¿qué dificultades deben
superar?, ¿cómo se sienten en su
trabajo profesional?...
El
libro publicado en París, en 1984,
por un grupo de investigadores encabezado
por Ada Abraham bajo el título: El
enseñante es también una persona,
puede considerarse como el manifiesto
de un nuevo paradigma en la investigación
sobre profesores: el paradigma personal.
3.
El paradigma personal
Como
puede observarse, en este enfoque de la
investigación cambia totalmente el
paradigma de investigación, que no
va a preocuparse de la eficacia docente
sino en un segundo plano; centrándose
los estudios en la comprensión de
los problemas que afectan a la persona del
profesor. Desde este enfoque se va a estudiar
a los profesores como hombres y mujeres
que viven la enseñanza desde distintos
puntos de vista: con distintos niveles de
esfuerzo, motivación y satisfacción
en su trabajo (Esteve, 1994); como hombres
y mujeres que evolucionan personalmente,
pasando por distintos ciclos vitales, conforme
van acumulando edad y experiencia (Huberman,
1989); profesionales que deben hacer frente
a las transformaciones que se imponen en
su trabajo, derivadas de la aceleración
del cambio social en unas sociedades inmersas
en profundos procesos de cambio (Esteve,
Franco y Vera, 1995); hombres y mujeres
que se enfrentan con incertidumbre a un
trabajo profesional difícil y exigente,
en el que el cara a cara con los alumnos
pone a prueba, diariamente, su capacidad
de dominar distintas situaciones y su seguridad
en sí mismos (Esteve, 1997).
Es
evidente la importancia de la formación
inicial y continua del profesorado para
hacer frente a los problemas enumerados.
En una visión ingenua, podría
afirmarse que aumentando la calidad de la
formación del profesorado aumentará
tambien la calidad de la educación.
Sin embargo, los estudios desarrollados
desde el paradigma ecológico ya nos
han advertido de la falacia de este argumento,
subrayando la importancia de las variables
situacionales y experienciales, y destacando
entre estas últimas las significaciones
con que los sujetos interpretan las experiencias
que viven (Martínez Abascal, 1992).
Por ello podemos afirmar que si aumentamos
la calidad en la formación del profesorado,
pero mantenemos invariantes los condicionamientos
individuales y sociales existentes en el
marco en el que han de ejercer la docencia
no vamos a conseguir un sistema educativo
de mayor calidad, sino un más alto
nivel de desilusión en los profesores.
En efecto, como han señalado Bayer
(1984) y Vera (1988b) existe una fuerte
disonancia entre la práctica real
de la enseñanza y los ideales oficialmete
preconizados y asimilados en los centros
de formación de profesores; mientras
que las variaciones más significativas
observadas en la calidad de la enseñanza
dependen más de las organizaciones
pedagógicas y de los contextos escolares,
que de la acción individual de los
profesores.
Dicho
de otro modo, el aumento de la calidad en
la formación de los profesores sin
prestar atención a la modificación
del marco real en el que han de ejercer
la docencia, va a conducir al profesor a
una situación de frustración
personal; ya que va a enfrentarse a las
contradicciones propias de una práctica
de la enseñanza repleta de condicionantes,
que le impiden hacer realidad los ideales,
técnicas de trabajo y objetivos de
alta calidad que se le han inculcado durante
su período de formación inicial.
Es
frecuente que los profesores debutantes
tengan más modelos negativos de la
enseñanza que modelos positivos;
es decir, tienen más clara la enseñanza
que no quieren hacer, que las técnicas
y estrategias de intervención que
van a utilizar para sustituir a los enfoques
docentes que no quieren reproducir. Frecuentemente,
el profesor, como persona, se encuentra
con que su actuación en la enseñanza
no responde a lo que él mismo, en
sus concepciones ideales, querría
y piensa que debería hacer. Las reacciones
personales ante esta disociación
entre ideales y realidad son diversas.
Hay
profesores que reaccionan con un autoengaño,
más o menos consciente, intentando
acercar en su imaginación
la práctica real a un ideal lejano
-de aquí el miedo de los profesores
a la autoconfrontación (Villar, 1984),
o a ser desenmascarados (Abraham, 1987)-.
Otros profesores se abandonan, adoptando
planteamientos docentes dominados por el
desánimo y los esquemas de inhibición.
Esta actitud suele aparecer cuando predomina
la contradicción entre unas concepciones
ideales, aceptadas intelectualmente, pero
aparentemente inalcanzables en la práctica
diaria. Ya que, en muchas ocasiones, las
deteminaciones institucionales de la actividad
del profesor suponen que éste, en
su actividad profesional, debe responsabilizarse
de unos procesos de enseñanza regidos
por limitaciones exteriores que les vienen
impuestas y que los enseñantes no
pueden controlar. El sentimiento de impotencia
viene así a añadirse a las
disonancias antes reseñadas entre
el ideal y la realidad.
El
paradigma personal intenta acercarse al
estudio de las dificultades que el profesor
encuentra en la práctica real de
la enseñanza, estudiando cómo
le afectan, en primer lugar, a él
como persona, y en segundo término
a la calidad del trabajo que desarrolla.
Como
señala Doyle (1987) al presentar
los estudios realizados desde los distintos
paradigmas que estudian la efectividad del
profesor, en los últimos años
ha ido ganando aceptación el llamado
enfoque multidimensional de la eficacia
docente, que defiende la existencia de diferentes
modelos de calidad para diferentes situaciones
educativas.
En
efecto partiendo del hecho de la gran variedad
de situaciones que abarca la enseñanza
se afirma el carácter multidimensional
de la eficacia docente; es decir, la idea
de que distintos profesores, con diferentes
cualidades personales, con distintos estilos
docentes, y empleando técnicas diferentes,
pueden ser igualmente eficaces y facilitadores
de una educación de calidad.
Desde
este enfoque multidimensional se considera
la personalidad del profesor eficaz como
un todo. Así, deja de tener importancia
la carencia, en un caso concreto, de técnicas
de actuación facilitadoras de la
eficiencia del profesor; en tanto que esa
persona concreta que es el docente puede
suplir con otros recursos la carencia o
poco desarrollo de una habilidad específica,
sin perder por ello un alto nivel de calidad
en su labor profesional. Por tanto, no tiene
una gran importancia la falta de dominio
de una técnica concreta, siempre
que el profesor sepa sustituirla con otros
recursos de actuación adecuados;
pero, si se hunde la base de sustentación
que es la personalidad del profesor, el
dominio de técnicas de enseñanza
o la acumulación de recursos expresivos
dejan de tener el menor significado, y apenas
se podrá hablar ya de calidad en
la educación.
Por
estas razones, los estudios que siguen el
enfoque del paradigma personal subrayan
la inconsistencia de una búsqueda
obsesiva de la eficacia docente, planteando
la importancia de profundizar en la comprensión
de los problemas que debe afrontar la persona
real y concreta que es el profesor. En el
nivel actual de desarrollo de los programas
de formación inicial de profesores,
la mejora de la calidad de su trabajo profesional
está muy relacionada con este enfoque
personal, y con el mantenimiento de algunas
estructuras de ayuda para profesores en
ejercicio, que les permita superar con éxito
las contradiciones y fuentes de tensión
permanentes en su ejercicio profesional.
3.1. Influjo del trabajo profesional en
la personalidad de los educadores
Al
valorar la influencia de los efectos producidos
por estas fuentes de tensión profesionales
habría que distinguir, cualitativamente,
diferentes grados que van desde el desánimo
y el pesismismo sobre el sentido de la propia
labor profesional, hasta los desajustes
serios que afectan a la salud mental del
profesor. Entre ambos extremos, hay diferentes
grados en la aceptación de la tensión
que todo trabajo profesional comporta: desde
los límites en que el estrés
responde a la tensión objetivamente
existente, hasta aquellos grados en que
situaciones de tensión normales,
son percibidas como una amenaza personal,
interpretándolas subjetivamente como
altamente peligrosas, y dotándolas,
desproporcionadamente, de un especial significado
traumático (Gaudry y Spielberger,
1971).
Lo
característico de las situaciones
de desajuste serias, con hondas repercusiones
sobre la personalidad de los profesores,
sería la dicotomía entre las
situaciones de tensión objetivas,
tal como se dan en la realidad y una percepcion
subjetiva de esas fuentes de tensión,
interpretándolas desproporcionadamente
como amenazantes o personalmente peligrosas.
Por tanto, a la hora de interpretar los
efectos de las diferentes fuentes de tensión,
hay que distinguir entre muy distintos grados
de intensidad en el influjo que producen
sobre la personalidad de los educadores:
desde el problema objetivo que produce una
situación de tensión normal,
hasta la interpretación desproporcionada
de esas fuentes de tensión, llegando
a un estado de ansiedad permanente y patológico
con serias consecuencias sobre la salud
mental del educador.
Es
muy importante aclarar que las repercusiones
psicológicas de la tensión
a la que están sometidos los docentes
son cualitativamente variables, y operan
de forma distinta dependiendo de diversos
factores, entre los cuales la experiencia
del profesor, su estatus socioeconómico,
su sexo y el tipo de institución
en el que enseña, parecen los más
relevantes. Con esta idea, hay que rechazar
las afirmaciones simplistas que relacionan
linealmente las dificultades en la enseñanza
con los problemas de salud mental.
El
influjo de las fuentes de tensión
que aparecen en la enseñanza recorre
una amplia escala, graduada al menos con
doce escalones, en los que los primeros,
que afectan a un mayor número de
profesores, tienen una escasa influencia
negativa sobre el equilibrio psicológico
de los profesores; mientras que los tres
últimos, que son los únicos
que afectan a la salud mental de los docentes,
tienen una incidencia reducida en el número
de profesores afectados.
Ante
la presencia de estas fuentes de tensión,
los profesores ponen en juego diversos mecanismos
de defensa, como los esquemas de inhibición,
la rutinización de su trabajo o el
absentismo laboral, para evitar males mayores.
Con ellos se resiente la calidad de su trabajo;
pero se salvaguarda su personalidad de sufrir
males mayores. La puesta en marcha de estos
mecanismos de defensa son las repercusiones
más frecuentes desde el punto de
vista estadístico; mientras que los
problemas reales de salud mental son mucho
más reducidos.
Las
principales consecuencias de estas fuentes
de tensión profesionales pueden graduarse
así, por orden de importancia, aumentando
en su gravedad, pero disminuyendo respecto
al número de profesores afectados:
1.
Sentimientos de desconcierto e insatisfacción
al enfrentar los problemas reales de la
enseñanza, en abierta contradicción
con las concepciones ideales que los profesores
querrían realizar.
2.
Desarrollo de esquemas de inhibición,
como mecanismo de defensa para cortar su
implicación personal en la enseñanza.
3.
Peticiones de traslado para huir de situaciones
conflictivas.
4.
Deseo manifiesto de abandonar la docencia
(realizado o no).
5.
Absentismo laboral como mecanismo para cortar
la tensión acumulada.
6.
Agotamiento. Cansancio fífico permanente.
7.
Ansiedad de expectación.
8.
Estrés.
9.
Depreciación del yo. Autoculpabilización
ante la incapacidad para mejorar la enseñanza.
10.
Ansiedad como estado permanente, asociada
como causa-efecto a diversos diagnósticos
de enfermedad mental.
11.
Neurosis reactivas.
12.
Depresiones.
No
hay estadísticas específicas
para cada uno de estos escalones; pero las
investigaciones realizadas en los últimos
años nos permiten dar algunas cifras
a título indicativo.
Los
trabajos de Walter (1974) y de Veenman (1984)
situaban en torno al 91 % el número
de profesores debutantes desconcertados
e incapaces de resolver sus contradicciones
al enfrentarse, en el primer año,
con los problemas prácticos de la
enseñanza (escalón 1). En
los tres años siguientes, los profesores
afianzan sus métodos de enseñanza,
generalmente por ensayo y error, resolviendo
la mayor parte de sus contradicciones. Esteve
(1984) situa en un 15,04% el número
de profesores experimentados que trabajan
en la enseñanza con un fuerte sentimiento
de contradicción.
El
desarrollo de esquemas de inhibición
(escalón 2) se evaluó en 1984
por Esteve, utilizando el MISPE, en el 22,35%
de los profesores de E.G.B. Con el mismo
test, nueve años más tarde,
Guil (1993) registró un aumento de
los esquemas de inhibición, llegando
al 29 % de los profesores de E.G.B. Ortiz
Oria (1995), trabajando con una muestra
de profesores de Enseñanzas Medias,
registró un 29,17% de profesores
trabajando en la enseñanza desde
actitudes de inhibición y rutinización
con el fin de cortar la implicación
personal en la relación profesor-alumno.
La conclusión más evidente
es que el recurso a los esquemas de inhibición
está aumentando entre los profesores,
probablemente por el aumento de conflictividad
registrado en la última década.
Habida cuenta de que Thode (1992) sólo
registra un 20,59% de inhibición
entre los profesores interinos, cabe apuntar
la idea de que los esquemas de inhibición
en la enseñanza aumentan conforme
los profesores van acumulando años
de experiencia docente.
Es
muy difícil evaluar las peticiones
de traslado (escalón 3), y distinguir
entre ellas las que están motivadas
por un deseo de proximidad entre el domicilio
y el lugar de trabajo, y las que se fundamentan
en el deseo de huir de colegios conflictivos
o de enfrentamientos declarados entre el
profesor y el entorno del colegio anterior.
Desde luego, los flujos de traslados van
desde los colegios rurales a las ciudades;
y, en éstas, desde los colegios más
conflictivos y desde los barrios más
desfavorecidos hacia los situados en zonas
menos conflictivas.
El
deseo manifiesto de abandonar la docencia
(escalón 4) es valorado por Gordillo
(1988:264) en un 17%, si bien la autora
nos advierte que este porcentaje se distribuye
desigualmente entre hombres y mujeres y
entre profesores jóvenes y experimentados,
constatando que los hombres y los jóvenes
están más insatisfechos con
el trabajo en la enseñanza.
Cuantificar
el absentismo laboral como mecanismo para
cortar la tensión acumulada es igualmente
difícil de evaluar (escalón
5). Para comenzar, hay que distinguir entre
las bajas laborales oficialmente certificadas
con una baja médica, y las situaciones
en que el profesor falta a su trabajo con
una disculpa más o menos real. Distingamos
los datos disponibles en ambos apartados.
Sobre las bajas laborales con certificado
médico se ha elaborado una serie
estadística completa, durante un
periodo de siete años, y trabajando
con el total de la población de profesores
de E.G.B. y Enseñanzas Medias de
Málaga y provincia (Esteve, Franco
y Vera, 1995). Los datos obtenidos no dejan
lugar a dudas. En el curso 1988-89 se perdieron
35.605 días de trabajo por bajas
médicas; lo cual supone una media
de 4,28 días por profesor; sin embargo,
estas bajas no se distribuyen de forma homogénea
a lo largo del curso. En los siete años
estudiados, las bajas van aumentando conforme
avanzan los trimestres, sugiriendo una relación
entre el aumento de la tensión en
el trabajo y el aumento de las bajas médicas;
mientras que las vacaciones trimestrales
detienen y reducen las bajas, dando lugar
a gráficos con tres picos como el
de la figura 1.
Respecto
al absentismo, propiamente dicho, no disponemos
más que de un estudio tentativo,
no publicado, realizado por Franco y Esteve
en 1987, con una muestra de 303 profesores
de secundaria y 226 profesores de E.G.B.
Contando con las dificultades de establecer
un registro fiable del absentismo y aun
sabiendo que nuestro registro es incompleto,
contabilizamos un total de 2.935 días
de trabajo perdido, lo cual supone una media
5,55 días por profesor en diez meses,
ya que, por definición, en julio
y agosto no podemos contabilizar absentismo.
Pese a las limitaciones metodológicas,
dos conclusiones parecen claras: la primera
que el absentismo supone una pérdida
de días de trabajo muy superior a
la que se deriva de las bajas médicas;
y la segunda, que el absentismo tiene una
clara relación con la acumulación
de tensión en la enseñanza.
Dos datos avalan esta afirmación:
el primero que la distribución por
meses del gráfico de absentismo también
reproduce una figura de tres picos, aumentando
conforme avanzan los trimestres y cayendo
bruscamente en las vacaciones trimestrales.
Es obvio que durante los periodos de vacaciones
no podemos registrar absentismo; pero, después
de las vacaciones, los registros son mucho
más bajos que al final del trimestre
anterior, y, de nuevo, van aumentando conforme
avanza el trimestre siguiente. Al igual
que ocurre con las bajas médicas
durante los siete años estudiados,
en octubre hay más absentismo que
en septiembre, y en noviembre más
que en octubre. El segundo indicio de una
relación entre el absentismo y el
aumento de tensión en la enseñanza
se obtiene del registro del absentismo a
lo largo de la semana. Los días en
que se registra mayor absentismo son los
lunes y los viernes, hasta el punto de que
las cifras de estos días es casi
igual a la de los otros tres días
juntos.
El
agotamiento y el cansancio físico
permanente (escalón 6) aparecen de
forma muy desigual a lo largo del curso,
concentrándose en los finales de
trimestre y, sobre todo, en el fin de curso.
De forma general, puede afirmarse que el
sentimiento de cansancio físico permanente
es la antesala de las situaciones en que
el profesor va a verse afectado en su salud
por el ejercicio profesional de la enseñanza.
En efecto, utlizando el test de Friedman
con un grupo de enseñantes que habían
causado baja laboral asociada con enfermedades
mentales (Esteve, Franco y Vera, 1995),
se encontró una media muy elevada
en el apartado E1, que mide el agotamiento
psíquico y la falta de realización
profesional. Este grupo de profesores se
situa como media en el percentil 67,88,
alcanzando en algunos casos valores cercanos
al percentil 90.
La
ansiedad como rasgo y el estrés (escalones
7 y 8) son difíciles de estudiar
por separado, ya que, como afirma Polaino
(1982), generalmente se coimplican; es decir,
el estrés conduce a la ansiedad,
y la ansiedad, con su función de
anticipación cognitiva de situaciones
conflictivas, retroalimenta el estrés
(Esteve, 1994). Peiró y otros (1991:106)
al medir la tensión y la ansiedad
asociada con el desempeño de su rol
profesional, contabilizan un porcentaje
del 9,4% de profesores con "mucha tensión
y ansiedad" y un 43,5% de profesores
con "bastante tensión y ansiedad"
asociada al desempeño de su trabajo.
La
depreciación del yo, en la que el
profesor reconoce que está fracasando
en la enseñanza, y, al mismo tiempo,
se culpabiliza a sí mismo de este
fracaso considerándose incapaz de
mejorar (escalón 9), afecta, en diversos
grados, al 28,04% de una muestra de profesores
de E.G.B. (Esteve, 1994: 45). Sin embargo,
sólo se considera que afecta de forma
grave al 6,90% de los profesores. Estos
profesores han perdido totalmente su autoestima
como profesores, y para ellos la enseñanza
es un problema cotidiano, sin que sea exagerado
afirmar que sufren en cada día de
clase. En efecto, la figura de ese profesor
al que los alumnos le hacen la vida imposible,
y cuya fama se transmite de generación
en generación avisando a los alumnos
nuevos de que no deben tenerle respeto,
sería el ejemplo más evidente
de este grupo profesional. La mayor parte
de estos profesores va a evolucionar, más
tarde o más temprano, hacia los tres
escalones siguientes. El sentido de esta
evolución viene marcado por las tensiones
objetivas a las que deban hacer frente en
su trabajo profesional: unas buenas condiciones
de trabajo, en un entorno agradable, puede
favorecer la recuperación del profesor;
mientras que un entorno conflictivo le llevará
a la ansiedad, la neurosis o la depresión.
Los
tres últimos escalones: ansiedad,
neurosis y depresión (10, 11, 12),
son los únicos que inciden claramente
en el terreno de la salud mental, produciendo
bajas por enfermedades de orígen
neuropsiquiátrico. Según el
estudio de Esteve, Franco y Vera (1995:124)
estas bajas sólo afectan al 1,26%
de los profesores; pero se constituyen en
el tercer diagnóstico que más
días de bajas produce al año;
y además, en la serie estadística
estudiada, se registra un aumento del 0,50%
en un periodo de siete años.
Al
margen de los datos comentados, que se refieren
a los problemas psicológicos relacionados
con las dificultades en el ejercicio de
la docencia, desde un punto de vista médico,
cabe relacionar el espectacular aumento
de las bajas otorrinolaringológicas
con el aumento de las dificultades en las
condiciones de trabajo de los docentes.
En efecto, en la misma serie estadística
(Esteve, Franco y Vera:112-124) se contabiliza
un aumento del 5% en la incidencia de las
bajas producidas, básicamente, por
problemas de garganta, que, en la población
estudiada, pasan de afectar a 45 profesores
al año, generando una pérdida
de 1.542 días de trabajo en el curso
1982-83, hasta afectar a 477 profesores
y generar 6.249 días perdidos en
el curso 1988-89.
Otro
tema sometido a debate es el de si la incidencia
de la ansiedad y el estrés en el
ejercicio profesional es mayor entre los
profesores que entre los demás grupos
profesionales. En este punto hay resultados
con diferentes valores: el trabajo de Benz,
Hollister y Edgerton (1971) afirma que la
incidencia de la ansiedad no parece ser
mayor en los profesores que en otros grupos
profesionales. El estudio epidemiológico
de Amiel-Lebigre (1973) concluye que la
frecuencia de casos psiquiátricos
es claramente más elevada en los
maestros analizados que en los sujetos de
los grupos testigo. Si bien, este mismo
trabajo apunta la idea de antecedentes psiquiátricos
anteriores al ejercicio profesional de la
enseñanza. El extenso y particularizado
trabajo de Amiel y Mace-Kradjian (1972)
apunta en sus resultados hacia mayores porcentajes
de estados neuróticos (27% frente
a 20,4%), estados depresivos no psicóticos
(26,2% frente a 19,2%) y personalidades
y caracteres patológicos (17,6% frente
a 16,9%) entre un grupo de 1.294 enseñantes
en comparación con otro de 801 no-enseñantes.
Sin embargo, en este último grupo
son mayores los porcentajes de esquizofrenia
(14,7% en los no enseñantes y 6,6%
en los profesores). Hay que hacer notar
que el trabajo de Amiel y Mace-Kradjian
está realizado utilizando los datos
de las personas que acuden a un Centro de
Salud Mental de la M.G.E.N., es decir, de
personas que recurren al medico en busca
de ayuda ante problemas psicológicos
o psiquiátricos manifiestos.
Amiel
y Mace-Kradjian concluyen su estudio afirmando
que en el estado actual de la cuestion no
es posible decir ni que los enseñantes
presentan una fragilidad psíquica
particular en relación con otros
grupos profesionales estudiados, ... ni
que los enseñantes parezcan, en principio,
más predispuestos que los no-enseñantes
ante el suicidio o las tentativas de suicidio.
Por
el contrario, estos autores citan el trabajo
de Calot y Sebvay sobre "La morbilidad
diferencial según el medio social"
en el que se constata la logevidad de los
profesores en comparación con otros
grupos profesionales. En efecto, este estudio
concluye que tomados unos grupos profesionales
de 100 personas de 35 años, a los
70 años sobreviven 73 profesores,
71 personas de los cuadros medios del sector
público, 65 de los trabajadores de
la agricultura, 65 capataces del sector
público, 63 propietarios de la industria
y el comercio, 58 capataces del sector privado,
57 obreros especializados y 49 obreros no
especializados.
Deseando
obtener datos más concretos sobre
el tema, se realizó en la Universidad
de Málaga la tesis doctoral: "Estrés
laboral docente: un estudio comparativo
con la profesión de enfermería"
(Franco, 1995). En ella, la autora comparó
diversos parámetros de salud, estrés
y absentismo, entre un grupo de profesores
y otro de profesionales de la enfermería,
llegando a la conclusión de que,
en la comparación, había un
mayor deterioro de la salud, a causa de
las condiciones de trabajo, en el grupo
de profesionales de la enfermería
que en el grupo de profesores. En efecto,
el 44,6% de los enfermeros opinaban que
su profesión repercutía negativamente
sobre su salud, mientras que el porcentaje
de profesores que tienen esta opinión
es de un 31,7%. Además, mientras
que el 16,9% de los enfermeros encuestados
admitían haber necesitado en alguna
ocasión asistencia psicológica
o psiquiátrica, este porcentaje se
reducía la 8,3% del grupo de profesores.
Por contra, no hay diferencias significativas
en el consumo habitual de psicofármacos:
un 10,1% de los profesores consumen psicofármacos
habitualmente, frente a un 12,6% de los
profesionales de enfermería. En lo
referente a la relación entre estrés
y absentismo laboral, un 15 % de los enfermeros
encuestados admitieron haber solicitado
bajas como consecuencia directa del estrés,
mientras que este hecho sólo es admitido
por el 3, 4 % de los profesores de la muestra.
Sin embargo, mientras que el 37,5% de los
profesores admite que la relación
con los alumnos constituye una fuente de
tensión en su trabajo, ni uno sólo
de los enfermeros encuestados declaró
que la relación con los enfermos
les generara tensión. Por último,
en la aplicación del test Motivación
y ansiedad de ejecución de Pelechano,
se obtuvieron puntuaciones significativamente
mayores en los enfermeros en la subescala
de Tendencia a la sobrecarga en el trabajo,
mientras que no se observaron diferencias
significativas en el grado de Ansiedad Perturbadora
del Rendimiento.
En
definitiva, los estudios disponibles reconocen
que los profesores ejercen un oficio difícil,
en condiciones de trabajo precarias, y que
sufren, como todo el mundo, tensiones, ansiedades
y problemas, pero que se defienden al parecer
con éxito sobre la base de una serie
de medidas que permiten a los profesores,
momentáneamente afectados, tomarse
un tiempo de recuperación (vacaciones
trimestrales, permisos de larga duración,
traslados, destinos en puestos administrativos,
etc..).
Fragmento
del artículo publicado en Ferreres,
V. y Imbernón, F. (Eds.) Formación
y actualización para la función pedagógica.
Madrid, Síntesis.
|