12 de Marzo de 2001, número 71 - 10280 suscriptoresSubscripción Gratuita
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  • Equipo boletín: Isabel Arimany, Xavier Aspas, David Farigola, Esther Herranz, Jesús Martínez, Jordi Mitjana, Montserrat Oliveras, Enric Renau y Xavier Riudor.

  • EDITORIAL
    Formar las competencias profesionales

    La formación de un o una profesional no sólo debe consistir en adquirir un conjunto de conocimientos técnico-científicos y/o culturales y una serie de destrezas o habilidades para ejercerlas. 

    Las competencias profesionales son las conductas y las actitudes de las personas ante una responsabilidad en un puesto de trabajo. Estas competencias no son un mero complemento. Deben incorporarse en el curriculum de la formación profesional como elementos identificadores de una actitud profesional adecuada a los tiempos modernos.

    La primera de las competencias clave que debe desarollarse es la capacidad de resolución de problemas, es decir, tener la disposición y habilidad para enfrentarse y dar respuesta a una situación determinada. Mediante la organización y/o aplicación de una estrategia o secuencia operativa -identificación del problema, diagnóstico, formulación de soluciones y evaluación- ya definida o no, para encontrar la solución.

    La segunda es la capacidad de organización del trabajo o, dicho de otro modo, la disposición y habilidad para crear las condiciones adecuadas de utilización de los recursos humanos o materiales existentes para desarrollar las tareas con el máximo de eficacia y eficiencia.

    La capacidad de responsabilidad en el trabajo es la disposición para implicarse, cuidando de que el funcionamiento de los recursos humanos y materiales sea el adecuado.

    La capacidad de trabajar en equipo es la disposición y habilidad para colaborar de manera coordinada en la tarea realizada conjuntamente por un equipo de personas para conquistar un objetivo propuesto.

    La quinta capacidad es la de autonomía es decir, la capacidad de realizar una tarea de forma independiente, ejecutándola de principio a fin, sin necesidad de recibir ninguna ayuda o apoyo. Esta capacidad de trabajar de forma autónoma no significa, no obstante, que en ciertas etapas o tareas concretas el profesional no pueda ser asesorado.

    La sexta es la capacidad de relación interpersonal. Por este término entiendo la disposición y habilidad para comunicarse con los otros con el trato adecuado, con atención y simpatía.

    La última de las capacidades clave es la capacidad de iniciativa o habilidad y disposición para tomar decisiones sobre propuestas o acciones. Si estas propuestas van en la línea de mejorar el proceso productivo, el servicio a los clientes o el producto, podríamos estar ya hablando de la capacidad de innovación.

    A mi entender es imprescindible que el sistema educativo, desde la educación infantil hasta la educación universitaria incorpore en sus métodos y en su tiempo formativo el interés por fomentar estas habilidades y disposiciones, es decir, que atienda a las competencias profesionales.

    La escuela y la universidad del siglo XXI no deberían obsesionarse por transmitir todos los conocimientos que la cultura y la ciencia moderna nos han obsequiado a través del trabajo lento y, a menudo, poco recompensado, de investigadores y científicos. Por mucho que se intente, es imposible que los años de formación de nuestros estudiantes puedan absorber la ingente cantidad de contenidos producidos por la ciencia y la cultura.

    Por lo tanto, más vale dar prioridad a la construcción de una buena base cultural no sólo en lenguas, Historia y Geografía, si no también en Matemáticas, Informática e Internet y, en definitiva, facilitar una mentalidad abierta hacia la formación continua, la búsqueda de información, la inquietud por aprender y la adquisición de unas habilidades y disposiciones válidas para el trabajo y la vida en sociedad.

    Todo lo otro, si hay interés, ya se irá aprendiendo.

    Enric Renau
    editor@educaweb.com




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