21 de marzo de 2001, número 13 Suplemento del boletín de educaweb
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    OLOR A QUEMADO
    Enric Renau
    Editor de Educaweb.com
    editor@educaweb.com


    ¿Quién no es capaz de relacionar una escuela o un instituto con un olor? El sentido del olfato tiene memoria y almacena recuerdos o, en el caso de los docentes y estudiantes actuales, un sistema de identificación olfativo del centro escolar.

    Lo que no creo que nadie se imaginase hace veinte años es que uno de los olores más intensos de los centros educativos fuese el olor a quemado. Un olor a quemado no producido por una ola de vandalismo estudiantil sino por la aparición del estrés y otras enfermedades mentales que provocan, por ejemplo, que uno de cada tres profesores españoles haya tenido una baja de más de tres días a lo largo del curso pasado.

    El síndrome de "estar quemado" o "burn-out" no es una anécdota de la sociedad contemporánea. Es una de las causas de baja laboral más importantes, especialmente, entre los colectivos relacionados con la sanidad, la enseñanza y los servicios sociales, es decir los que exigen un grado de dedicación, de implicación, de idealismo y de atención superior al resto de profesionales. Es la segunda causa de baja entre los profesores.

       

    Las razones del "burn-out profesoral" son múltiples, como podrán comprobar en los artículos que siguen a este editorial, pero lo más chocante es que este olor intenso a quemado aparece justo cuando más se le está exigiendo al sistema educativo y cuando las encuestas detectan un menor prestigio social de la profesión docente.

    El profesor José Manuel Esteve indica de una forma muy clara cuales son las distintas etapas del malestar docente que se generan a partir de la entrada del docente en un centro.

    Es patente el desconcierto entre las expectativas y la realidad con la que se encuentra el/la nuevo/a profesor/a. Ante la cruda realidad, la mayoría de docentes se sobrepone y encuentra mecanismos de adaptación, desarrollo y estímulo. Pero en los casos en los que la aparición de problemas genera un malestar en el docente se producen reacciones como la inhibición y la insatisfacción que la consciencia de ello provoca o la huida hacia delante, es decir, el traslado de centro o el abandono de la actividad docente. El absentismo, el agotamiento, la ansiedad, la depreciación del yo y, finalmente la reacción depresiva, serían las últimas etapas de un proceso de "quema" que no conviene a nadie. Ni a los propios profesionales de la educación, lógicamente, ni a los estudiantes y sus progenitores ni a la sociedad en general.

    Por ello es bueno ahondar en las respuestas, las alternativas que tenemos ante el problema.

    Desde mi punto de vista, en primer lugar, el sistema educativo tiene que ganar en flexibilidad, es decir, en capacidad de adaptarse a las distintas realidades del profesorado a partir de una mayor independencia del centro, de un mayor traspaso de responsabilidades a la dirección del mismo, pero también una contraprestación positiva para quien consiga los retos previstos. Flexibilidad horaria, por ejemplo. En cualquier empresa hay gente que trabaja 8 horas (o más), media jornada, o por encargos concretos. ¿Por qué no lo facilitamos más en el mundo de la educación reglada?

    Flexibilidad para contratar especialistas externos que ayuden a dar respuestas particulares a problemas particulares y que puedan trabajar para varios centros a la vez. Orientadores, psicopedagogos, bibliotecarios, educadores cívicos, informáticos, expertos en internet y tecnologías de la información, etc.- minimizarían la presión a unos docentes que parece que tienen que saber de todo y más.

    La formación continua parece otro de los aspectos que ayudan a motivar a los profesionales desmotivados. El reciclaje, la corrección de la carrera profesional, son pequeñas luces que indican nuevos caminos de futuro.

    El último de los aspectos que se me ocurre que pueden ayudar es el apoyo para incorporar habilidades de tipo social, destrezas para tratar los nuevos fenómenos como el de la inmigración multilingüe, multicultural y multireligiosa o la eclosión de nuevos canales de comunicación e información.

    En definitiva, sólo me gustaría señalar que no podemos considerar que el problema del estrés del profesorado no va con nosotros, con el resto de la sociedad. La importancia de la educación es tan grande, y lo será más en la sociedad del conocimiento donde estamos ya inmersos, que tenemos que convertirla y exigir que se convierta en nuestra primera prioridad social, económica y política.


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