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Las razones del
"burn-out profesoral" son múltiples, como
podrán comprobar en los artículos
que siguen a este editorial, pero lo más
chocante es que este olor intenso a quemado aparece
justo cuando más se le está exigiendo
al sistema educativo y cuando las encuestas detectan
un menor prestigio social de la profesión
docente.
El profesor José
Manuel Esteve indica de una forma muy clara cuales
son las distintas etapas del malestar docente
que se generan a partir de la entrada del docente
en un centro.
Es patente el desconcierto
entre las expectativas y la realidad con la que
se encuentra el/la nuevo/a profesor/a. Ante la
cruda realidad, la mayoría de docentes
se sobrepone y encuentra mecanismos de adaptación,
desarrollo y estímulo. Pero en los casos
en los que la aparición de problemas genera
un malestar en el docente se producen reacciones
como la inhibición y la insatisfacción
que la consciencia de ello provoca o la huida
hacia delante, es decir, el traslado de centro
o el abandono de la actividad docente. El absentismo,
el agotamiento, la ansiedad, la depreciación
del yo y, finalmente la reacción depresiva,
serían las últimas etapas de un
proceso de "quema" que no conviene a nadie. Ni
a los propios profesionales de la educación,
lógicamente, ni a los estudiantes y sus
progenitores ni a la sociedad en general.
Por ello es bueno
ahondar en las respuestas, las alternativas que
tenemos ante el problema.
Desde mi punto
de vista, en primer lugar, el sistema educativo
tiene que ganar en flexibilidad, es decir, en
capacidad de adaptarse a las distintas realidades
del profesorado a partir de una mayor independencia
del centro, de un mayor traspaso de responsabilidades
a la dirección del mismo, pero también
una contraprestación positiva para quien
consiga los retos previstos. Flexibilidad horaria,
por ejemplo. En cualquier empresa hay gente que
trabaja 8 horas (o más), media jornada,
o por encargos concretos. ¿Por qué no lo
facilitamos más en el mundo de la educación
reglada?
Flexibilidad para
contratar especialistas externos que ayuden a
dar respuestas particulares a problemas particulares
y que puedan trabajar para varios centros a la
vez. Orientadores, psicopedagogos, bibliotecarios,
educadores cívicos, informáticos,
expertos en internet y tecnologías de la
información, etc.- minimizarían
la presión a unos docentes que parece que
tienen que saber de todo y más.
La formación
continua parece otro de los aspectos que ayudan
a motivar a los profesionales desmotivados. El
reciclaje, la corrección de la carrera
profesional, son pequeñas luces que indican
nuevos caminos de futuro.
El último
de los aspectos que se me ocurre que pueden ayudar
es el apoyo para incorporar habilidades de tipo
social, destrezas para tratar los nuevos fenómenos
como el de la inmigración multilingüe,
multicultural y multireligiosa o la eclosión
de nuevos canales de comunicación e información.
En definitiva,
sólo me gustaría señalar
que no podemos considerar que el problema del
estrés del profesorado no va con nosotros,
con el resto de la sociedad. La importancia de
la educación es tan grande, y lo será
más en la sociedad del conocimiento donde
estamos ya inmersos, que tenemos que convertirla
y exigir que se convierta en nuestra primera prioridad
social, económica y política.
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